1.200 € por 26 m² en Fuencarral: el alquiler que retrata Madrid
Un anuncio de
alquiler en el distrito de Fuencarral, en la zona que el propio cartel sitúa junto a un parque con tráfico de drogas, pide
1.200 euros al mes por 26 metros cuadrados y dos habitaciones. La vivienda se ofrece, además, «por temporada», una fórmula contractual que esquiva la prórroga obligatoria del alquiler de vivienda habitual y que se ha extendido como atajo legal en las zonas tensionadas. El precio, en un barrio que algunos participantes del debate califican de lumpen, ha bastado para reabrir la guerra de cifras sobre quién tiene la culpa de que Madrid se haya convertido en la ciudad más cara de España para vivir de alquiler.
Qué se paga por 26 metros en Fuencarral
El anuncio no es un caso aislado. En la misma zona se cuelga otro piso con el mismo patrón: precio alto, superficie mínima y contrato de temporada. La descripción del inmueble, con
26 metros cuadrados útiles, deja un margen ridículo para dos habitaciones, un baño y una cocina. A razón de precio por metro, el alquiler supera con holgura lo que se pide en barrios céntricos de otras capitales europeas con rentas medias muy superiores.
La comparación internacional es el argumento más repetido. Un ingeniero informático de nivel medio gana en Reino Unido casi el doble que en Madrid por el mismo trabajo, en torno a
45.000 libras, y sin embargo la vivienda cuesta lo mismo o menos en Londres. Si el salario no acompaña, el precio solo se sostiene por escasez de oferta. Esa es la tesis que recorre el análisis económico del asunto: no hay milagro posible cuando un millón de personas quiere vivir donde solo hay sitio para doscientas mil.
¿Por qué sube el alquiler en Madrid si se construye más que nunca?
La respuesta corta es que no se construye más que nunca, o no donde hace falta. La ley del suelo alarga una promoción una media de
10 años entre licencias, alegaciones y burocracia municipal. El resultado es una oferta rígida que no reacciona al tirón de la demanda. Cuando la oferta se mantiene constante y la demanda crece, el precio sube, gobierne quien gobierne. La discusión sobre si el mercado del suelo funciona en competencia o reproduce rentas monopolísticas queda abierta: hay quien sostiene que el suelo no es un tornillo y que su precio no responde a la lógica de un bien reproducible.
El otro frente es el demográfico. Madrid, como Barcelona o Valencia, funciona como polo de atracción de población. Cada
100.000 personas que llegan a una ciudad necesitan del orden de 30.000 viviendas, y ese flujo no se compensa con promoción pública ni privada. La receta que se reivindica desde hace décadas es la misma: construir bloques a saco en la periferia con transporte público decente, como se hizo en los años del desarrollismo para alojar la migración interior. La diferencia es que entonces había suelo barato y voluntad política de urbanizarlo.
La batalla política: Ayuso, los precios topados y la ley de vivienda
El nombre de Isabel Díaz Ayuso aparece en cada mensaje. Unos le atribuyen la subida por haber renunciado a declarar zonas tensionadas y por haber tumbado de facto los topes de alquiler en la Comunidad de Madrid. Otros responden que el problema es anterior y estructural: los precios ya subían cuando gobernaba la izquierda y el intervencionismo solo reduce la oferta. La ley estatal de vivienda, en vigor desde
2021 con una modificación posterior en diciembre de 2022 vía ley ómnibus, ha servido para que cada bando saque su propia conclusión: unos ven un avance, otros un lastre que expulsa a los propietarios del mercado.
La crítica más repetida desde el lado liberal es que limitar precios sin aumentar oferta es condenar el mercado a la escasez. La respuesta desde el otro lado es que el suelo urbano no es un mercado competitivo y que sin intervención pública no hay forma de que el alquiler deje de comerse el salario. En medio, la figura del pequeño propietario, que en muchos casos no es un fondo buitre sino una familia que alquila el piso heredado, y que se ve empujado a contratos de temporada para esquivar la prórroga forzosa.
El contrato de temporada: la vía para esquivar la prórroga
El anuncio de Fuencarral lo dice sin disimulo: «por temporada». Esa fórmula, pensada para estancias cortas por trabajo o estudios, se ha convertido en la puerta de atrás del alquiler residencial. Al no ser vivienda habitual, no aplica la prórroga obligatoria ni los topes de la ley estatal. El inquilino firma, paga y se va cuando toca, sin derecho a quedarse. Para el propietario es un seguro; para el inquilino, una precariedad añadida que no aparece en las estadísticas oficiales de precio de alquiler.
El resultado es un mercado a dos velocidades: el alquiler declarado, con contratos largos y precios contenidos, y el alquiler de temporada, con precios libres y rotación constante. La brecha entre ambos explica por qué las cifras oficiales y lo que se ve en los portales no siempre cuadran. Y explica también por qué el inquilino que busca piso en Madrid se encuentra con que la oferta real es más cara y más corta de lo que dicen los índices.
Qué pasa con los que no pueden pagar 1.200 euros
La movilidad laboral está en mínimos históricos y no es difícil entender por qué. Un parado de Andalucía o Extremadura prefiere quedarse en su pueblo cobrando subsidio o tirando de banco de alimentos antes que mudarse a Madrid para vivir en un piso compartido con desconocidos. La ecuación no sale: el salario que se ofrece no cubre el alquiler, y el colchón familiar no siempre existe. La consecuencia es un mercado de trabajo que no termina de ajustarse y una capital que expulsa a los que la sostienen.
Hay quien propone restringir la residencia en Madrid a los recién llegados durante unos años, una idea que no tiene recorrido legal pero que refleja el cabreo. Otros apuntan a la promoción pública con precios tasados y expropiación de suelo como única salida. Y hay quien recuerda que el ladrillo ya se rescató una vez con dinero de todos y que no debería repetirse. El desacuerdo no es sobre el diagnóstico, sino sobre quién paga la factura.
Al final, el dato que descoloca no es el precio. Es que
1.200 euros por 26 metros en un barrio que el propio anuncio sitúa junto al trapicheo se defienda como un chollo. Cuando eso ocurre, el problema ya no es el alquiler: es el suelo sobre el que se sostiene la ciudad.