Colas para comprar muebles usados de un hotel de lujo
El ME Madrid Reina Victoria, en la plaza de Santa Ana, cierra y liquida 10.000 piezas de su mobiliario. La estampa no es la de un mercadillo de barrio:
2.100 entradas gratuitas se agotaron en 20 minutos y 70.000 personas mostraron interés en la venta. Entre los productos a la venta hay colchones, almohadas y somieres con años de uso. El precio más alto del catálogo es un sofá de cuero envejecido por
875 euros; el más bajo, platos a dos euros. La escena ha reabierto un debate incómodo sobre qué significa hoy pertenecer a la clase media en España.
Qué se vende y a qué precio en el mercadillo del hotel
El catálogo es un inventario de hotel: tumbonas de terraza de la marca Kettal por
70 euros, mesas de madera por 25 y 50, camas con somier y colchón por 135 y 150, lámparas por 7,5, cafeteras Nespresso por 30, televisiones por 70 y dispensadores de jabón por 5. La organización, la start-up Eco-One, contratada por Meliá, reparte la mercancía en tres jornadas. El viernes se agotó prácticamente todo lo expuesto.
La cofundadora de Eco-One, Zdenka Lara, defendía el evento como una operación medioambiental:
«un hotel se reforma cada seis o siete años y esto tiene una repercusión medioambiental muy importante». En la práctica, el público entraba en tandas de 50 personas con 45 minutos para comprar en el hall, y las piezas más atractivas —una lounge chair tipo Eames, por ejemplo— ya estaban agotadas antes de que abrieran las puertas.
Por qué se compran colchones y almohadas de segunda mano
El precio explica la mitad del fenómeno. La otra mitad es más incómoda. Hay quien sostiene que comprar un colchón usado es una temeridad higiénica; en contra pesa el argumento de que un colchón nuevo en Ikea cuesta ya 70 euros y que la clase media lleva años estirando cada euro. Un comprador resumía el cálculo:
«me he ahorrado 30 euros». Otro apuntaba que el mobiliario de hotel es de calidad y que el uso intensivo no lo invalida.
La estampa de bolsas llenas de platos, edredones y almohadones, arrastrando sillas de escritorio hacia la salida, no encaja con la imagen de una clase media acomodada. María Delgado, una de las compradoras, se había gastado 350 euros entre camas, fuentes y lámparas para amueblar su casa de vacaciones. También hay quien compró diez cafeteras o quince lámparas, y en la cola se oía la sospecha de que acabarían en plataformas de reventa.
El debate sobre la clase media que compra muebles usados
La discusión de fondo no es el mercadillo, sino qué revela. Una corriente sostiene que esto no es más que consumismo de oportunidad: los españoles siempre han comprado en rebajas y en rastrillos, y hacerlo ahora no convierte a nadie en pobre. Otra lectura, más amarga, apunta a que la clase media acomodada española hace años que no existe: quienes se autodenominan así están, en palabras de un participante,
«más secos que la mojama», y el postureo tapa la pérdida real de poder adquisitivo.
Entre ambas posiciones hay un dato que descoloca: el interés por piezas de diseño de segunda mano. Una butaca tipo Barcelona que en Francia se vende por 4.000 euros aparecía aquí por 90. La conclusión de algunos es que el comprador español ya no aspira al original, sino a la réplica barata. Eso no es clase media alta: es clase media con aspiraciones y presupuesto ajustado.
Qué dice Eco-One sobre repetir el evento
La start-up planea repetir la experiencia.
Otros hoteleros ya han pedido eventos similares, según su cofundadora, y la plataforma de liquidación de enseres —hasta ahora solo dirigida a hoteles— ha encontrado en el público general un filón inesperado. El sábado y el domingo se vendieron más muebles, con nuevos lotes asignados a cada jornada.
El fenómeno tiene una lectura económica evidente: hay demanda masiva de mobiliario de segunda mano a precio de saldo, y hay oferta creciente de hoteles que reforman cada pocos años. El mercado existe. Lo que no está tan claro es si la cola de la plaza de Santa Ana retrata a una clase media que ahorra o a una clase media que ya no puede permitirse otra cosa. Con estos precios, la segunda vida de un colchón de hotel parece un chollo. La pregunta que queda en el aire es para quién.