Viajes astrales a prueba: 21 personas, resultados de azar y una rareza
Un voluntario tumbado en una habitación de Brasil, los ojos cerrados, la instrucción de abandonar su propio cuerpo y desplazarse a la sala contigua para identificar unos objetos. El diseño es de manual: 21 participantes, coordinación de científicos vinculados a la Universidad de Virginia y una medida objetiva para comprobar si los viajes astrales permiten ver algo real. El resultado, tal como se describe, no fue mejor que el que daría el puro azar.
Hasta ahí, la cosa habría quedado en un fracaso más de laboratorio. Lo llamativo llegó después.
Qué se midió y qué salió: 21 participantes frente al azar
El experimento buscaba algo sencillo de formular y complicado de falsear: si alguien sostiene que su conciencia puede salir del cuerpo y moverse libremente por el edificio, debería poder mirar la habitación de al lado y decir qué hay en ella. Se colocaron objetos fuera del alcance visual de los sujetos. Los resultados de quienes dijeron haber tenido experiencias extracorporales no fueron mejores que lo que se esperaría de alguien que simplemente adivina.
Ese es el titular incómodo para la parapsicología: cuando el fenómeno se somete a una prueba con respuesta verificable, la supuesta visión a distancia se comporta igual que una moneda al aire. Y no es un caso aislado. La crítica recurrente es que estos experimentos llevan décadas sin cerrar una sola conclusión, que aciertan con descripciones vagas de cosas mundanas —un investigador leyendo un libro, otro con un portátil— y fallan siempre que se les pide un dato concreto: un número aleatorio, una cifra, algo que no admita interpretación posterior.
Los dos relatos que no encajaban en el protocolo
Según el relato del estudio, dos de los participantes describieron por su cuenta, sin que nadie se lo pidiera, dónde estaban los investigadores y qué estaban haciendo. Ese es el detalle que se ha convertido en el gancho de la historia. También es el punto donde se rompe la estadística: en cuanto la descripción no está prediseñada ni acotada, deja de ser verificable y pasa a ser interpretable. Y lo interpretable no prueba nada.
Ahí está el problema de fondo. «Las pruebas inesperadas son demasiado genéricas, leyendo un libro, con un portátil», resume una de las objeciones más repetidas entre los usuarios del foro: para que una descripción valga como evidencia tendría que incluir detalles imposibles de acertar por azar, no escenas cotidianas compatibles con cualquiera. Como señala otro de los escépticos, al sueño le pasa lo mismo: se puede soñar que se ve una imagen, pero nadie ha logrado leer en sueños un texto o un número y recordarlo al despertar.
Medio siglo de resultados sin replicar: Monroe, Stargate y el dinero detrás
El precedente moderno tiene nombre para algunos participantes. Robert Monroe, empresario estadounidense del sector de la comunicación, empezó a experimentar salidas involuntarias de su cuerpo y acabó fundando el Instituto Monroe y publicando un libro que, hace unos cincuenta años, se hizo muy famoso. Según sostienen los escépticos del hilo, de ahí salen buena parte de las técnicas que hoy se venden como métodos para inducir un viaje astral, exactamente las mismas que se usan para el sueño lúcido. La coincidencia no es casual: apuntaría a un fenómeno que ocurre dentro de la cabeza de quien lo vive.
Existe también el Proyecto Stargate, el programa oficial de visión remota que se cita como precedente de que algún Estado se tomó esto en serio. No hay constancia de que nada de eso haya producido una sola confirmación publicada en una revista con revisión por pares y protocolo doble ciego, que es la vara con la que se mide cualquier otro fenómeno. Circulan además versiones conspirativas sobre agencias de inteligencia y recolección de ADN en busca de individuos con capacidades especiales. No hay ningún respaldo documental de eso.
Por qué las experiencias cercanas a la muerte tampoco cierran el caso
La otra pata del argumento son las experiencias cercanas a la muerte: pacientes que, tras una parada cardiaca, describen con precisión la sala en la que fueron reanimados. Hay quien sostiene que esos relatos están documentados y que el fenómeno no tiene explicación disponible. Frente a eso pesa el mismo problema metodológico: la mayoría de esos episodios se recogen a posteriori, sin control de lo que el paciente pudo oír, ver o reconstruir antes y después. Como recuerda un usuario, la exigencia de certificar la muerte con un electroencefalograma plano responde, precisamente, a no confundir un coma profundo con un fallecimiento.
El experimento se hizo con 21 personas. Monroe empezó a mediados del siglo pasado. Entre una cosa y otra han pasado más de cincuenta años y el asunto sigue exactamente donde estaba: sin una sola publicación con revisión por pares que sostenga el fenómeno, según los críticos. El dato que descoloca no es el viaje. Es la paciencia.