Por qué Norteamérica es rica y Sudamérica pobre: las tesis que chocan
Un participante sostiene que, cuando México se independizó de España, su economía y su población eran muy similares a las de Estados Unidos. Eran igual de ricos. Ese punto de partida idéntico es el que convierte la pregunta en incómoda: ¿qué pasó entre entonces y ahora para que el continente se partiera en dos realidades económicas tan distintas? La respuesta no está en el clima ni en los recursos. Está en instituciones, en cómo se organizó la colonización y en quién controló después el timón.
Una corriente del análisis sostiene que la clave es la
colonización de poblamiento frente a la de extracción. Los ingleses, se argumenta, ocuparon el territorio para quedárselo ellos, arrinconando a la población indígena, mientras los españoles montaron virreinatos con población local y estructuras más complejas. La conclusión que saca esa tesis es incómoda para el relato habitual:
los malos fueron los otros, por supuesto.
El virreinato de Nueva España era una zona próspera, según un forero, con sueldos altos para profesionales independientes: un albañil, un carpintero o un herrero cobraba más allí que en casi cualquier otro lugar del mundo. Ese dato desmonta la idea de que el subdesarrollo venía de serie. Lo que ocurrió después, sostienen, no fue herencia colonial sino decisión política.
La tesis institucional: Adam Smith y las reglas del juego
La explicación más citada apunta a la
fortaleza de las instituciones. Un forero recuerda que Adam Smith ya lo escribió en 1776: la diferencia entre países está en la calidad de sus reglas, no en su suelo. Un sistema que protege la propiedad, fomenta el comercio y castiga menos la corrupción genera innovación; uno capturado por élites extractivas genera rentismo.
De ahí sale el argumento de la
supremacía protestante como motor organizativo: una mentalidad que habría producido mejores élites, mejores leyes y mejor organización militar. La contraparte es que España no adoptó la Ilustración a tiempo, lo que le costó un atraso tecnológico e industrial que arrastró a sus antiguas colonias.
Hay quien lo formula sin rodeos:
los anglosajones crearon científicos, inventos y una organización institucional menos corrupta. Y con eso ganaron guerras, llegaron a la Luna y desgastaron a la URSS. El pico de poder estadounidense, dicen, fue la llegada a la Luna.
La tesis de la dependencia: quién empobreció a quién
Frente a lo anterior, otra línea sostiene que
Sudamérica no es pobre: la empobrecieron. El norte controló el sur para saquearlo y enterró periódicamente sus intentos de desarrollo, siempre con la complicidad de oligarquías locales que actuaban como socios. La CEPAL lo resumió en términos comerciales: unos venden materias primas y productos agrícolas de poco valor; otros venden tecnología y productos de alto valor añadido.
La pregunta que sigue es la buena: ¿por qué unos pueden producir tecnología y otros no? Y la respuesta que da esta corriente es política, no cultural.
De cuatro virreinatos salieron veinte países, una fragmentación que se atribuye a intereses externos que preferían unidades manejables y endeudadas. Todos firmaron acuerdos desventajosos, desmantelaron su industria y tiraron de productos importados.
El contraargumento llega rápido: si la mano de obra barata generase riqueza, el Congo sería un paraíso para explotadores. Lo que crea riqueza son las ideas, no la explotación.
La fragmentación política y el coste de no ser un solo mercado
Un tercer foco apunta a la
desintegración territorial. Estados Unidos unió trece colonias en un mercado común; Hispanoamérica hizo lo contrario, dividió los virreinatos y se dedicó a pelearse entre sí. La pregunta que lanza esta tesis es sencilla: ¿qué particularidades históricas tenían Ecuador o Bolivia para separarse del virreinato de Perú?
La comparación con la guerra de Secesión es inevitable. Si los sureños hubieran ganado, Estados Unidos no sería tan rico. La cohesión, insisten, es un activo económico de primer orden. Aunque otro apunte la contradice:
entre 600.000 y un millón de muertos en esa guerra civil, la más sangrienta del continente, difícilmente encaja con la imagen de un país cohesionado.
El factor ideológico y el factor cultural
Otra corriente carga la responsabilidad sobre el
marxismo y el socialismo abrazados por la región en algún punto del último siglo. Buenos Aires era a principios del siglo XX el destino más deseado por los emigrantes europeos; después, dicen, se fue todo al traste. El problema, sostienen, es idéntico hoy.
En paralelo circula una explicación cultural y religiosa que atribuye el atraso al idioma y a la visión del dinero, con el auge evangélico como supuesto corrector. Es la versión más ideológica del asunto y la que menos datos aporta.
¿Qué dicen los casos que rompen el patrón?
Jamaica y Belice son anglosajonas y tienen el mismo nivel de vida que el resto de la región. Guyana habla inglés y Surinam neerlandés, y ninguno es rico. Nigeria, Zambia o la India tampoco están al nivel de Estados Unidos o Nueva Zelanda.
Dos casos con particularidades específicas no hacen una generalidad, y Surinam es además un paraíso fiscal de medio millón de habitantes: sería como hablar de Andorra.
El cierre lo deja el propio punto de partida. México y Estados Unidos partieron de una riqueza similar. Con estos diferenciales, la convergencia debería haber sido la norma. Sigue siendo la excepción.