«Vuelve a estudiar, hazte ingeniera»: el consejo que ardió en plató
Una joven periodista con contrato precario —a la que en el hilo se atribuyen
dos másters— se sienta frente a un economista. Él la escucha, la interpela y le suelta la frase que ha acabado circulando por redes:
«Vuelve a estudiar, hazte ingeniera». Al final del corte se le oye rematar: «Tu universidad la pago yo». El plató se caldeó: buena parte del público presente, según los comentarios recogidos, convirtió una recomendación profesional en un
linchamiento en directo. El episodio, recogido en un tuit, reabre la pelea de siempre: qué carreras valen, quién paga las que no y si estudiar periodismo sigue siendo una apuesta razonable.
Qué dijo el economista y qué le contestó la joven
El economista
Díaz-Giménez plantea a la joven una salida que considera más rentable: volver a las aulas y formarse en una ingeniería. El argumento que sostiene la frase es viejo y simple: el mercado no absorbe el volumen de titulados en comunicación, y estudiar cuatro años algo con salidas saturadas es una apuesta que se pierde sola. La respuesta de la periodista, que recoge el hilo, va por otro lado: «¿Es que acaso hay un ránking de carreras?».
El presentador añade su propia tesis, que es la que termina de calentar el ambiente: que todas las carreras deberían tener garantizado un puesto de trabajo acorde. Traducido: si el mercado no te quiere, alguien debería obligarle a quererte.
¿De verdad sobran periodistas y faltan ingenieros?
La tesis de la saturación tiene partidarios. Un diagnóstico que se repite: hay profesiones con demanda y otras sin ella, y de ahí no se sale a base de voluntad política. Con ese criterio, periodismo, bellas artes o humanidades serían elecciones de alto riesgo; ingeniería, medicina o ADE, apuestas razonables. Incluso se apuntan alternativas intermedias como Derecho o Magisterio, con más recorrido profesional que una redacción.
El contrapunto llega con datos incómodos.
Salvo la rama sanitaria y poco más, ningún título universitario libra del desempleo o de las malas condiciones, sostiene un participante. Hay ingenieros que, según el mismo hilo, emigran para cobrar un sueldo decente y titulados que acaban en consultoras sumando horas. Y mientras se pide a los jóvenes que elijan bien, se apunta que el peso industrial de la economía española se desinfla: la aportación del sector manufacturero
se habría reducido a la mitad en dos décadas. ¿Dónde trabajan esos ingenieros que supuestamente faltan?
El problema no es la carrera, es el sistema universitario
Buena parte del enfado no va contra la chica, sino contra la estructura que la ha llevado hasta ahí. Según este diagnóstico, la universidad española se ha masificado sin filtro real de entrada: se ha decidido que todo el mundo pueda estudiar la carrera más específica posible cerca de casa, para que nadie se frustre. El resultado, se argumenta, es un
café para todos donde el talento se diluye y los títulos se acumulan sin que el mercado los reciba con los brazos abiertos.
La comparación que apunta uno de los participantes es la francesa: en sistemas con acceso duro, entrar a estudiar según qué cosas es complicado y, si lo consigues, sales con medio futuro resuelto. Aquí el máster funciona muchas veces como prolongación del aula y no como ventaja competitiva. A eso se añade otro dato que se lanza en el hilo: en carreras como las ingenierías, en los años noventa y dos mil
la mitad de los matriculados abandonaba en primero y menos de una cuarta parte llegaba a graduarse. La criba real la hacía el suspenso, no la nota de corte.
Faltan técnicos y oficios, no licenciados
El mercado lanza una señal que no encaja con la pelea.
El 72% de las empresas declara problemas para encontrar trabajadores, y los perfiles que más cuesta cubrir no son universitarios: son técnicos cualificados. Electricistas, mecánicos, electromecánicos, informáticos de formación profesional. Lo que se reclama no es más titulados superiores, sino gente con una formación con salida y sin necesidad de dos másters para empezar.
Ese es el punto que incomoda a los defensores del consejo. Si el problema es la empleabilidad, la recomendación lógica no es «hazte ingeniera», sino «mira antes cuánta gente demanda lo que vas a estudiar». Vale para la ingeniería, para el derecho y para la fontanería.
El consejo que el consejero no siguió
Aparece aquí la ironía con la que el hilo desarma el
sermón: quien recomienda ingenierías, se reprocha, suele ser economista y no ingeniero. Al economista del plató se le sitúa en el claustro del
IESE, una escuela de negocios, y se le reprocha que su trayectoria no pasa por un laboratorio ni por una obra. El reproche es que la recomendación de estudiar lo que se demanda, aplicada a uno mismo, no se cumple; el consejo sería para los demás.
En España el periodismo se puede ejercer sin haber pisado una facultad de comunicación. Firmar un proyecto de ingeniería o de arquitectura, no. Esa asimetría —una profesión abierta a cualquiera, otra blindada por el título— explica, según los participantes, por qué el enfado se dirige contra el mensajero y no contra el mercado que describe. De paso, parte de la conversación derivó hacia el aspecto físico del economista. Da la medida del nivel.