Bellerín pide igualar sueldos y su propio gremio le señala la caja
Héctor Bellerín, lateral del Betis, aprovechó una entrevista en la Cadena SER para exigir que se equiparen los salarios del
fútbol masculino y femenino. «Es justo que todos ganemos lo mismo», dijo, y añadió que la igualdad debe imponerse con independencia de si unos venden más que otras. El futbolista, que percibe alrededor de
3,12 millones de euros al año, sostuvo que el fútbol masculino tiene «la plataforma, los recursos» y la responsabilidad de dar el primer paso. La reacción no se hizo esperar: la propuesta cayó como una pedrada en un sector que ve en ella una forma cómoda de predicar sin rascarse el bolsillo.
Qué propone exactamente Bellerín
El jugador no habló de subir el fútbol femenino a golpe de subvención, sino de que exista «igualdad» y «los mismos derechos». Reconoció que no sabe cómo se hace. «A la pregunta, ¿cómo hacemos eso? Es algo que aún no sé», admitió. Lo que sí sabe es de quién debe salir el dinero: de los propios futbolistas, los clubes y las ligas. En su argumentario, la sociedad ya ha hecho su parte y la final del Mundial femenino demostró que el apoyo es equiparable al del masculino. La conclusión, según él, es que solo falta que los que tienen la plataforma muevan ficha.
Hay un detalle que conviene no perder de vista. Bellerín no propone una redistribución concreta de su nómina, ni un porcentaje, ni un fondo común. Habla de derechos y de justicia, pero deja la mecánica en el aire. Ese hueco es, precisamente, el que han ocupado las críticas.
El argumento que más se repite: que iguale por abajo
La objeción más repetida no es que la idea sea mala, sino que el dinero no aparece por generación espontánea. Si los ingresos no se pueden aumentar a voluntad, igualar significa repartir lo que ya hay. Y ahí surge la pregunta incómoda: ¿está dispuesto Bellerín a que su salario se recorte para financiar la equiparación? La respuesta que da una parte del análisis es que no, que la propuesta se queda en el plano moral mientras no se traduzca en una rebaja efectiva.
El ejemplo que se usa para ilustrarlo es el de la propia plantilla. Dentro de un mismo vestuario no todos cobran lo mismo: cada jugador negocia su contrato con su agente según su rendimiento, su cartel y su posición en el mercado. Si la igualdad es un principio, ¿por qué no se aplica también entre compañeros de equipo? La pregunta no es retórica. Es la que desmonta, según esta corriente, el razonamiento completo.
El fútbol femenino no se financia solo con taquilla
Otra línea de crítica apunta a la estructura económica. Hay quien sostiene que el fútbol femenino depende en buena medida de dinero público y de patrocinios institucionales, no de la taquilla o los derechos audiovisuales que genera por sí mismo. Si eso es así, equiparar salarios no sería una operación entre iguales, sino un trasvase desde el fútbol masculino o desde las arcas públicas. Y ahí entra en juego el contribuyente, que no eligió financiar ninguna de las dos cosas.
La comparación que se lanza con retintín es la de otros sectores. Si el criterio es la igualdad de derechos y no la capacidad de generar ingresos, entonces los modelos masculinos y femeninos deberían cobrar lo mismo, y los trabajadores de cualquier empresa deberían percibir el mismo salario que el dueño. Llevado al extremo, el argumento se vuelve absurdo, y eso es exactamente lo que buscan quienes lo esgrimen.
El miedo a perder privilegios que menciona el propio jugador
Bellerín apuntó a un motivo concreto para explicar la resistencia de sus compañeros de profesión: el miedo a que el fútbol femenino les quite «un trozo del pastel». Según él, existe la creencia de que si el fútbol femenino crece, el masculino se encoge. Su tesis es la contraria: el pastel se agranda para todos. Es un argumento razonable, pero no demostrado con ninguna cifra en su intervención.
El jugador también se refirió al caso de Jenni Hermoso y al beso de Luis Rubiales tras la final del Mundial. Dijo que le frustró que los focos volvieran a estar sobre un hombre después de lo conseguido por las jugadoras, y consideró que muchos de sus compañeros han evolucionado en su forma de verlo. Es decir, sitúa el cambio cultural como algo ya en marcha.
El problema de fondo que nadie resuelve
La discusión se atasca siempre en el mismo punto. Nadie discute que exista igualdad de derechos en el plano laboral, contractual o de condiciones. Lo que no está resuelto es de dónde sale el dinero cuando los ingresos de una actividad y otra no son comparables. Bellerín tiene plataforma y tiene razón en el diagnóstico cultural. Le falta la parte que convierte una reivindicación en una nómina. Y esa parte no la ha explicado nadie, ni él ni quienes le aplauden.
Mientras tanto, la propuesta sigue sonando bien en una entrevista y muy mal en una hoja de cálculo. Ese es, a día de hoy, todo el recorrido del asunto.