El debate que Feijóo no quiso dar
Hay una silla vacía que vale más que mil discursos. En la campaña del 23J, el candidato del PP decidió no subir a la tribuna del debate a cuatro, y esa ausencia se convirtió en el símbolo de una campaña que muchos daban por ganada. La decisión, atribuida oficialmente a una lumbalgia, fue leída por propios y extraños como un cálculo: mejor no arriesgar cuando las encuestas sonríen. El problema es que las encuestas no votan.
El resultado dejó un mapa sin mayorías claras. PP y Vox, que parecían llamados a sumar los 176 escaños preceptivos, se quedaron cortos. El PSOE resistió, la campaña del miedo a la ultraderecha funcionó como un reloj suizo, y Pedro Sánchez —a quien muchos enterraban una semana antes— volvió a ser investido con el apoyo de un bloque heterogéneo. La suerte estaba echada, pero no como el PP esperaba.
¿Por qué no fue Feijóo al debate a cuatro?
La versión oficial habló de un tirón muscular al levantarse de una silla. La versión de la calle habló de pánico escénico, de no manchar una ventaja que las encuestas daban por consolidada. En un contexto donde el adversario llegaba tocado, subir al atril era un riesgo innecesario. No subir, en cambio, era una rendición silenciosa. El candidato popular dejó el espacio libre a Santiago Abascal, que aprovechó para instalarse como el azote del Gobierno y captar el voto útil de la derecha más dura.
La ausencia tuvo un coste medible en relato. Mientras el PP se replegaba, el PSOE y sus aliados martilleaban la idea de que un voto a la derecha abría la puerta a la ultraderecha en el Consejo de Ministros. Esa campaña, que hace unos años sonaba a exageración, caló con una eficacia que ni los propios socialistas esperaban. El resultado: movilización del voto útil de izquierda y desmovilización del votante moderado que no veía necesidad de cambiar.
El pacto Frankenstein y el bloque de la ultraderecha
Con los números sobre la mesa, las opciones eran dos: un gobierno de concentración PP-PSOE, que nadie en España parecía dispuesto a firmar, o un pacto de izquierdas con los independentistas y los nacionalistas. Ganó la segunda. El llamado pacto Frankenstein ya se había practicado antes, y esta vez se repitió con menos pudor. La alternativa, una mayoría de la ultramegaderecha combinada, quedó descartada por aritmética y por pudor.
Hay quien sostiene que todo esto estaba atado y bien atado desde arriba: que las elecciones son un paripé para entretener a la plebe, que los de arriba lo tienen todo apañado. Es una tesis que recorre los foros con insistencia, y que se apoya en la sensación de que ningún resultado altera realmente el rumbo. Otros, más moderados, creen que el sistema simplemente agotó sus combinaciones y que la repetición electoral era el escenario más probable.
La abstención, el arma silenciosa
La campaña del miedo a la ultraderecha no solo movilizó al votante de izquierdas. También convenció a una parte del electorado de que votar era participar en una función ajena. La consigna de no acudir masivamente a las urnas, de no comprar tickets para el espectáculo, encontró eco en sectores que se sienten ajenos al sistema. Esa abstención diferencial, más fuerte en la derecha moderada que en la izquierda organizada, fue el factor que nadie puso en las encuestas.
El propio debate interno del PP quedó tocado. La destrucción del partido, según algunas voces, es casi más relevante que la del PSOE para la supervivencia del país. Mientras la derecha siga cautiva de una dirección que no lee bien el tablero, el ciclo político seguirá girando sobre los mismos nombres. La pregunta no es quién ganó el 23J, sino quién aprendió algo de él.
Al final, la lumbalgia de Feijóo pasó a la historia como la excusa más cara de la democracia reciente. No fue el único factor, pero sí el más visible. Un candidato que no se presenta a un debate a cuatro está diciendo algo: que no necesita convencer. Y en política, el que no necesita convencer suele acabar necesitando explicar por qué perdió.