El bum de las casas de pueblo: 14.000 € y la letra pequeña del frío
¿Cuánto cuesta una casa en España? Depende de si la pregunta se hace en Madrid o en A Fonsagrada. En la zona fronteriza asturgalaica —A Mariña Occidental, Meira, Riotorto, Ribeira de Piquín y el Occidente asturiano— se anuncian viviendas desde
14.000 euros, y dos pajares rehabilitables en Trabada con 3.110 metros cuadrados de finca, parte urbanizable, salen por
9.000 euros. El cartel de reservado ya luce en buena parte de los anuncios, según la inmobiliaria que los comercializa, que habla de un «bum total» de las casas de pueblo y de llamadas desde el extranjero. El reportaje que puso cifras a esa oferta se publicó el 30 de abril de 2024.
¿Qué se puede comprar por 14.000 euros en la España rural?
La vivienda más económica es una casa de piedra para restaurar en A Fonsagrada:
282 metros cuadrados construidos, agua de manantial gratis y una finca de
2.369 metros, todo por 14.000 euros. Más barata aún es la opción de Trabada, dos pajares con estructuras independientes y posibilidad de rehabilitarse como viviendas con amplios ventanales. La lista continúa: conjunto de edificaciones en Vilarxubín (A Pontenova) por 27.000 euros; casa para restaurar con terreno edificable en Trabada por 24.000; casa en Val (Riotorto) por 19.000; dos casas con terreno en Riotorto por 33.000; conjunto rebajado en A Pontenova por 30.000; y una casa para entrar a vivir a cuatro kilómetros de Taramundi por 48.000.
En el extremo opuesto, un caserío en Vegadeo por 270.000 euros con casa principal, agua de manantial, molino, horno, forja, pajar, hórreo y finca con río. La misma inmobiliaria ha colocado pueblos enteros: Vides, en A Pontenova, con 22 edificaciones y cuatro hectáreas, o tres casas, una capilla y un hórreo en Boal por 13.000 euros. Antes de sacarlos al mercado a veces hay que reunir la documentación y registrarla, una tramitación compleja en la que la inmobiliaria dice colaborar con los propietarios.
¿Cuánto cuesta de verdad mantener una casa de pueblo?
Comprar es la parte fácil. Un participante cifra en unos
500 euros al mes la calefacción entre octubre y abril para una vivienda de estas características, con una humedad que, según cuenta, obliga a vestir por capas dentro de casa. A eso suma la desbrozadora y las horas de jardín, y el coche para absolutamente todo —supermercado, farmacia, médico—, porque, según otro forero, la compra más cercana puede quedar a
35 kilómetros o 50 minutos por carreteras secundarias.
Hay más partidas que no aparecen en el anuncio. Otro participante sostiene que sobre una segunda vivienda se paga cada año un
2% del valor catastral en el IRPF, un extremo que no se ha verificado y que los expertos no sitúan en esos términos. Y la obra, si la casa está en ruina, no es exactamente una reforma: hay quien calcula que rehabilitarla supera los
1.000 euros por metro cuadrado, porque en la práctica se levanta una casa nueva dentro de unos muros viejos. La broma de comprar barato y arreglar poco a poco tiene su propia factura, y llega cada invierno.
El cálculo que compara vender en Madrid con vivir en el pueblo
Un forero plantea la versión más optimista del traslado con una operación sencilla: vender un piso en una buena zona de Madrid o Barcelona por
600.000 euros, comprar en un pueblo por 20.000, invertir 40.000 en dejarlo a capricho y quedarse con una casa por 60.000. Los 520.000 restantes, bien gestionados, darían según su cuenta
20 años sin trabajar para una persona sola o 15 para una pareja sin hijos, sin lujos pero sin estrecheces, con la posibilidad de sumar ingresos por alquiler de habitaciones o actividades agropecuarias.
La versión pesimista la firma quien ya lo intentó. Se cuenta el caso de una joven que convenció a sus padres para comprar una casa en Asturias y volvió a Barcelona en menos de un año: los trabajos disponibles eran malos, estaban lejos de casa y en las montañas no hay metro ni cercanías. En el campo hay que moverse con coche propio y la gasolina no es barata. Ninguna de las dos cuentas es falsa; simplemente miden cosas distintas.
Burocracia, árboles y garrapatas: la letra pequeña del terreno
La administración aparece en casi todas las réplicas. Un propietario relata que lleva dos años esperando para poder cortar un eucalipto de 20 metros que teme que caiga con un temporal, porque necesita que venga un técnico a valorar la situación, con su licencia y su seguro. Y hay quien sostiene que ni las piñas caídas pueden recogerse impunemente. La alternativa que se apunta es dejar secar el árbol y pedir después el permiso alegando riesgo de caída, sin garantía de que se conceda.
El terreno también trae fauna. Un participante pregunta por la presencia de garrapatas en la zona y otro responde que abundan donde hay helechos y tojos, y relata haber conocido personas con complicaciones de salud tras una picadura. Ante cualquier picadura, lo sensato es acudir a un profesional sanitario. Es el tipo de detalle que no sale en el folleto de la casa con finca de 2.369 metros.
¿Quién compra y por qué el clima lo decide casi todo?
El perfil del comprador tiene acento. Catalanes, madrileños, alemanes e ingleses copan la demanda, muchos con antecedentes familiares en la zona, otros buscando segunda residencia, jubilación o un retorno con teletrabajo. Hay compradores ingleses que son albañiles, rehabilitaron su casa y ahora trabajan para otros ingleses que llegan detrás: el efecto llamada funciona. También hay emprendedores con proyectos de agroturismo, por ejemplo en la zona de San Tirso de Abres. Los que buscan casas grandes y caras suelen ser extranjeros, y su mercado se estrecha cuando Patrimonio impone condiciones a la reforma.
Y luego está la meteorología, que es el filtro que nadie discute. El norte cantábrico ofrece paisaje, agua y precios mínimos; a cambio, la lluvia persistente, el frío húmedo y veranos sin sol desaniman a más de uno. Un forero sostiene que mucha gente que se jubila allí acaba marchándose a Torrevieja o Benidorm sin mirar atrás, y que el Mediterráneo permite bañarse ocho meses al año. Se señala además que la costa cantábrica regula las temperaturas, pero no los ánimos de quien pasa enero aislado.
Al final, la casa más barata de España sigue siendo la que nadie visita en enero.