Mala Rodríguez y la factura fiscal de llamarse de izquierdas
¿Se puede defender la sanidad y la educación públicas y, al mismo tiempo, negarse a pagar más
impuestos? Mala Rodríguez cree que sí, y lo ha dicho sin rodeos en una entrevista difundida por
EL ESPAÑOL: «No soy de izquierdas: he ganado dinero, no lo he repartido y no quiero pagar tantos impuestos». La frase, corta y sin adornos, ha reabierto una discusión vieja: qué significa hoy exactamente esa etiqueta.
Conviene leer el contexto completo antes de dictar sentencia. En esa misma entrevista, según se recoge en el hilo, la artista reivindica la lucha obrera andaluza y recuerda que viene de una familia humilde, pero se distancia del bloque: «No me siento de izquierdas,
no al ciento por ciento, porque si realmente fuera de izquierdas repartiría todo lo que tengo». Añade que le «encantaría» una educación y una sanidad gratuitas, y que todo el mundo tenga acceso a una casa y a formación, porque, sostiene, esa es la forma de ser libre. Mucha cartera pública. Poca cartera propia.
¿Se puede ser de izquierdas y no querer pagar más impuestos?
Es la pregunta que vertebra todo el asunto. Una parte del público sostiene que la etiqueta y la conducta van necesariamente unidas: quien no está dispuesto a desprenderse de lo suyo no debería reclamar el apellido. Otros responden que la izquierda nunca consistió en donar la nómina propia, sino en diseñar instituciones —impuestos incluidos— que repartan lo que el mercado concentra en pocas manos.
Los impuestos no son una donación: son un pago obligatorio
Aquí está el hueso del argumento. El impuesto no se entrega, se detrae. Quien pide subirlo no renuncia a nada suyo: obliga a un tercero. De ahí la formulación que más se repite en esta polémica: ser de izquierdas sería insistir en que los demás paguen más impuestos para que alguien los reparta después. La réplica llega rápida y no es floja: según apunta un participante del hilo, con ese criterio hasta la corona británica de otras épocas habría sido profundamente de izquierdas, porque también cobraba.
La discusión se atasca siempre en el mismo punto. ¿Define a alguien de izquierdas lo que da de su bolsillo, o lo que vota que se detraiga del bolsillo de todos? Bajar impuestos y pedir a la vez sanidad gratuita suena contradictorio hasta que se recuerda que casi nadie renuncia voluntariamente a lo que gana, y que precisamente por eso existe el pago obligatorio.
Paco de Lucía y la coherencia como vara de medir
El nombre que más se repite al hilo de este asunto es el de Paco de Lucía. El guitarrista, que de joven se proclamaba de izquierdas —y que, según se recuerda en el hilo, llegó a tener problemas por hablar de más en público en una época poco tolerante—, dejó de identificarse con esa familia política cuando comprobó que, con dinero en la mano, no pensaba repartirlo con otros. La anécdota funciona como vara de medir: coherencia, no carné.
A partir de ahí el análisis se bifurca. Unos leen el caso como una regla general: mucha gente está convencidísima de que repartiría su fortuna si algún día la tuviera, y casi nadie lo hace cuando la tiene. Otros creen que eso no descalifica ninguna ideología, sino que demuestra lo difícil que resulta sostener una convicción contra el propio interés. Entre ambas posiciones hay una tercera, más cínica: la caridad privada, la de toda la vida, hace más por el vecino que cualquier subida de tipos.
El progresismo como refugio dentro del capitalismo
Hay una lectura más incómoda y también más repetida: en un sistema capitalista nadie sería realmente de izquierdas, porque el propio marco lo impide. Lo que existiría es una etiqueta —el progresismo— que permite a quien gana dinero sentirse del lado correcto sin tocar el mecanismo que lo produce. La política, en esta versión, funciona como una moda con ciclos: se agota un relato y entra el siguiente, y quien fue abanderado ayer se convierte en lastre mañana.
De fondo late otra pregunta, esta sin respuesta: si la etiqueta se desgasta tanto, ¿qué queda cuando alguien la suelta? ¿Una convicción, un cálculo fiscal o simplemente una frase dicha en voz alta sin pensar en las consecuencias?
¿Fin de ciclo generacional?
Una parte de quienes siguen el asunto lee la declaración como síntoma de un cambio de ciclo: la gente joven ya no usaría la etiqueta con naturalidad y ser de izquierdas empezaría a percibirse como cosa de otra generación. Es una tesis, no un dato. Nadie aporta series, encuestas ni sondeos que la respalden, y conviene decirlo: aquí se opina más que se mide.
Lo que sí parece claro es que el vocabulario se desgasta antes que las políticas que describe. Y que una artista que pide sanidad gratuita, educación gratuita y vivienda para todos mientras rechaza pagar más impuestos ha encontrado la manera más eficaz de que se hable de ella sin soltar un solo acorde.
Que se lo pregunten a Hacienda, que llevaba años creyendo que todo eso se pagaba con algo.