Coches con 7.000€ de intereses ocultos y pisos que atan de por vida
¿Cuánto cuesta de verdad el coche que acabas de financiar? Bastante más de lo que anuncia el cartel del concesionario. La lista de atrocidades financieras de conocidos arranca con un hombre que vive de alquiler, recibe el aviso de que debe dejar la vivienda y acaba en una habitación realquilada porque no encuentra piso. El mismo que se acaba de gastar
72.000 euros en un coche eléctrico que no sabe cargar y que guarda tres televisores y un montón de cachivaches en un trastero. Cobra una buena pensión. Conclusión del caso: aunque ganara millones al mes, estaría igual o peor.
El coche que cuesta más que el piso donde vives
El ejemplo más repetido: coche de 25.000 euros con entrada de 3.000, 48 cuotas de 100 euros y una última cuota de 24.200. El comprador paga
7.000 euros en intereses y a menudo no se entera, porque el escaparate solo anuncia la cuota pequeña. Se argumenta, además, que en ciertas zonas hay pisos por 25.000 euros o menos: el coche vale más que la casa.
Sobre cuatro ruedas circula otro caso: un Mercedes Clase A de 2021 con 67.500 kilómetros, ofertado a 26.990 euros financiado y 27.750 al contado. La letra pequeña son
120 cuotas de 341,23 euros, que suman 40.947,6 euros. Sobrecoste: 13.197. La pregunta honesta no es cuánto sube la cuota, sino si 27.750 es un precio razonable por ese vehículo.
Y luego está el
renting. Un contrato de 500 euros al mes durante cuatro años para un Cupra, firmado por alguien sin ahorros, sin cotizar y con un hijo de dos años. Al final del plazo,
24.000 euros gastados y ni coche ni nada. También hay quien paga 350 euros mensuales por un coche en régimen de renting, con la gasolina aparte.
¿Por qué una hipoteca de 400.000€ acaba con 150.000€ de agujero?
Porque se firma en el peor momento y con el optimismo por aval. Un caso: compra en 2006, en pleno pico, con reforma y coche incluidos en la operación. Rondaba los 400.000 euros, con dos sueldos corrientes. Subió el
euríbor, reventó la burbuja y en 2012 faltaban
150.000 euros para saldar la deuda. El piso valía menos de lo que se debía. Años después, el protagonista vivía con sus padres, en el barrio del que quiso escapar, entre muebles de los ochenta.
Otro caso: piso de 240.000 euros en Alcalá de Henares, pagado con una nómina de 1.700 euros y la pensión de los padres, que vivían con él. Hipoteca de 700 euros. Al morir los dos progenitores, sin herencia, la subida de intereses añadió
300 euros a la cuota. Vender no arregla nada: el alquiler por algo peor costaría lo mismo.
La receta del desastre se repite. El piso más grande posible, la hipoteca máxima que conceda el primer banco, mil avales, los seguros de regalo y cientos de páginas firmadas sin leer. Y un clásico entre los clásicos: vender un piso de soltero ya pagado para meter el dinero como entrada en una megahipoteca de casoplón compartido.
De 60.000€ de herencia a cero en un chiringuito financiero
Entre las historias hay una especialmente cara: un piso de 27 millones de pesetas comprado en 1997 y embargado por una deuda de 2,5 millones en 2000, con un pleito que seguía coleando años después. Una herencia de
60.000 euros acabó, en lugar de en fondos índice, en un chiringuito financiero, porque lo otro era «mu complicao». Perdieron todo. Lo último conocido: un renting de coche por 350 euros al mes.
El coste de oportunidad también deja cicatrices. Años ahorrando sin invertir, una casa pagada en 2010 y las inversiones empezando en 2012. Y un compañero de trabajo dando la tabarra con bitcoins a 8 y 10 euros la unidad, una idea que se dejó pasar.
¿Por qué nadie enseña esto en el colegio?
Aquí el análisis se vuelve incómodo. Se sostiene que la educación financiera no llegará nunca al aula porque va contra el sistema: conviene una población entrampada, consumista y adicta al crédito, más dócil y manipulable. Otros matizan: sí existió una Economía doméstica con nociones de contabilidad y hasta en el bachillerato de los ochenta se podía optar entre una asignatura de dibujo técnico y otra de tareas del hogar. Poco, y en todo caso desaparecido.
Y hay quien retrata un país que maneja con soltura la nómina y muy mal el interés compuesto. Y una idea que circula en la conversación: un activo no es lo que se compra, sino lo que pone dinero en el bolsillo.
Herencias, familia y otras atrocidades no financieras
No todo el desastre es bancario. Hay hermanos que dejan de hablarse por una huerta, herencias que se pelean junto al familiar recién fallecido y unos pendientes de la abuela que desatan una bronca en una boda. También hay quien sostiene que el peor contrato financiero es el matrimonio, porque reparte patrimonio por defecto.
En la conversación aparecen derivas hacia generalizaciones sobre colectivos concretos a partir de casos sueltos. No se sostienen con los datos y no aportan nada al diagnóstico.
El patrón, en todo caso, se repite con una puntualidad casi administrativa: primero el capricho, después la cuota y al final la sorpresa en el extracto. Con estos antecedentes, cualquiera diría que la lección está aprendida. Solo hay que esperar al próximo contrato de renting firmado en una mesa de cocina.