El 57% del empleo público es femenino, no el 95%
¿Por qué se repite que casi todo el funcivagado son mujeres? El dato que circula en los registros oficiales es otro:
57 mujeres por cada 43 hombres por cada 100 puestos en las administraciones públicas. La cifra la aporta el propio Ministerio de Política Territorial y Memoria Democrática, y desmonta de un golpe la exageración del 95% que abre la conversación. Otra cosa es el patrón por sectores, y ahí la cosa cambia.
El punto de partida de la discusión es una tesis incendiaria: décadas sin ver un funcionario varón, oficinas y sanidad copadas por mujeres, y una supuesta élite administrativa que gobierna con mano dura. La respuesta del personal es más prosaica.
Opositar no es un chollo: es una mezcla entre los Juegos del Hambre y El Juego del Calamar, según la descripción más repetida. Y el sueldo del funcionario estatal medio, lejos del mito, se queda por debajo de los
1.800 euros netos al mes, insuficiente para vivir solo en Madrid, según algunos participantes.
¿Cuántas mujeres hay realmente en la administración pública?
La proporción oficial es de
57 mujeres y 43 hombres por cada 100 puestos. Es mayoría femenina, sí, pero ni aplastante ni cercana al 95% que se lanza en el arranque. El desglose por ramas explica la sensación: sanidad, educación, Seguridad Social, ayuntamientos y consejerías autonómicas concentran plantillas mayoritariamente femeninas, mientras que Fuerzas Armadas, cuerpos policiales y bomberos siguen siendo de mayoría masculina por requisitos físicos. Al restar estos últimos, el peso femenino en los despachos se dispara, según se sostiene en el debate.
Hay quien sostiene que la brecha no es de género sino de incentivos. La mujer busca seguridad y conciliación; el hombre, según esta lectura, prioriza el salario y la acción. En sanidad el patrón se repite: la pública concentra médicas, la privada y las especialidades quirúrgicas se inclinan hacia los hombres, con retribuciones que en el sector privado pueden multiplicarse, según un participante. El cálculo completo, especialidad a especialidad, da diferencias que sorprenden.
El sueldo real de un funcionario del Estado
Los números que se manejan en la conversación no cuadran con el relato del privilegio. Un funcionario estatal de nivel medio ronda los
1.800 euros netos al mes, y en Madrid eso no da ni para pipas si se pretende vivir solo, según se afirma. Los complementos autonómicos y locales elevan la cifra: en un ayuntamiento medio, un C1 con complemento específico puede superar los
25.000 euros brutos anuales, trienios aparte. La diferencia entre administraciones es, en la práctica, mayor que la diferencia entre sexos.
Frente a eso, el argumento del privilegio se apoya en la jornada. Se describe un horario de presencia de
9 a 14, con la plantilla reduciéndose drásticamente a partir de las 13:30 en hospitales, ayuntamientos y oficinas. Si eso es trabajar 25 horas semanales, que alguien diga dónde se firma. La realidad estadística es más aburrida: la jornada completa existe, y el funcionario que la incumple se expone a sanción.
La trampa del doble sueldo y el origen del desequilibrio
La explicación histórica que se apunta es otra. Entre los años 70 y 90 se convocaron
oposiciones masivas orientadas a amas de casa en capitales de provincia, en un contexto de salarios familiares deprimidos y consumo resentido. En los 2000 hubo otro chorro de plazas hasta que el sistema reventó. Ese diseño, más que una conspiración feminista, es el que ha dejado la foto actual. El Estado sustituyó al marido como proveedor estable para una generación entera, según esta interpretación.
El resultado es una administración que funciona como principal empleador femenino del país y como refugio anticrisis. Con la inflación devolviendo al funcionariado a su sitio, la placita vuelve a ser lo que era: seguridad a cambio de techo salarial. La pregunta que queda en el aire no es cuántas mujeres hay, sino por qué el debate se plantea como una guerra de sexos cuando los números hablan de incentivos, horarios y complementos.
Al final, resulta que el 95% era una forma de hablar. Y como todas las formas de hablar, dice más del que la usa que del mundo que describe.