Coches V8 en el garaje y chándal en la calle: así vestía la juventud de los 60
¿De verdad la
juventud española de los años 60 iba con camisa y pantalón de vestir, se casaba a los 18 y tenía un V8 en el garaje? La escena que se evoca —hombría, masculinidad y un biscúter con motor americano— choca de frente con la España real de la época: la del Seat 600, el impuesto sobre el lujo y los utilitarios fabricados bajo licencia. La discusión, que arranca con esa nostalgia de una juventud supuestamente mejor vestida y más viril, deriva pronto hacia un terreno mucho más interesante: qué se podía comprar, qué se podía importar y cuánto costaba aparentar.
El mito del V8 en el garaje español
La primera foto que se cita como ejemplo de la época muestra a un joven junto a un Chevrolet Bel Air con matrícula de Oviedo en el balneario de Las Caldas, hacia 1984-85. Algo único, rarísimo de ver. Lo normal en la España de los 60 eran los utilitarios de Seat, Renault y Citroën; un 1500 ya parecía un coche americano y los Dodge Dart eran escasos. El Ford Mustang fue top de ventas en la década de los 60, pero en Estados Unidos, no en España.
El régimen de Franco gravaba los coches de importación con aranceles y un impuesto sobre el lujo que, según se recuerda en la conversación, alcanzaba un tercio del precio después de aranceles. Los únicos V8 de fabricación española eran los que producía Barreiros bajo licencia. La idea de que todo dios tenía un par de small blocks en el garaje, ático en la Castellana y chalet en la playa se despacha con ironía: eso se pagaba con el sueldo de botones en seis semanas, si uno vivía en una película.
¿Se casaban a los 18 y tenían hijos a los 20?
Prácticamente nadie se casaba a los 18 ni tenía hijos a los 20. La edad habitual de matrimonio se situaba entre los 25 y los 30, y después llegaban los críos, al menos dos. Eran otros tiempos, mucho más atrasados en todos los ámbitos de la vida, y eso incluye la vestimenta, la movilidad y el acceso a bienes de consumo. La nostalgia de la hombría de antaño se topa con un dato incómodo: la juventud de los 60 no era más libre ni más elegante, simplemente tenía menos opciones.
Pantalones de campana, patillas y el espejismo de los 60
La primera foto en color no es de los años 60. Las greñas, los cuellos enormes y los pantalones acampanados sitúan la escena, como pronto, a mediados o finales de los 70, probablemente hacia 1981. La segunda foto sí puede ser de finales de los 60: se nota por los botellines de San Miguel, los relojes y que ni uno va mal afeitado. Los pantalones de campana y las patillas fueron más típicos de la década siguiente, la de los setenta.
A finales de los 70 y principios de los 80 empezaron a verse los chándales entre la juventud. Muchos quinquis y heroinómanos usaban chándales primerizos, cutres y feos, casi todos azules con rayas blancas que parecían fundas de trabajo. También los había verdes. La prenda que hoy se asocia a la decadencia estética fue, en su origen, uniforme de marginalidad y de gimnasio barato.
La ropa como termómetro económico y social
La discusión deriva hacia el coste real de vestir bien en la época. Ponerse una camisa rosa podía costar tres o cuatro peleas en una tarde. Hasta los 70, los varones se vestían de hombres desde los 15 años, no de chafalmejas hasta los 50. Las camisas de cholo y los zapatos de pescadera de barrio convivían con los ridículos pantalones de campana y las patillas estilo Camarón de la Isla. La verdad, se dice, es que aquello daba entre asco y pena.
El contraste con la juventud actual es inevitable: pantalones pegados como medias, cortos tres tallas menos, sin calcetines y chaquetas que quedan chicas. Con los cascos inalámbricos y una camiseta técnica de botella reciclada, se rompe la pana. La elegancia, como el V8, siempre parece haber estado en la década anterior.
La pregunta de fondo no es cómo vestía la juventud de los 60, sino cuánto de aquel relato es memoria y cuánto es invención. El V8 en el garaje, el matrimonio a los 18 y la hombría de camisa planchada se desmontan con la misma facilidad que la fecha de una foto en color. Lo único que resiste es el chándal, que llegó para quedarse.