Anabel Alonso critica el beso de Rubiales mientras se recuerda su pico a Jordi Cruz
¿Por qué la opinión de Anabel Alonso sobre el beso de Rubiales es noticia y su propio beso a Jordi Cruz en Masterchef no tuvo consecuencias? La actriz ha calificado de «INTOLERABLE» que Luis Rubiales besara a Jenni Hermoso tras el Mundial femenino, un gesto que, según ha dicho, jamás habría hecho con el capitán de la selección masculina. La polémica está servida: mientras algunos participantes del debate afirman que la Fiscalía estudia actuar de oficio, la propia Jenni Hermoso ha declarado, según se recuerda en el hilo, que fue un beso entre amigos, inocente y mutuo, fruto de la emoción del momento. Hay quien sostiene, sin aportar pruebas, que la jugadora está presionada por su jefe.
El doble rasero que nadie quiere ver
El argumento más repetido en el debate es la hipocresía de quien ahora exige cárcel para Rubiales y calló cuando Anabel Alonso besó a Jordi Cruz en Masterchef. Según se recuerda en el hilo, aquel beso fue sin consentimiento: Jordi repetía que no, intentaba separarse, los otros jueces insistían en que no lo hiciera y después se limpiaba la boca con cara de circunstancias. «Era un abuso sexual de libro», sostienen algunas voces del debate, «porque como dice su ministra favorita, solo sí es sí». Según estos participantes, nadie del ámbito progresista dijo una palabra entonces. Ahora, en cambio, el mismo sector habla por Jenni Hermoso sin su permiso, siempre según estas voces.
La doble vara de medir no es un detalle menor: marca qué gestos se consideran delito y cuáles se ignoran según quién los cometa. La actriz, que se ha pronunciado con vehemencia sobre el beso de Rubiales, no ha recibido ninguna consecuencia pública por el episodio con Jordi Cruz, según se recuerda en el hilo. La pregunta que sobrevuela es incómoda: ¿se aplica el mismo rasero a todos o solo a los que no comulgan con el relato dominante?
Jenni Hermoso dice que fue un beso entre amigos
La propia Jenni Hermoso ha declarado, según se recuerda en el hilo, que el beso fue «entre amigos, inocente y mutuo», fruto de la emoción del momento. Lo dijo entre risas en un directo, minimizando el asunto. Incluso bajó Rubiales al vestuario, se abrazaron y bromeó con que se iban a casar en Ibiza. A pesar de estas palabras, hay quien sostiene en el debate que la jugadora está presionada por su jefe y que su opinión no debe tenerse en cuenta. «La han violado y punto, que para eso lo dicen ellos que son los que de verdad saben de eso», resume con sorna una de las intervenciones.
La contradicción es evidente, según estas voces: se desautoriza a la supuesta víctima cuando dice que no se sintió agredida. ¿Es que las mujeres no saben lo que les pasa? ¿O es que solo valen cuando su testimonio encaja con la causa?
De la tontería a la ventana de Overton
Lo que empezó como una anécdota en una celebración deportiva se ha convertido en un asunto de Estado, según los participantes del debate. Hay quien sostiene que esto es una «ventana de Overton»: una tontería que se eleva a categoría de delito para, después, criminalizar gestos cada vez más inocuos. «Hemos llegado hasta aquí porque hemos ido permitiendo que nos fuesen metiendo en nuestro ideario social que esta tontería ahora es inaceptable y condenable», señala un análisis. El temor expresado es que, si un beso sin intención sexual puede ser abuso, cualquier mirada o gesto no consentido acabe siendo delito.
La criminalización del varón es el telón de fondo, según estas voces. No se trata solo de Rubiales, sino de abrir la puerta a que cualquier hombre pueda ser señalado por un gesto absurdo. «O desmontamos este discurso o conseguirán generalizar que gestos absurdos e inocentes sin malicia como el del calvo terminen con la anulación del varón y su condena judicial», advierte otra voz. El caso de Anabel Alonso y Jordi Cruz es la prueba, según estos participantes, de que el rasero no es el mismo.
El papel de la Fiscalía y el circo mediático
Algunos participantes afirman que la Fiscalía estudia actuar de oficio porque considera que el beso puede ser un delito de abuso sexual. En televisión se ha debatido si debe intervenir sin denuncia previa, según se recuerda en el hilo. Para muchos, esto es un ejemplo de cómo se inflan artificialmente los casos para mantener el relato. «Es increíble que esté chorrada haya llegado hasta donde ha llegado», se lamenta una intervención. Otros señalan que el verdadero problema es que España quede como un país de marranos por un beso que la propia protagonista ha minimizado.
El circo mediático ha convertido un gesto en un juicio paralelo, según los participantes. La pregunta es si la Fiscalía actuará o si todo quedará en una tormenta de verano. Mientras tanto, la hipocresía sigue siendo el tema central del debate.
El coste económico del feminismo institucional
Detrás de esta polémica hay, según algunos participantes, una red clientelar que se nutre de fondos públicos. «El
feminismo misándrico que domina este país y que pide cárcel para un tío que da un beso inocente a una tía que ni le ha molestado es el mismo que riega con millones a miles de chiringuitos y estómagos agradecidos», señala un análisis. Se mencionan los 573 millones anuales del Ministerio de Igualdad, más lo que gastan ayuntamientos y comunidades en puntos violeta, asesoras y centros de la mujer. La conclusión de estas voces es que de aquellos barros vienen estos lodos.
La economía del relato no es un juego, según estos participantes: crea una estructura de intereses que necesita mantener viva la polémica. Sin conflicto no hay presupuesto. Y eso explica, según ellos, por qué un beso se convierte en delito mientras otros gestos idénticos se ignoran.
La hipocresía como norma
El caso de Anabel Alonso es, según los participantes, la punta del iceberg. La doble moral no es exclusiva de ella, sostienen: es un patrón. Se critica en unos lo que se aplaude en otros. Se exige cárcel para Rubiales pero se calla ante el beso a Jordi Cruz, siempre según estas voces. Se desautoriza a Jenni Hermoso cuando dice que no pasó nada. Y mientras, el circo sigue. La pregunta no es si Rubiales dimitirá, sino si alguien se atreverá a aplicar el mismo rasero a todos. Porque, de momento, la única conclusión clara para estos participantes es que la hipocresía es el único delito que no se persigue de oficio.