Reino Unido promete defender Suecia y Finlandia si Rusia ataca
Boris Johnson aterrizó en Estocolmo, se plantó junto a Magdalena Andersson y prometió que, en caso de ataque o «desastre», su país acudirá «con lo que solicite». Repitió el gesto en Helsinki. Son dos compromisos bilaterales y recíprocos, anunciados en mayo de 2022, con Ucrania en guerra y Moscú avisando de que habrá respuesta si Suecia llama a la puerta de la OTAN. El detalle incómodo: ni Suecia ni Finlandia habían formalizado todavía su solicitud de adhesión.
Qué dice exactamente el compromiso británico
Johnson lo enmarcó en la necesidad de sostener a Estocolmo mientras atraviesa una «zona gris»: el tramo que va desde que un país pide entrar en la Alianza Atlántica hasta que alguien le abre la puerta. Ese periodo, según el primer ministro británico, es el de mayor exposición. La promesa vale en las dos direcciones: si el atacado fuera Reino Unido, Suecia quedaría con la misma obligación de socorrerlo.
Andersson reconoció que las tensiones han subido por la agresión rusa sobre Ucrania y recordó que Moscú ya ha amenazado con responder ante una eventual adhesión sueca. La OTAN, insiste el Kremlin, es una amenaza para su seguridad nacional. Traducción: el paraguas que Londres extiende hoy es, para Moscú, una amenaza más. Y una parte del análisis sostiene que los anglosajones buscan precisamente eso, elevar la tensión hasta un punto de no retorno.
¿Qué pasó la última vez que Londres garantizó defender a un país?
Ocurrió en 1939 y terminó como terminó. Francia y Reino Unido declararon la guerra a Alemania tras la invasión de Polonia, en cumplimiento de sus acuerdos. Lo que vino después tiene nombre propio: la
guerra de broma. Ocho meses en los que los ejércitos aliados no movieron un dedo en el oeste, mientras Polonia se desangraba y, por el este, entraba el Ejército soviético.
El paralelismo es el argumento más repetido. La garantía se firmó, se activó y no salvó al país garantizado, que acabó además en la órbita soviética. Cuando los británicos pusieron un pie en el continente fue para defender Francia, y les salió la retirada de Dunkerque. La conclusión que se extrae de aquello es simple: una declaración de guerra no es un plan de defensa. Se cita también el Tratado de Londres de 1839.
Lo que ocurrió después no respalda la tesis de la promesa hueca
No todo el análisis va en la misma dirección. Hay quien recuerda que el casus belli de la Segunda Guerra Mundial fue esa invasión, y que la declaración de guerra se produjo en cumplimiento estricto de los tratados suscritos. Que los aliados fueran inferiores militarmente en 1939 y bastante tuvieran con defenderse no convierte el compromiso en papel mojado.
La versión más dura del escepticismo llega desde otra esquina: la palabra de un Estado que ha incumplido garantías antes vale poco, y los países pequeños harían mejor en no depender de terceros. De ahí sale la propuesta que más ruido hace: que Suecia y Finlandia se doten de su propia capacidad de disuasión en lugar de fiarlo todo a un socio exterior.
El frente interno británico: inflación y un Gobierno al borde
El problema no es solo la credibilidad histórica. Según los análisis que circulan, Reino Unido afronta una inflación elevada y un Ejecutivo con la cuerda corta por los escándalos que arrastra. Prometer guerra por dos países nórdicos con esa mochila suena, para muchos, a envite retórico: mucho firmar y poco enviar.
A eso se suma la memoria larga. En España hay quien recuerda el mapa de apoyos internacionales durante el conflicto de Malvinas para ilustrar de qué lado se coloca cada capital cuando hay que mojarse. Y en Cataluña hay quien subraya que las promesas de alianza y auxilio británicas tienen ya un historial conocido.
¿Por qué Suecia entra ahora en el radar nuclear ruso?
Porque, según este análisis, permaneció fuera de la OTAN durante toda la Guerra Fría y ahora pasaría a ser objetivo declarado. Ese es el precio que se discute: la protección compartida llega con la etiqueta de blanco prioritario para misiles hipersónicos. El neutralismo sueco, se argumenta, tenía un valor que la membresía disuelve.
La pregunta que se plantea es si el paraguas británico disuade más de lo que provoca.
El compromiso es recíproco y está firmado. Falta el detalle de siempre: con qué defiende Estocolmo a Londres y con qué defiende Londres a Estocolmo mientras Moscú decide si la zona gris se convierte en blanco.