¿Por qué España reniega de sus raíces prerromanas?
La discusión sobre la identidad cultural en España ha encontrado un campo de batalla inusual: la historia prerromana. Mientras países como Francia, Escandinavia o las islas briticas han construido gran parte de su narrativa nacional en torno a sus resistencias contra Roma (Astérix, Odín, druidas), en la Península Ibérica el relato es otro. La respuesta no es un simple olvido, sino una elección consciente: Hispania fue el territorio occidental más romanizado tras la propia Italia. Y esa herencia, junto con la católica, se considera la verdadera base de la civilización moderna española.
La romanización como proyecto de estado
Los argumentos a favor de esta postura son contundentes. No se trata de borrar el pasado, sino de priorizar lo que construyó el presente. El legado romano —acueductos, calzadas, derecho, latín— es innegable. Como señala un analista, «España es heredera de Roma, lo que no quita que el carácter y arrojo de los primeros pobladores saliera a la superficie en los momentos más duros». La reivindicación de figuras como Viriato o los numantinos se ve, desde esta perspectiva, como un romanticismo nacionalista insuficiente frente a la magnitud del Imperio.
Sin embargo, hay una capa más profunda: la lingüística y la genética. El euskera, único superviviente de las lenguas iberas pre-indo europeas, mantiene curiosas similitudes con el ibero antiguo. Si se demostrara que son de la misma familia, muchos discursos nacionalistas actuales se verían afectados. Pero mientras tanto, la realidad es que «somos romanos del siglo XXI» en código penal, lengua y estructura social. Reivindicar a los tartésicos o cántabros no ofrece un modelo de Estado comparable al romano.
El peso de la historia reciente y el leyendarreguismo
No todo es antigüedad. La identidad española moderna se ha forjado en siglos más recientes. La Reconquista, la expansión a América y el Siglo de Oro son los pilares del romanticismo nacionalista, no las guerras cántabras. Además, existe un fuerte escepticismo hacia la calidad de la historiografía prerromana. Se argumenta que «la barbarie prerromana sólo nos queda la sangre» y que caer en el indigenismo es un error. La historia de España se cuenta a través de su imperio y su catolicismo, no de sus derrotas militares frente a Roma.
El debate también toca la política contemporánea. Se critica que ciertos movimientos regionales reivindican símbolos prerromanos (lauburus, arrano beltza) como contrapunto a la identidad española, lo que genera una reacción contraria en otros sectores. Para algunos, esto es una minúscula república islamonazi plegada a los intereses de la Angloesfera. Para otros, es una forma de recuperar la dignidad perdida. Pero la conclusión general es clara: «no queda ni un ápice de nada prerromano en nuestro modo de vida».
Conclusión: ¿Miedo o realismo?
La falta de reivindicación masiva del pasado prerromano no es un defecto de memoria, sino una consecuencia lógica de la historia. Hispania no fue un territorio periférico salvaje, sino el corazón económico y militar del Imperio. Reivindicar a los pueblos que fueron derrotados y asimilados no aporta grandes lecciones de Estado. Lo que sí aporta es la certeza de que la identidad española es, ante todo, romana y cristiana. El resto es folklore.