Trump y Musk: la alianza que nadie entiende
El hombre que fabrica el producto más asociado a la Agenda 2030 se sienta al lado del político que promete desmantelarla.
Tesla vende coches eléctricos, el vehículo que defienden Greta Thunberg, Bruselas y las zonas de bajas emisiones, y su dueño, Elon Musk, es ahora la mano derecha de Donald Trump. La paradoja es tan grande que el propio planteamiento del asunto arranca con una pregunta: ¿qué hace un fabricante de coches eléctricos al lado de un presidente que quiere enterrar el Green Deal?
La respuesta corta es que
Musk no vende solo coches. La larga es que nadie termina de ponerse de acuerdo sobre quién utiliza a quién.
¿Por qué Musk apoya a Trump si fabrica coches eléctricos?
La explicación más repetida tiene que ver con una cruzada personal. Musk ha declarado que perdió a su hijo Xavier por lo que él llama el
virus de la mente woke, y que su apoyo a Trump responde a ese objetivo: combatir la cultura que, según su relato, le arrebató a su hijo. Bajo esa lógica, el
coche eléctrico no sería una bandera ideológica sino un producto industrial más, y Tesla no dependería del marco regulatorio europeo para existir.
Hay quien sostiene que el coche eléctrico no es woke en sí mismo: que China lo desarrolla por motivos estratégicos —dependencia del petróleo, contaminación urbana— y no por consignas ecologistas. En contra pesa el argumento de que en Europa el vehículo eléctrico se ha impuesto por obligación normativa, con multas, zonas de bajas emisiones y subvenciones, y que ese envoltorio regulatorio es lo que le da el marchamo progresista.
El detalle que descoloca a los más escépticos es que
Tesla no es solo una fábrica de coches: es conducción autónoma, inteligencia artificial y robotización. Y ahí Musk y Trump sí comparten agenda: ambos quieren que Estados Unidos no dependa de China en la tecnología que viene.
Quién utiliza a quién en la relación Trump-Musk
La tesis del magnate que mueve los hilos del poder tiene recorrido.
Musk donó 260 millones de dólares a la candidatura de Trump, una cifra que, comparada con los 440 millones que suman en conjunto las petroleras, no le convierte en el mayor lobista pero sí en un actor de peso. Bajo esa lectura, Trump sería la marioneta y Musk el titiritero.
La lectura contraria también circula: Trump es el político experimentado, el negociador curtido en el mercado inmobiliario y en Wall Street, y Musk un cerebrito incapaz para la política y las relaciones sociales. En esa versión, el día que Musk le estorbe, Trump se lo merienda.
Lo cierto es que ya ha habido algún roce. En un informativo se mencionó un
primer encontronazo entre ambos a propósito de la financiación de nuevas tecnologías: discrepancias sobre quién pone la pasta y para qué. Nada cerrado, nada confirmado, pero el episodio deja claro que la alianza no es un bloque monolítico.
Los gestos frente a los hechos: el argumento que no se cae
El núcleo del escepticismo está en la jerarquía de pruebas. Los tuits antiwoke y las frases de efecto valen poco, sostiene esta corriente, cuando el negocio principal sigue siendo el mismo:
coches eléctricos y chips en el cerebro. Neuralink, el transhumanismo, encaja igual de mal con el relato antiwoke que Tesla con el relato anti-Agenda 2030.
La comparación que más se repite es la de Bill Gates y las vacunas: Gates fabrica el producto, pero quien obliga es Bruselas y quien presiona son los medios. Musk fabricaría el coche, pero quien multa es el Gobierno y quien cierra el centro de las ciudades son los ayuntamientos. Si el criterio vale para uno, vale para el otro.
En el otro extremo, hay quien recuerda que Musk ha subido a un escenario con Alternativa para Alemania y que su presencia en actos de la derecha radical no es un gesto menor. Para esta corriente, el odio al mundo progre-woke es el pegamento real de la relación, y lo demás son matices industriales.
El trasfondo: quién controla la tecnología que viene
Más allá del coche, la discusión deriva hacia el control. Hay quien sostiene que el asunto no va de vehículos sino de quién domina la infraestructura tecnológica: la conducción autónoma, la IA, los chips. Y que la pelea Trump-Musk es una pelea por el reparto de ese pastel, no por ideología.
También aparece la sospecha de fondo: que las dos manos del nuevo orden mundial se turnan, y que al ciudadano le toca elegir con qué mano le golpean. Es la versión más conspirativa del asunto, y conviene tratarla como lo que es: una hipótesis sin pruebas, no un hecho.
Lo que sí es un hecho es que la relación arrancó con una intensidad que muchos comparan con un calentón de enamorados. Y que, como todo calentón, tiene fecha de caducidad si aparece el primer choque serio.
¿Cuánto tarda en llegar ese choque?