Ceuta y Melilla: pecado original de la monarquía de partidos

Ceuta y Melilla: pecado original de la monarquía de partidos
RESUMEN DEL MENSAJE INICIAL · elaborado con IA

El problema de Ceuta y Melilla no es una crisis migratoria, sino una crisis del sistema político español. La debilidad institucional española, heredada de la Transición, permite a Marruecos intensificar sus reivindicaciones territoriales.

Leer el resumen completo →

Ceuta y Melilla: el coste de un régimen

El problema de Ceuta y Melilla no es una crisis migratoria, sino una crisis del sistema político español. La debilidad institucional española, heredada de la Transición, permite a Marruecos intensificar sus reivindicaciones territoriales.

La fragilidad del Estado

La forma en que se habla de Ceuta y Melilla, a menudo como una "presión migratoria" o "incidentes fronterizos", oculta una realidad más profunda. No se trata de un problema de fronteras o de flujos de personas, sino de la propia salud del Estado español. Los fenómenos políticos, como los que se viven en estas ciudades autónomas, no surgen de la nada. Son, más bien, el reflejo de estructuras de poder que, en tiempos de normalidad, pasan desapercibidas. Solo cuando la situación se vuelve crítica, se hace evidente lo que la propaganda oficial intenta disimular.

La estrategia marroquí y la debilidad española

Un Estado que se precie no improvisa su política exterior. La continuidad es su esencia, pues los intereses de una nación no cambian al compás de las elecciones. Cuando la política exterior deja de servir a la nación y se convierte en una herramienta para mantener el poder, deja de ser política para ser una mera administración de la debilidad. Marruecos, por su parte, no actúa por capricho. Sigue una estrategia clara: aumentar sus demandas territoriales cada vez que España muestra signos de inestabilidad interna. No es casualidad que las mayores presiones sobre Ceuta, Melilla o el Sáhara Occidental hayan coincidido con momentos de especial fragilidad del poder español. La conocida Marcha Verde en 1975, por ejemplo, fue posible porque España había dejado de actuar como un Estado coherente. La situación actual sigue la misma lógica: un gobierno con poca solidez y una imagen internacional de falta de voluntad política para mantener una estrategia firme.

El legado de la Transición

Atribuir esta situación solo al gobierno de turno sería un error. Los gobiernos van y vienen, pero el sistema, el régimen, permanece. La raíz del problema se encuentra en la propia naturaleza del sistema político que surgió de la Transición. Cuando el poder no emana de una voluntad constituyente libre, sino de acuerdos entre partidos, la posibilidad de una política nacional se desvanece. Los partidos políticos terminan por ocupar el Estado, administrando instituciones cuya legitimidad no proviene del ejercicio de la libertad política colectiva, sino de sus propios pactos internos.

La subordinación de los intereses nacionales

La política seguida durante décadas hacia Marruecos debe entenderse desde esta perspectiva. Se presenta como una política de "buena vecindad", pero en realidad ha sido una constante subordinación de los intereses españoles a la necesidad de mantener la estabilidad del sistema de partidos. El abandono del Sáhara Occidental en 1975 no fue solo por presiones internacionales; también sirvió para consolidar una restauración monárquica aceptable para las potencias de la época. Aquella decisión envió un mensaje a Marruecos: la perseverancia estratégica se encontraba con un poder español incapaz de defender sus intereses nacionales de forma exclusiva.

La ausencia de una política exterior española

La consecuencia inevitable ha sido la desaparición de una política exterior verdaderamente española. En su lugar, solo hay una sucesión de respuestas tácticas, dictadas por la conveniencia inmediata de quienes ostentan el poder. Se negocia por necesidad, se cede para ganar tiempo, y se confunde la prudencia con la indecisión, la diplomacia con la falta de estrategia. Un gobierno puede cometer errores, pero lo que no puede permitirse es carecer de un criterio permanente y nacional.

La verdadera prueba

Por eso, la cuestión de Ceuta y Melilla va mucho más allá de un simple control fronterizo. Lo que se pone a prueba allí es la propia existencia de las instituciones del Estado como la representación jurídica de la nación. Las fronteras no son solo líneas en el mapa. Cuando un Estado transmite que su voluntad depende de las circunstancias internas de su sistema de gobierno, deja de ser visto como una potencia estable y empieza a ser considerado un poder negociable. La verdadera pregunta no es cómo responder a la presión marroquí, sino por qué España sigue proyectando la imagen de un país cuya política exterior prioriza la conservación de su régimen sobre la defensa de la nación. Mientras esta contradicción persista, cada crisis será vista como un accidente, cuando en realidad es la manifestación necesaria de una causa más profunda: la ausencia de una democracia real capaz de separar al Estado de los intereses de quienes lo controlan.

* Marruecos reclama la soberanía sobre Ceuta y Melilla.

* La Marcha Verde en 1975 marcó un punto de inflexión en la relación con Marruecos.

* El Sáhara Occidental fue abandonado por España en 1975.

* La Transición española se caracteriza por un sistema de partidos.

Datos clave
  • Marruecos reclama la soberanía sobre Ceuta y Melilla.
  • La Marcha Verde en 1975 marcó un punto de inflexión en la relación con Marruecos.
  • El Sáhara Occidental fue abandonado por España en 1975.
  • La Transición española se caracteriza por un sistema de partidos.
Fuente: mcrc.es
Resumen generado con inteligencia artificial a partir del primer mensaje del tema.

stiff upper lip

Buscador de la verdad
Desde
7 Abr 2008
Mensajes
26.978
Fruta
51.515
Lugar
Mundo del mañana-mañana
Pego aquí este artículo de Pedro Manuel González del MCRC, para dar una visión Trevijanista del problema de Ceuta y Melilla.

Ceuta y Melilla: pecado original de la monarquía de partidos

Por Pedro Manuel González
1 de agosto de 2026
Publicado en diario RC

El error más extendido al considerar la situación de Ceuta y Melilla consiste en aceptar el lenguaje con el que el propio poder describe los hechos. Allí donde el Gobierno habla de presión migratoria, de incidentes fronterizos o de dificultades diplomáticas, la realidad política muestra otra naturaleza completamente distinta. No existe una crisis de inmi gración. Existe una crisis del régimen. Y toda interpretación que no parta de esta premisa está condenada a confundir los efectos con las causas.

Los fenómenos políticos no nacen de acontecimientos aislados. Son la manifestación visible de estructuras de poder que permanecen ocultas mientras la normalidad impide percibirlas. Sólo cuando aparece una situación límite se hace evidente aquello que durante años permanecía encubierto por la propaganda institucional. Ceuta y Melilla constituyen precisamente uno de esos momentos privilegiados en los que la realidad desmiente el relato oficial.

Ningún Estado digno de tal nombre improvisa su política exterior. La continuidad constituye su primera condición por el propio carácter de permanencia de dicha estructura política (lo stato, lo que perdura). Esto es así porque los intereses permanentes de una nación no cambian al ritmo de las mayorías parlamentarias ni de las necesidades electorales de los gobiernos. Cuando la política exterior deja de responder a intereses nacionales para convertirse en instrumento de conservación del régimen, deja de ser política para transformarse en administración de la debilidad.

Jovenlandia no actúa impulsado por emociones ni por reacciones coyunturales. Actúa conforme a una estrategia perfectamente identificable, cuya constante histórica consiste en intensificar sus reivindicaciones territoriales cada vez que España atraviesa un período de incertidumbre institucional. No es casualidad que las mayores presiones sobre Ceuta, Melilla o el Sáhara Occidental hayan coincidido con momentos de especial fragilidad del poder español. La llamada Marcha Verde fue posible porque España había dejado de actuar como Estado. La coyuntura actual responde a la misma lógica política: un Gobierno debilitado, una posición internacional nada sólida y una percepción exterior de que España carece de una voluntad política capaz de sostener una estrategia continuada.

Pero sería un error atribuir esta situación exclusivamente al Gobierno de turno. Los gobiernos pasan; el régimen permanece. La causa profunda reside en la propia naturaleza del régimen político nacido de la Transición. Allí donde el poder no procede de la libertad constituyente, sino del reparto oligárquico entre organizaciones partidistas, desaparece la posibilidad misma de una política nacional. Los partidos ocupan el Estado, administran instituciones cuya legitimidad deriva de acuerdos internos del régimen y no del ejercicio de la libertad política colectiva.

Así debe entenderse la política seguida durante décadas respecto de Jovenlandia. Se la presenta como una política de buena vecindad cuando, en realidad, ha consistido en la permanente subordinación de los intereses nacionales a las necesidades de estabilidad de la monarquía de partidos. El precedente del Sáhara Occidental continúa proyectando sus efectos. El abandono del territorio no respondió únicamente a circunstancias internacionales; respondió también al interés prioritario de consolidar una restauración monárquica aceptable para las potencias decisivas del momento. Aquella decisión enseñó a Jovenlandia que la perseverancia estratégica encontraba enfrente un poder incapaz de mantener una posición fundada exclusivamente en el interés nacional.

La consecuencia inevitable ha sido la desaparición de una política exterior propiamente española. En su lugar sólo existe una sucesión de respuestas tácticas, determinadas por la conveniencia inmediata de quienes ocupan el poder. Se negocia por necesidad; se cede para ganar tiempo; se confunde la prudencia con la falta de decisión, y la diplomacia con la ausencia de estrategia. Un Gobierno puede cometer errores; lo que no puede permitirse es carecer de criterio permanente.

Por ello, la cuestión de Ceuta y Melilla trasciende por completo el ámbito fronterizo. Lo que allí se pone a prueba no es únicamente la capacidad de controlar un perímetro territorial, sino la existencia misma de las instituciones del Estado como personalidad jurídica de la nación. Las fronteras no son simples líneas geográficas. Cuando un Estado transmite que su voluntad depende de las circunstancias internas de su régimen, deja de ser percibido como una potencia estable y comienza a ser tratado como un poder negociable.

La verdadera cuestión, por tanto, no consiste en determinar cuál debe ser la respuesta inmediata a la presión ingenieros, sino en preguntarse por qué España continúa ofreciendo, una y otra vez, la imagen de un país cuya política exterior depende de la conservación de un régimen antes que de la defensa de la nación. Mientras esa contradicción permanezca intacta, cada crisis será presentada como un accidente cuando, en realidad, constituye la manifestación necesaria de una causa mucho más profunda: la inexistencia de una democracia formal capaz de separar el Estado de los intereses oligárquicos que lo ocupan.
 
Están todas saliendo en cuatro ahora quejándose de que no pueden llevar a sus descendientes al cole mañana… para la próxima que voten con más fuerza pp-psoe.
 
 
Lo de Ceuta, Melilla y Gibraltar es consecuencia del desastre del '78 y de la descomposición de España como nación.

Todo el mundo como un "referente" de todas las august pogre al final es un paria que no sabe ni defender sus fronteras.

El vecino del sur ha olido sangre y ataca igual que los ingleses con Gibraltar.

Los trevijanistas pueden también pasar a recibir su merecido como inevitable final del régimen del '78.
 
 
Lo de Ceuta, Melilla y Gibraltar es consecuencia del desastre del '78 y de la descomposición de España como nación.

Todo el mundo como un "referente" de todas las august pogre al final es un paria que no sabe ni defender sus fronteras.

El vecino del sur ha olido sangre y ataca igual que los ingleses con Gibraltar.

Los trevijanistas pueden también pasar a recibir su merecido como inevitable final del régimen del '78.
Pues es más o menos lo que dice el artículo pero dando más detalles de los que da usted.

Lástima que no lo haya leído.
 
 
Pego aquí este artículo de Pedro Manuel González del MCRC, para dar una visión Trevijanista del problema de Ceuta y Melilla.

Ceuta y Melilla: pecado original de la monarquía de partidos

Por Pedro Manuel González
1 de agosto de 2026
Publicado en diario RC

El error más extendido al considerar la situación de Ceuta y Melilla consiste en aceptar el lenguaje con el que el propio poder describe los hechos. Allí donde el Gobierno habla de presión migratoria, de incidentes fronterizos o de dificultades diplomáticas, la realidad política muestra otra naturaleza completamente distinta. No existe una crisis de inmi gración. Existe una crisis del régimen. Y toda interpretación que no parta de esta premisa está condenada a confundir los efectos con las causas.

Los fenómenos políticos no nacen de acontecimientos aislados. Son la manifestación visible de estructuras de poder que permanecen ocultas mientras la normalidad impide percibirlas. Sólo cuando aparece una situación límite se hace evidente aquello que durante años permanecía encubierto por la propaganda institucional. Ceuta y Melilla constituyen precisamente uno de esos momentos privilegiados en los que la realidad desmiente el relato oficial.

Ningún Estado digno de tal nombre improvisa su política exterior. La continuidad constituye su primera condición por el propio carácter de permanencia de dicha estructura política (lo stato, lo que perdura). Esto es así porque los intereses permanentes de una nación no cambian al ritmo de las mayorías parlamentarias ni de las necesidades electorales de los gobiernos. Cuando la política exterior deja de responder a intereses nacionales para convertirse en instrumento de conservación del régimen, deja de ser política para transformarse en administración de la debilidad.

Jovenlandia no actúa impulsado por emociones ni por reacciones coyunturales. Actúa conforme a una estrategia perfectamente identificable, cuya constante histórica consiste en intensificar sus reivindicaciones territoriales cada vez que España atraviesa un período de incertidumbre institucional. No es casualidad que las mayores presiones sobre Ceuta, Melilla o el Sáhara Occidental hayan coincidido con momentos de especial fragilidad del poder español. La llamada Marcha Verde fue posible porque España había dejado de actuar como Estado. La coyuntura actual responde a la misma lógica política: un Gobierno debilitado, una posición internacional nada sólida y una percepción exterior de que España carece de una voluntad política capaz de sostener una estrategia continuada.

Pero sería un error atribuir esta situación exclusivamente al Gobierno de turno. Los gobiernos pasan; el régimen permanece. La causa profunda reside en la propia naturaleza del régimen político nacido de la Transición. Allí donde el poder no procede de la libertad constituyente, sino del reparto oligárquico entre organizaciones partidistas, desaparece la posibilidad misma de una política nacional. Los partidos ocupan el Estado, administran instituciones cuya legitimidad deriva de acuerdos internos del régimen y no del ejercicio de la libertad política colectiva.

Así debe entenderse la política seguida durante décadas respecto de Jovenlandia. Se la presenta como una política de buena vecindad cuando, en realidad, ha consistido en la permanente subordinación de los intereses nacionales a las necesidades de estabilidad de la monarquía de partidos. El precedente del Sáhara Occidental continúa proyectando sus efectos. El abandono del territorio no respondió únicamente a circunstancias internacionales; respondió también al interés prioritario de consolidar una restauración monárquica aceptable para las potencias decisivas del momento. Aquella decisión enseñó a Jovenlandia que la perseverancia estratégica encontraba enfrente un poder incapaz de mantener una posición fundada exclusivamente en el interés nacional.

La consecuencia inevitable ha sido la desaparición de una política exterior propiamente española. En su lugar sólo existe una sucesión de respuestas tácticas, determinadas por la conveniencia inmediata de quienes ocupan el poder. Se negocia por necesidad; se cede para ganar tiempo; se confunde la prudencia con la falta de decisión, y la diplomacia con la ausencia de estrategia. Un Gobierno puede cometer errores; lo que no puede permitirse es carecer de criterio permanente.

Por ello, la cuestión de Ceuta y Melilla trasciende por completo el ámbito fronterizo. Lo que allí se pone a prueba no es únicamente la capacidad de controlar un perímetro territorial, sino la existencia misma de las instituciones del Estado como personalidad jurídica de la nación. Las fronteras no son simples líneas geográficas. Cuando un Estado transmite que su voluntad depende de las circunstancias internas de su régimen, deja de ser percibido como una potencia estable y comienza a ser tratado como un poder negociable.

La verdadera cuestión, por tanto, no consiste en determinar cuál debe ser la respuesta inmediata a la presión ingenieros, sino en preguntarse por qué España continúa ofreciendo, una y otra vez, la imagen de un país cuya política exterior depende de la conservación de un régimen antes que de la defensa de la nación. Mientras esa contradicción permanezca intacta, cada crisis será presentada como un accidente cuando, en realidad, constituye la manifestación necesaria de una causa mucho más profunda: la inexistencia de una democracia formal capaz de separar el Estado de los intereses oligárquicos que lo ocupan.

Si nos ponemos en ANALISIS PROFUNDO el R78 en sí mísmo es TODO, pero TODO, desde el minuto 1 UNA TRAICIÓN al PUEBLO ESPAÑOL.
 
 

Estadísticas del foro

Temas
2.059.838
Mensajes
58.456.804
Miembros
191.087
Último miembro
IsaP

El blog de burbuja.info

-
-
Volver