Busca trabajo con 36 años: «no quiero trabajar por dinero»
Un licenciado en Empresariales de 36 años, con una herencia ahorrada y dos años sin
empleo, pide ideas para encontrar trabajo. Y pone una condición que descoloca: quiere un puesto donde se trabaje poco y se cobre poco.
«No quiero trabajar por dinero», escribe. En casa tiene una madre con pensión máxima y varios pisos alquilados que no suelta dinero, y que además le hace la vida imposible. Su padre, ya fallecido, le dejó una advertencia: sin empleo fijo a los 40, se quedará sin hacer nada. El problema no es la comida. Es levantarse con un motivo y no tener que inventarse una excusa cada vez que alguien pregunta a qué se dedica.
¿Por qué es tan difícil encontrar trabajo en España?
Los datos que se manejan no invitan al optimismo. La tasa de empleo del primer trimestre de 2023, entre la población activa,
no llega al 51%, según el INE. En marzo de ese año Eurostat situaba el paro español en el
12,8%, el más alto de la Unión Europea y más del doble del 6,0% de media comunitaria. Entre los menores de 25 años el desfase es todavía mayor: 29,5% de desempleo juvenil frente al 14,3% del conjunto de la UE.
A esa foto se suma otro dato incómodo: los parados mayores de 45 años superan el
57% del total. Con 36 años, una carrera y dos años de hueco en el currículum, el retorno se complica. Quien lleva tiempo fuera del mercado lo sabe: las empresas no llaman, y él ya lo intuye cuando admite que nadie va a contratarle. La paradoja es que el discurso oficial repite que faltan trabajadores mientras las tasas de actividad siguen por los suelos.
El refugio del opositor: «soy opositor» como respuesta social
La salida más repetida es la oposición. Auxiliar administrativo, celador, cualquier cuerpo de rango bajo con sueldo discreto. La lógica no es solo económica: mientras se estudia ya se tiene qué contestar en las reuniones familiares, y eso descomprime la presión de casa. Hay quien apunta más alto y propone el máster de profesorado para entrar en listas de interinos y, con suerte, acabar con una nómina estable por dar clase. El cálculo más optimista habla de un par de años de espera antes de que la plaza llegue.
El principal freno es la edad.
Con 36 años, ¿no se es demasiado mayor para volver a un aula con chavales a los que doblas la edad? La pregunta la lanza el propio interesado y nadie la responde con rotundidad. Lo que sí admiten todos: preparar una oposición es barato en formación y muy caro en tiempo.
Trabajos tapadera: teleoperador, almacén, carretilla
Frente al opositor de largo plazo aparece la vía corta: un empleo que sirva de tapadera. Un puesto de teleoperador a media jornada, cuatro o cinco horas al día, puede dejar unos
600 euros al mes, suficientes para coche, ropa y alguna salida, sin agotar a nadie. Otra opción con demanda estable es sacarse el carné de carretillero y entrar en un almacén, donde el trabajo sobra y el tiempo pasa rápido.
Ninguna de estas fórmulas entusiasma, y todas vienen con el mismo aviso: hasta para los empleos de poca cualificación y a tiempo parcial hay candidatos, y encontrar algo decente en Madrid exige insistir en portales y en comercios de barrio. El autoempleo aparece en forma de anécdota: la tienda de juegos de rol que un conocido abrió sin vender apenas juegos y que se sostiene alquilando mesas y despachando refrescos a quien se pasa horas jugando. No da para forrarse. Da para no aburrirse.
Vivir de rentas: el consejo que más se repite
Cuando el dinero no es el problema, la recomendación más socarrona es dejar de fingir. Basta con responder que se vive de las rentas. No es del todo mentira —hay patrimonio familiar detrás— y en determinados círculos cierra la boca más rápido que cualquier cargo. Quien lo sostiene añade un matiz amargo: hay mucha gente que trabaja por costumbre, porque no concibe no hacerlo, y que podría permitirse dos o tres años sin apretarse el cinturón.
El problema es que el patrimonio no está en sus manos.
La mosca no afloja, y sin control del dinero el rentista sin rentas vuelve a depender de la buena voluntad ajena. Ahí se cae el plan.
El muro de la vivienda y los enchufes
Bajo el asunto late un diagnóstico más estructural. El español medio destinaba en 2019 un
40% de sus ingresos a pagar el alquiler, y hay
700.000 jóvenes menos emancipados que en 2008. En ese contexto, quien se independiza suele hacerlo con ayuda familiar: un piso que el padre compró hace dos décadas y que ahora cede al hijo.
De ahí la queja sobre el enchufe, aplicada al empleo y a la vivienda por igual. El diagnóstico que se repite es que nacer sin contactos convierte cualquier itinerario profesional en cuesta arriba, mientras las plazas buenas circulan por canales informales. Es una explicación cómoda y también una coartada: sirve para justificar la inacción tanto como para describir un mercado real.
Con estos mimbres, la pregunta que queda flotando es incómoda y no tiene respuesta cerrada. ¿Cuántos titulados de 36 años están fuera del mercado no por falta de capacidad, sino porque nadie les ha dado una primera oportunidad que su entorno no puede pagarles? Los números del paro no distinguen entre quien busca y no encuentra y quien, sencillamente, ha dejado de buscar.