El bachillerato de Begoña que nadie encuentra
Hay un dato que no aparece por ningún lado. En ninguna fuente consultada consta dónde obtuvo Begoña Gómez el título de bachillerato, el requisito mínimo para acceder a cualquier estudio universitario. La discusión arranca de una observación concreta: en versiones antiguas de su currículum, los años que corresponderían a esa etapa aparecen ocupados por estudios de márketing en una academia privada. Si eso es así, el nivel académico acreditable sería el de la antigua EGB. Y con ese punto de partida, la pregunta se vuelve incómoda: ¿cómo se accede a un programa de máster, y menos aún a dirigirlo, sin la titulación previa?
El rastro documental que ya no está
Los currículums que ella misma presentó en distintos destinos profesionales son la base de todo. Esos documentos ya no están accesibles, pero circulan capturas. En ellos, según quienes los han revisado, los años posteriores a la EGB se cubren con formación en una academia privada de márketing, un tipo de centro que no expedía títulos oficiales. No hay rastro de un instituto ni de un bachillerato reglado. La conclusión que extrae quien plantea el asunto es directa: si cursó esa formación a esa edad, no pisó un centro donde se impartiera bachillerato.
La defensa más repetida es que el título existe, simplemente no se ha hecho público. Basta con exhibirlo para cerrar el asunto. Quien sostiene lo contrario añade un matiz: tampoco hay constancia de que se haya respondido a las preguntas sobre el máster que dirige.
Qué se exige para dar clase en la universidad
La normativa es tozuda. Para ser catedrático de universidad hace falta un doctorado. Para ser profesor asociado, una licenciatura o un nivel equivalente de máster. Un especialista sin titulación puede impartir alguna hora concreta si su experiencia es única, pero no ocupa plaza docente con categoría de profesor. El resto de puestos sin requisitos académicos son los de personal de administración y servicios, y se cubren por oposición.
La comparación con Amancio Ortega aparece varias veces y no es gratuita. Nadie discute que un empresario sin estudios pueda dar una lección magistral sobre su oficio. Otra cosa es dirigir un máster universitario. La distinción entre experiencia y credencial académica es el eje del desacuerdo: unos creen que el talento debería bastar; otros recuerdan que las plazas docentes tienen requisitos tasados y que saltárselos abre la puerta al enchufismo.
El precedente que nadie quiere repetir
En el trasfondo está la memoria de otros currículums inflados o directamente maquillados en la política española. La lista es larga y toca varios partidos. Ese historial explica por qué un dato que debería ser rutinario se convierte en sospecha. Cuando el título no se enseña, la ausencia se interpreta como confirmación. Y cuando el puesto es público o se financia con dinero público, la transparencia deja de ser un detalle.
Hay quien lleva el argumento al extremo: si una persona sin bachillerato puede dirigir un máster, el mensaje que reciben las familias es que las credenciales no importan. La respuesta desde el otro lado es que el sistema universitario ya admite perfiles profesionales sin titulación para ciertos puestos, y que el escándalo es una cortina de humo.
El asunto se queda exactamente donde empezó: con un título que no consta, unos currículums que ya no están y una pregunta sin respuesta oficial. Mientras nadie exhiba el documento, la discusión seguirá alimentándose de capturas y de silencios.