Exvice de Aramco: Europa no tiene con qué sustituir el gas ruso
Un invierno sin gas ruso no se arregla comprando gas en otro sitio. Es la conclusión que saca Sadad Al Husseini, exvicepresidente ejecutivo de Saudi Aramco —la petrolera más valiosa del planeta—, en una entrevista con CNBC recogida estos días: «No hay capacidad de gas natural licuado en el mundo para compensar las exportaciones rusas a
Europa». La frase, dicha sin adornos, desmonta el relato de que basta con girar el mapa y enchufarse a otro proveedor. Y añade el remate: la UE tardará
años en encontrar recursos alternativos.
El diagnóstico del exdirectivo saudita no se queda en el gas. «EE.UU. ya está al máximo», África del Norte tiene problemas y la OPEP se está quedando sin capacidad de reserva. Es decir, no hay un bolsillo oculto de moléculas esperando a que Europa levante la mano. Rusia, mientras tanto, tiene «muchos mercados alternativos» —China, Japón, India— y puede recuperarse «mucho antes que Europa». El problema, en sus palabras, es global.
¿Cuánto gas tendría que sustituir Europa?
La cifra que sobrevuela el asunto es la que da el salto de escala:
195 bcm anuales, los miles de millones de metros cúbicos que Europa recibía por tubo desde Rusia. Sustituir ese volumen con gas natural licuado exige plantas de regasificación, buques metaneros y contratos a largo plazo que hoy no existen en la cantidad necesaria. Y construir esa capacidad, coinciden los análisis, requiere años, no trimestres.
El detalle incómodo es que a nadie le interesa invertir en infraestructura para un cliente que dice que va a dejar de consumir gas. Europa pretende eliminar gradualmente el uso del gas mientras exige que le traigan gas de urgencia. Los proveedores leen el mismo folleto y hacen cuentas.
El gas que Rusia quema en la frontera con Finlandia
Hay una imagen que contradice el optimismo sobre los mercados alternativos rusos: una planta junto a la frontera finlandesa quema cada día gas valorado en unos
10 millones de dólares, según un análisis difundido por BBC News. Si Rusia tuviera colocación inmediata para todo su gas, quemarlo sería absurdo. La lectura más caritativa es que se trata de un ajuste temporal; la más cínica, de un mensaje para navegantes.
El episodio sirve para medir la magnitud del desajuste: no es que falte gas en el mundo, es que no está donde se necesita ni en la forma en que se necesita. El gas que viajaba por tubo a Alemania no se embotella y se manda a Asia en una tarde.
Sanciones que también pagan los países pobres
El efecto dominó tiene un tercer perjudicado que rara vez aparece en los titulares: los países con menos capacidad de pago. Al desviarse el GNL hacia Europa, el precio se dispara para todos, y los mercados emergentes no pueden competir en esa subasta. La sanción a Rusia se convierte, de hecho, en un encarecimiento energético global.
Dentro de Europa, la factura se reparte de forma desigual. Los salarios públicos y las rentas altas apenas notan la subida del gas, la luz o el diésel; las clases bajas la notan en cada recibo. Es el argumento que más se repite cuando se discute quién paga realmente la política de sanciones.
El carbón, la opción que nadie quiere nombrar
Frente al cuello de botella del gas, hay una alternativa que permitiría reducir el consumo de forma casi inmediata: volver a quemar carbón. Es la propuesta más repetida en los análisis que priorizan la seguridad de suministro sobre el calendario climático. El problema es que choca de frente con los objetivos de descarbonización que la propia UE se ha fijado.
El pulso entre seguridad energética y política climática es el eje real de todo esto. Y no se resuelve con un comunicado.
Lo que queda claro es la asimetría: Rusia puede colocar su gas en otros mercados o, si no, quemarlo; Europa no tiene fuentes de energía alternativas a la misma escala. Al Husseini lo dijo sin paños calientes: «Rusia puede recuperarse mucho antes que Europa».