Trump plantea vaciar Gaza y realojar a los palestinos en terceros países
Donald Trump describió Gaza como «un sitio de demolición» y abogó por que Jordania y Egipto reciban a sus habitantes «temporalmente o a largo plazo», según recogieron la BBC y el diario Ara. La propuesta, presentada como una operación inmobiliaria —construir viviendas en otros sitios para que los palestinos vivan «en paz»—, no incluye quién paga la factura ni qué pasa con quienes no quieran moverse.
El planteamiento reabre un debate viejo: si Gaza y Cisjordania dejan de ser un problema territorial para convertirse en un problema logístico de reubicación. Y la primera pregunta que surge no es humanitaria, sino contable.
Quién paga el traslado de los gazatíes
La respuesta más repetida es que Europa. El argumento es que lleva décadas financiando aeropuertos, hospitales, escuelas y viviendas en la región, y que cada vez que una infraestructura queda terminada llega la siguiente ronda de destrucción y hay que volver a empezar. La factura, en ese relato, la acaban pagando los contribuyentes europeos, no Washington ni las monarquías del Golfo.
Los países árabes con capacidad financiera —Emiratos, Arabia Saudí, Catar— no aparecen como donantes voluntariosos. La tesis que circula es que no aceptarán la operación salvo que alguien apoquine por delante. Y ese alguien no parece ser Estados Unidos.
Jordania y Egipto ya dijeron que no
El rechazo de los dos vecinos es el punto donde coinciden casi todas las lecturas. En Jordania los palestinos ya son una parte muy relevante de la población y admitir más desequilibraría el país. En Egipto, la hipótesis que se maneja es que solo un acuerdo económico muy generoso podría abrir la puerta del Sinaí, y aun así con recelos: el objetivo sería evitar que la población desplazada llegue al valle del Nilo.
La experiencia previa pesa. Líbano acogió a refugiados palestinos y terminó en guerra civil; Jordania vivió episodios de tensión interna; la Autoridad Palestina aparece descrita como una de las organizaciones más corruptas del mundo, con la ayuda internacional desviada a sus jerifaltes. Ese historial es el que explica por qué ningún gobierno vecino quiere repetir el experimento.
El precedente histórico que nadie quiere repetir
El paralelismo que más se repite es el de las reservas indias en Estados Unidos: encerrar a una población en un territorio ajeno y llamarlo solución. Otros van más atrás y recuerdan que la propia creación del Estado de Israel ya se fraguó con una decisión de este tipo, y que setenta y tantos años después el conflicto sigue sin resolverse.
Hay quien sostiene que separar físicamente a las dos poblaciones es la única vía para detener la violencia, aunque sea a costa de un muro y de un desplazamiento masivo. En contra pesa el argumento de que una limpieza étnica con otro nombre no arregla nada: traslada el problema y lo multiplica.
El negocio inmobiliario que se esconde detrás
La parte que menos se comenta es la económica. Si Gaza se convierte en una zona de lujo frente al Mediterráneo, alguien tendrá que construirla. Ahí entran las constructoras, y no necesariamente israelíes. La pregunta que se lanza es si las empresas españolas tienen posibilidades en un proyecto de ese tipo, y la respuesta que se da es que sí, siempre que alguien ponga el dinero por delante.
El problema es que el promotor no está identificado, el suelo no está libre y los inquilinos actuales no han aceptado mudarse. Un proyecto inmobiliario sin comprador, sin solar y sin permiso de los ocupantes no es un proyecto: es una diapositiva.
Qué pasó con la propuesta de enviarlos a Marruecos
En paralelo a la propuesta de Jordania y Egipto circuló otra versión: deportar a los palestinos a Somalilandia, Puntland y Marruecos. El atractivo para esos territorios sería el respaldo de Estados Unidos —a Somalilandia le interesaría el reconocimiento de su independencia, a Marruecos el del Sáhara Occidental—. La información procedía de medios israelíes y no pasó de ahí.
Lo que sí ocurrió es que la propuesta se leyó en clave doméstica: si los palestinos acaban en Marruecos, acabarán cruzando a España. Es el mismo razonamiento que se aplica a cualquier desplazamiento en el norte de África, y explica por qué el asunto se sigue con más interés en Madrid que en Washington.
El trasfondo: nadie quiere a los palestinos cerca
La conclusión que se repite, con distintos grados de crudeza, es que el problema no es dónde meterlos, sino que no hay ningún país dispuesto a recibirlos. Ni los vecinos árabes, ni Europa, ni Estados Unidos. La solidaridad con la causa palestina, cuando implica abrir la puerta de casa, se queda en las pancartas.
¿Y si la única salida realista fuera que se quedaran donde están, con un Estado viable al lado de Israel? Es la opción que menos se discute y la que menos posibilidades tiene de salir adelante mientras nadie la financie.