El 'mundo langosta': sin IRPF, sin IVA y empleo de por vida
Una España con media población sin salir de la
educación primaria construyó los cinturones industriales de todas sus capitales. Ese es el nudo de la discusión: cómo un país con bolsas enormes de analfabetismo entrado los años 70 levantó fábricas, centrales y aeronaves mientras el Estado apenas recaudaba. La
generación langosta —el apelativo coloquial de los nacidos más o menos entre los años 40 y 70— arrastra una biografía económica muy concreta: trabajo al presentarse en la puerta de la fábrica, vivienda barata y una jubilación que hoy se sostiene con cotizaciones ajenas. La pregunta no es nostálgica. Es si aquel modelo era más eficiente o simplemente más benévolo para quien lo vivió de lleno.
Qué era el 'mundo langosta' y por qué se llama así
La sociedad de los años 40 a 70 era, en palabras de quienes la describen, muy estratificada. Una masa enorme de población salía al mercado laboral con unas nociones mínimas —sumar fracciones era, se asegura, un reto intelectual— y encontraba empleo simplemente presentándose en la puerta de la fábrica. Buena parte de las mujeres ni se planteaba trabajar, encajada en la figura del ama de casa. El bachillerato funcionaba como pasaporte a un puesto de «encargado» y colocaba a quien lo tenía por encima de la mayoría.
El término «langosta» nace justamente de ahí: la idea de una generación que arrasó con todo lo que encontró a su paso, del empleo a la vivienda. El apodo es despectivo y el propio relato lo discute, pero ha calado como etiqueta de un periodo en el que la educación formal importaba mucho menos que ahora para ganarse la vida.
Sin IRPF ni IVA: la fiscalidad mínima de la España industrial
Uno de los contrastes que más se repiten es fiscal. En la época más industrial del país no existía el
IRPF al principio, y el
IVA no llegó hasta mediados de los 80. El Estado era minúsculo comparado con el actual. Y aun así el empleo industrial era enorme. Ese cóctel —poca carga fiscal, mucha fábrica, formación escasa— es el que sostiene la tesis de que la economía de entonces generaba puestos sin necesidad de títulos.
La objeción llega por otro lado: aquella industria era, en buena medida, subvencionada y protegida de la competencia, lo que algunos describen como otra forma de extracción. Las cuentas públicas no eran tan brillantes como sugiere la ausencia de impuestos.
Del botones al director de oficina: el empleo vitalicio
La movilidad interna es otro de los grandes argumentos. Se cuenta el caso de quien entraba de botones en un banco y se jubilaba cuarenta años después en la misma sucursal, ya como director de oficina o jefe de área. Sin reciclarse, sin entrevistas, sin paro. Otro tanto se dice de compañías públicas, donde se sostiene que se vivía mejor en los 70 que ahora.
El bachillerato de la época —seis cursos más el Preu— funcionaba como llave de entrada a la clase media administrativa. Tenerlo ya te colocaba, se dice, por encima de la mayoría de la población. No hacía falta una carrera para asegurarse la vida.
¿Cuánto costaba un piso y cuánto se cobraba?
La vivienda es el terreno donde el contraste se vuelve más brutal. Circulan rentas de alquiler de 40 mensuales que llegaron hasta el año 2000 sin apenas actualizarse. Hay relatos familiares de pisos en el centro de Madrid pagados en cinco años, complementados con coches nuevos y una decena de garajes para alquilar. Y un sueldo de más de
80.000 euros antes de jubilarse sin haber pisado la universidad.
En el otro extremo, hoy se describe una entrevista con una oferta de
1.100 euros y un techo de
1.500 para el programador más veterano de la empresa. El cotejo entre ambas cifras es la espoleta de casi todas las discusiones sobre pensiones: con jubilaciones en torno a los
2.000 euros y alquileres que superan el millar, la aritmética intergeneracional no sale.
El reverso: 14 horas, hambre y cotizaciones perdidas
Conviene resistir la tentación de idealizar. Quienes recuerdan aquella España hablan también de peones metiendo catorce horas al día y cobrándolas como extras en empresas grandes, de vacaciones que por ley duraban un mes y de gente de la misma generación que trabajó cuarenta años en un colegio para descubrir al jubilarse huecos brutales en su cotización.
No todo fue holgado. Hay quien recuerda a una generación que comía garbanzos a diario, llegó a la ciudad con la maleta de cartón y terminó en una chabola antes de recibir un piso. Y una parte del propio relato destila amargura: la de los que creen que muchos de aquellos se forraron engañando a otros más lentos de su quinta. Son afirmaciones que se lanzan en caliente y que nadie ha cuantificado.
¿Se ha vuelto más tonta la sociedad o solo más titulada?
El punto más polémico llega al comparar niveles educativos. Hoy hay alrededor de
1,5 millones de personas en la universidad, una cifra impensable en la España que tenía un
10% o menos de población con estudios superiores. Para unos, eso es progreso puro. Para otros, el resultado es una universidad poco exigente y un ejército de titulados sin capacidad para aprovechar su formación.
La defensa del sistema antiguo no se queda atrás: se sostiene que el bachillerato de entonces era mucho más duro que el actual, que con doce años había que estudiar de verdad y que la producción de la época —barcos, aviones, centrales— la firmaban técnicos formados con una exigencia hoy desaparecida. La crítica al plan educativo de Villar Palasí y a la LOGSE forma parte del mismo paquete.
Con este material, lo razonable es esperar que la brecha generacional siga ensanchándose en el debate público: cada cohorte que se jubila ve reforzada su posición, y cada cohorte que entra en el mercado laboral encuentra precios que sus abuelos no reconocerían. Pero conviene no dar por cerrado el diagnóstico. La misma generación que pagó pisos a tocateja también se rompió la espalda y, en no pocos casos, llegó a la vejez con la vida laboral llena de agujeros.