Cinesa pierde 26,3 millones pese a facturar más de 100
Perder 26,3 millones de euros con una facturación por encima de los cien millones no es un bache: es una hemorragia con la vía abierta. Cinesa, la mayor cadena de salas de España y filial del europeo Odeon Cinemas Group, cerró 2022 con unos ingresos un
56% superiores a los del año anterior y, aun así, con
26,3 millones de pérdidas, según las cuentas que recoge
Expansión. Tres ejercicios antes, en 2019, la misma empresa giró 169 millones. La distancia entre ambos años explica mejor que cualquier discurso dónde está el problema.
El agujero no se cierra con más ventas
La cifra de negocio creció una vez levantadas las restricciones pandémicas, pero se quedó muy lejos de la referencia previa al Covid. El resultado fue otro año en rojo:
26,3 millones perdidos, prácticamente calcados a los 26,7 del ejercicio anterior. La empresa atribuye el varapalo al aumento de las partidas de gasto, con la
electricidad y los alquileres señalados como los principales culpables.
Desde el comienzo de la pandemia, la suma de números rojos supera holgadamente los
100 millones. Para sanear la economía, la sociedad ejecutó una reducción de capital del 65% y sus socios inyectaron 20 millones adicionales. Traducido: no es solo que se pierda dinero, es que se ha tenido que rehacer la estructura para seguir en pie.
¿Por qué facturar más no evita las pérdidas?
Porque el grueso de los ingresos depende de una actividad con costes fijos altos y márgenes que no aguantan el tirón. Más de dos terceras partes de la facturación llegaron por taquilla; el
30% salió de consumiciones —palomitas y bebidas— y el resto, de la publicidad. Con esa mezcla, cada subida de la luz o del alquiler se come directamente el margen. La paradoja es incómoda: cuanto más se llena la sala, más se gasta en climatización, personal y suministros.
Hay otra lectura que circula y que el sector no suele airear: se recuerda que estas mismas empresas protestaron por el IVA cultural y que, cuando se rebajó, mantuvieron el precio de las entradas. Si eso fue así, la rebaja fiscal nunca llegó al espectador.
La tarifa plana de 16 euros y el rival que no duerme
El movimiento más reciente para frenar la sangría fue lanzar
tarifas planas mensuales de 16 euros para ver películas, un intento de replicar la lógica de las plataformas. La medida se lee, con razón, como un último cartucho. El competidor no es solo Netflix: es HBO, es Prime Video y es cualquier televisor de salón conectado a una cuenta compartida.
El argumento se repite con insistencia: la gente tiene en casa dispositivos excelentes, elige idioma y subtítulos, decide con quién ve la película y paga una cuota fija. Es exactamente lo que le ocurrió a los videoclubs. Modelos de negocio que se quedan obsoletos no se rescatan con descuentos.
Cinesa se desprende de salas en Cataluña
La compañía, con sede en Barcelona, gestiona una red de
35 cines en España, más de 400 salas y una plantilla de más de 800 personas. Pero esa red se está encogiendo por la vía de los traspasos. La empresa se ha deshecho de las propiedades de los centros comerciales
La Maquinista, en Barcelona, y
Mataró Parc, y en Cataluña ya solo mantiene seis cines.
¿Es el precio o es la cartelera?
Las dos cosas, según quién mire el vaso. Una entrada ronda los diez euros y las palomitas, otros tantos: cincuenta euros para una familia antes de que empiece la proyección. Contra eso, la aritmética del salón gana sola —según un cálculo que circula en el foro, un televisor de 55 pulgadas por 600 euros se amortiza en una docena de fines de semana—.
La otra mitad del reproche apunta al producto. Se sostiene que la cartelera se ha llenado de franquicias de superhéroes ya agotadas, de refritos de los ochenta y de un contenido ideológico —lo que en estas discusiones se llama
woke— que habría alejado al espectador adulto. Frente a esa tesis, hay quien defiende que el cine funciona cuando ofrece algo concreto: una buena película en versión original, pantalla grande y sonido que no se puede replicar en casa.
La experiencia en sala como problema añadido
Móviles encendidos, comentarios en voz alta, gente entrando y saliendo con palomitas. Para una parte del público, pagar por eso es pagar por una molestia, y muchas respuestas describen un abandono que empezó antes de la pandemia y no se ha revertido: quien iba todas las semanas sencillamente dejó de ir.
Hay también quien apunta a los
30 minutos de anuncios previos a la proyección, al deterioro de la experiencia y, de fondo, a un cambio de hábitos que no parece reversible. Que el negocio necesite llenar más de 400 salas para no ganar dinero dice bastante del margen que queda.
La previsión razonable es que las salas sobrevivan como experiencia premium —versión original, sonido cuidado, butaca cómoda— y que el cine de barato a diez euros la entrada vaya desapareciendo por su propio peso. Con reservas: nunca conviene dar por muerto un negocio que llevamos un siglo reinventando, aunque esta vez el salón de casa juega con ventaja.