Davos pone los bulos por delante del clima
¿Qué preocupa más a la élite mundial: el clima extremo o un tuit malintencionado? Según el Índice de Riesgos del World Economic Forum (WEF) que organiza la cumbre de Davos, la respuesta es clara: la
desinformación y las noticias falsas son el peor peligro para el actual bienio, por delante del clima extremo. La encuesta, que recoge la opinión de más de
1.400 líderes políticos, empresariales y sociales, sitúa los bulos como la mayor amenaza para los modelos democráticos, la prosperidad económica y la seguridad geopolítica. El diagnóstico llega, además, en un año electoral sin precedentes: desde Taiwán y Bangladesh hasta Indonesia, India, Estados Unidos, el Parlamento Europeo y, muy probablemente, Reino Unido. Un test-estrés global para la salud de las democracias.
Un calendario electoral que pone a prueba al sistema
El informe no es una reflexión abstracta. Coincide con el año electoral más intenso de la historia reciente, con comicios en países de alta relevancia que concentran buena parte del PIB mundial. Los observadores internacionales no solo subrayan la excepcionalidad de tantas citas electorales en un solo calendario, sino que lo califican como un acontecimiento geopolítico de primer orden. La coincidencia de tantas urnas convierte cada bulo en un riesgo sistémico.
La preocupación por la desinformación no es nueva, pero sí su ubicación en la cima de la lista. En ediciones anteriores, el clima extremo, la crisis energética o la deuda pública ocupaban los primeros puestos. Ahora, la manipulación informativa desplaza a los riesgos físicos. Hay quien lee en ese cambio una maniobra: si el problema es el relato, la solución natural es controlar el relato.
¿Quién vigila al que decide qué es un bulo?
La crítica más repetida al diagnóstico de Davos no discute que existan bulos, sino quién se arroga el derecho a definirlos.
Los bulos no son el peligro; el peligro es que alguien se erija como árbitro que decida qué es bulo y qué no, resume una de las objeciones más repetidas. El argumento de fondo es que la democracia incluye el derecho a criticar al gobierno de turno, incluso con exageraciones o errores.
En esa línea, se señala que los principales emisores de desinformación no son ciudadanos anónimos, sino los propios gobiernos. Se citan promesas oficiales que luego no se cumplen, previsiones económicas que no se materializan y mensajes sanitarios que cambiaron con el tiempo. La conclusión que extraen algunos análisis es incómoda:
la censura se vuelve necesaria cuando los medios tradicionales ya no influyen lo suficiente.
El precedente de la pandemia y la desconfianza en el relato oficial
Buena parte del escepticismo hacia el diagnóstico de Davos tiene un origen concreto: la gestión de la crisis sanitaria. El Real Decreto 463/2020, que declaró el estado de alarma, y las sucesivas medidas restrictivas dejaron una huella profunda. Muchos de los que hoy desconfían de las instituciones recuerdan que durante aquellos meses se calificó de bulo cualquier duda sobre el origen del virus, la eficacia de las mascarillas o los efectos secundarios de las vacunas.
Ese recuerdo alimenta una tesis que gana peso:
los que alertaban de bulos suelen ser los mismos que luego tuvieron que corregir su propio relato. La consecuencia es una pérdida de autoridad que ningún índice de riesgos puede recuperar por decreto. Si la desinformación es el problema, la desconfianza en las fuentes oficiales es el caldo de cultivo.
El negocio de la verdad oficial
El diagnóstico de Davos no sale gratis. La cumbre que lo publica reúne a los mismos directivos que luego financian medios, plataformas y agencias de verificación. No es una conspiración: es un conflicto de interés estructural. Quien define el riesgo también vende la solución. Y la solución, en la práctica, se llama moderación de contenidos, verificación previa y, en última instancia, regulación.
La paradoja es que el índice se publica en un momento en que los grandes fondos de inversión siguen moviendo capital hacia países gobernados por gobiernos que la propia élite financiera critica en público.
La coherencia no es el fuerte de Davos. Ni la de sus críticos, que denuncian a la élite mientras piden libertad para difundir lo que esa misma élite considera bulo.
Clima extremo: el riesgo que ya no da titulares
El informe sigue incluyendo el clima extremo entre los grandes riesgos, pero en un segundo plano. La ironía es que, mientras Davos lo relega, la realidad meteorológica se empeña en lo contrario. Las sequías, las inundaciones y los veranos tórridos no necesitan encuestas para hacerse notar. Hay quien sostiene que el cambio de prioridades responde más a la agenda política que a la evidencia física.
La discusión sobre el clima arrastra, además, un problema de credibilidad. Durante años se anunciaron escenarios catastróficos con fechas concretas que luego no se cumplieron. Eso no invalida la ciencia, pero sí da munición a quien quiere desacreditar cualquier alerta.
El problema no es que el clima cambie, sino que quien lo anuncia suele exagerar.
Qué se juega el ciudadano en todo esto
Más allá de la cumbre, la clasificación de riesgos tiene consecuencias prácticas. Si la desinformación es la amenaza principal, los gobiernos tendrán argumentos para aprobar leyes de control de contenidos, crear organismos de verificación y presionar a las plataformas. El ciudadano medio no verá una censura explícita, sino un filtro cada vez más opaco sobre lo que puede leer, decir o compartir.
La pregunta que queda sin responder es la misma que se hacía al principio: ¿quién vigila al que decide qué es verdad? Davos tiene una respuesta. Los demás, de momento, solo tenemos la duda.
Datos clave
- 1.400 líderes políticos, empresariales y sociales consultados para el Índice de Riesgos del WEF.
- La desinformación y las noticias falsas encabezan la lista de amenazas para el actual bienio.
- El clima extremo queda en un segundo plano pese a su impacto real.
- El año electoral más intenso de la historia reciente incluye comicios en Taiwán, Bangladesh, Indonesia, India, EEUU, Parlamento Europeo y probablemente Reino Unido.
- El Real Decreto 463/2020, de 14 de marzo, declaró el estado de alarma por la crisis sanitaria.