Expropiar Nissan Barcelona: el plan que no cuadra
El cierre de la planta de Nissan en Barcelona ha puesto sobre la mesa una batería de alternativas que van desde la expropiación pura y dura hasta la reconversión en fábrica de mascarillas. La propuesta más repetida en el arranque del asunto es un plan de seis pasos: expropiación, inversión en I+D con un 60% de capital español y un 40% de inversores particulares, creación de modelos eléctricos cien por cien nacionales, venta prioritaria a comunidades autónomas, Gobierno, ayuntamientos y entes públicos, y salida posterior al mercado particular con venta de accionariado incluida. Sobre el papel, suena a reindustrialización. En la práctica, el primer obstáculo aparece antes de encender la primera máquina.
La fábrica está lista, pero no se puede producir lo que producía. Ese es el muro contra el que choca el plan. La planta de Nissan no es una fábrica de coches genérica: es una factoría integrada en una cadena de suministro global, con licencias, patentes y componentes que pertenecen a la matriz japonesa y a su entramado de proveedores. Quien conozca el sector lo resume con crudeza: no puedes seguir montando los mismos vehículos porque no eres propietario de nada de lo que ahí se fabricaba. Las opciones reales se reducen a dos, y ninguna es brillante: montar tecnología obsoleta o pagar licencias industriales a terceros. La primera te condena a competir con antiguallas; la segunda, a regalar el margen a quien te vende la propiedad intelectual.
¿Cuánto cuesta desarrollar un coche desde cero?
La cifra no aparece en el material, pero la pregunta sobrevuela todo el análisis. Desarrollar un vehículo nuevo exige años de ingeniería, homologaciones, pruebas de choque y una red de proveedores que no se improvisa. Un cálculo que circula entre quienes siguen el sector apunta a que Tesla, con una inversión que hacía mucho que no se veía, todavía no ha sido capaz de generar beneficio. Si eso le pasa a una compañía con acceso a capital ilimitado y a los mejores ingenieros del mundo, la idea de que una empresa pública española saque tres modelos en un año se cae por su propio peso. Hay quien defiende que en España sobran diseñadores e ingenieros, y que con la planta en marcha el resto es cuestión de tiempo. El argumento tiene un problema: la cadena de suministro no se activa por decreto. Los proveedores de automoción están integrados en los grandes grupos y no van a surtir a un competidor estatal sin contrapartidas que nadie ha explicado.
El precedente de Santana en Jaén
La historia reciente ofrece un espejo incómodo. La Junta de Andalucía rescató la fábrica de Santana en Jaén cuando Suzuki la abandonó en 1994. El experimento duró casi dos décadas, acumuló unos 600 millones de euros de deuda y solo tres años de beneficios antes de cerrar definitivamente. El patrón se repite: se mantienen los puestos de trabajo a corto plazo sin comprobar si la estrategia es viable a largo. Quien recuerda ese episodio lo plantea como una advertencia directa a cualquier intento de nacionalizar Nissan. No es que la fábrica no pueda funcionar; es que el mercado no perdona un producto sin ventaja competitiva.
¿Qué ventajas tendría un coche eléctrico español?
Ninguna clara, a la vista de los argumentos. El mercado del automóvil es uno de los más competitivos del planeta, con márgenes ajustados y una carrera tecnológica que se decide en Asia y en Silicon Valley. Un vehículo eléctrico nacional tendría que competir contra fabricantes que llevan años de ventaja en baterías, software y escala. La baza de la venta a administraciones públicas —comunidades, ayuntamientos, entes estatales— se agota rápido: es un mercado limitado, con presupuestos ajustados y plazos de renovación largos. Y la venta a particulares exige algo que no se puede decretar: que el comprador prefiera un coche sin historial, sin red de servicio y sin garantías de futuro a un modelo consolidado. Hay quien añade un factor adicional: las políticas contra el vehículo privado, que encarecen su uso y desincentivan la compra, chocan frontalmente con la idea de fabricar más coches. Poner palos en las ruedas y luego quejarse del cierre de fábricas es, como mínimo, contradictorio.
La expropiación como vía muerta
Expropiar la planta, o incluso la empresa, es la opción que más apoyo verbal recibe y la que más problemas genera. España no está en condiciones de afrontar un gasto de ese tamaño, y las relaciones comerciales con Japón y Francia —el Estado francés posee alrededor de un 15% del grupo Renault— se resentirían. Nissan forma parte de un keiretsu, un entramado empresarial japonés heredero de los antiguos zaibatsu, donde las participaciones cruzadas y los compromisos a largo plazo hacen que una expropiación no sea un simple trámite administrativo. Quien defiende la vía pública sostiene que el Estado puede expropiar temporalmente y pagar a los proveedores para que la cadena siga funcionando. Quien la critica responde con una pregunta simple: ¿con qué dinero y con qué gestores? La experiencia de empresas públicas españolas no invita al optimismo.
Reconversión: mascarillas, respiradores y otros planes B
Si el coche no sale, quedan las alternativas. Fabricar mascarillas y respiradores, reconvertir la planta en centro histórico, en museo o en fábrica de lazos amarillos son algunas de las salidas que se han lanzado sobre la mesa, casi siempre con más retranca que rigor. La más sensata, quizá, es la que propone ceder la fábrica a coste cero durante veinte años a cambio de mantener la plantilla. Suena razonable hasta que se mira el balance: veinte años de cesión, tres de beneficios y una deuda que acaba pagando el contribuyente. El sector del automóvil en España, mientras tanto, sigue su propio camino. Un proveedor de plásticos para automoción lo resume sin paños calientes: la industria está muerta y las fábricas irán cerrando una tras otra. Si eso es cierto, el problema no es Nissan. Es el modelo.
El punto exacto donde el análisis se atasca es siempre el mismo: nadie ha explicado cómo se vende un coche que nadie ha pedido, en un mercado saturado, con una marca que no existe y una red de servicio que hay que construir desde cero. La planta puede estar lista. El producto, no.