Viajes astrales a examen: 21 personas, ningún resultado mejor que el azar
Dos de los veintiún participantes describieron, sin que nadie se lo pidiera, dónde estaban los investigadores y qué hacían en ese momento. Antes, el experimento había fallado en lo que medía: identificar objetos colocados en otra habitación. Los resultados no fueron mejores que los que cabría esperar de una suposición al azar. La prueba se realizó en Brasil con científicos vinculados a la Universidad de Virginia y una muestra de 21 personas que varios participantes consideran demasiado pequeña para extraer conclusiones firmes.
¿Qué encontró el experimento sobre experiencias extracorporales?
El diseño era sencillo. Personas que aseguran haber tenido experiencias extracorporales debían localizar objetos situados en una estancia distinta a la suya. Nadie lo consiguió por encima del azar. Lo interesante vino después, cuando los sujetos ya no estaban siendo evaluados.
Hay quien defiende que el fallo está en el protocolo, no en el fenómeno. Se argumenta que los blancos eran demasiado genéricos —alguien leyendo un libro, alguien delante de un portátil— y que cualquier descripción razonable acaba encajando con esa escena. Se critica además el tamaño de la muestra y que las opciones estuvieran acotadas: con pocos participantes y un menú cerrado de respuestas, algún acierto cae por puro azar.
La réplica es más prosaica. Ojear un libro o tomar notas son actividades ordinarias en una sala de investigación, y describirlas no exige haber salido del cuerpo. Dos de veintiuno acertaron, un porcentaje que, según esta lectura, es aproximadamente el que predice el azar. Lo incómodo no es el número. Es cuándo.
¿Por qué se relaciona esto con la CIA y el Proyecto Stargate?
Porque en el debate se recuerda que la etiqueta «visión remota» no la inventó un mago de feria: según uno de los participantes, en los años 70 hubo programas de inteligencia que exploraron la percepción a distancia y cuyos informes se han ido desclasificando. Ese precedente se usa como señal de que el asunto se tomó en serio en algún momento.
Varios participantes sostienen lo contrario: el interés institucional no valida nada y no existe una demostración reproducible de telequinesia, telepatía ni viajes astrales. Desde ahí se recuerda que la muerte cerebral no equivale a muerte definitiva, y que los relatos de quirófano —descritos por algunos participantes como precisos sobre la sala a la que se entró sedado— admiten todavía explicaciones fisiológicas sin cerrar.
Un participante plantea además una curiosidad recurrente: si un cuerpo inmaterial tuviera visión, olfato y tacto, la evolución no habría construido ojos, nariz ni piel. Para él es el cierre lógico del asunto.
Al final queda el dato que descoloca a propios y ajenos. Dos participantes señalaron luego a los investigadores, sin que nadie se lo hubiera pedido, después de un experimento que no logró resultados mejores que el azar.