El debate a tres reabre la pugna sobre el liderazgo de Vox
Un debate a tres, con las
elecciones generales en el horizonte y el voto por correo ya en marcha, ha dejado un balance incómodo para Vox. La discusión ya no es solo si Santiago Abascal estuvo mejor o peor sobre el escenario, sino si debe seguir siendo él quien encabece el partido. Una corriente de análisis lo dice sin anestesia: el líder de Vox «no tiene oratoria, no tiene réplica, no tiene improvisación ante el ataque». De ahí sale una previsión concreta:
PP, PSOE, Sumar y Vox, por ese orden, con el partido de Abascal como cuarta fuerza y una oportunidad de oro desperdiciada. Enfrente, otra lectura igual de firme: el formato estaba desequilibrado desde el primer minuto.
¿Ganó Abascal el debate a tres?
Depende de a quién se pregunte, y las dos respuestas vienen con munición. Quienes defienden al líder de Vox se agarran a lo formal: era el que tenía
el mejor tono de voz y el más tranquilo, mientras el presidente del Gobierno aparecía abatido y la candidata de Sumar llegaba tensa, instalada en un registro emocional. Ese contraste, sostienen, es el que percibe el votante indeciso que no sigue la política todos los días.
La acusación de fondo es otra. Se reprocha a Abascal que solo brillara en dos o tres momentos —la violencia de género, el debate sobre las personas trans y el comunismo— y que dejara pasar el resto. Ni réplica, ni improvisación, ni contundencia. La explicación que se da es el miedo a que volviera a colgarle la etiqueta de debate
bronco. El resultado, en esa lectura, es un candidato sonriente y callado justo cuando había material para arrasar.
El 2 contra 1: cómo se repartió el tiempo del debate
Aquí el acuerdo es amplio. La queja no es que Abascal perdiera el debate, sino que aquello nunca fue un debate a tres. Se describe como
un dos contra uno, con el presidente y la candidata de Sumar turnándose para atacar, y en algún caso se habla directamente de un «2,5 contra uno». El argumento es de aritmética pura: para contestar todo lo que se lanzó habría hecho falta el doble de tiempo. Con un solo turno, media intervención se queda sin decir.
También circula el momento concreto que, según un participante, dejó al líder de Vox sin respuesta: el reproche de que Bildu no apoyó la reforma laboral. Ese silencio se ha convertido en el símbolo de la noche para los críticos de su actuación, y en una prueba de las limitaciones del formato para quienes lo defienden.
Espinosa de los Monteros y el enfado interno
La propuesta más incómoda que recorre el análisis tiene nombre propio. Iván Espinosa de los Monteros aparece como el orador capaz de «comerse a cualquiera con patatas», con oficio para replicar, defenderse y ridiculizar al adversario sin alterarse. La conclusión que se extrae: ceder el paso y anteponer el proyecto a las personas antes de que el desgaste sea irreversible. No es una posición aislada, y hay quien ya ha votado por correo y reconoce haber llegado a la misma idea.
La objeción llega desde el lado opuesto y es táctica:
no se puede poner a un perfil agresivo en un debate presidencial, porque no se gana ni un voto y se pierden bastantes. El candidato no habla para su parroquia, dice este argumento, sino para quien todavía se lo piensa.
¿Cuántos escaños sacará Vox tras el debate?
Los pronósticos van de un extremo al otro y ninguno está verificado. El escenario pesimista coloca a Vox en cuarta posición, por detrás de PP, PSOE y Sumar. El escenario contrario habla de tercer puesto y una horquilla de
40 a 55 escaños, quizá 47, con Sumar bastante más lejos. En medio, encuestas de medios como
El Mundo o
ABC que, según se señala, apuntan en dirección distinta a la primera previsión.
Hay un factor que complica cualquier lectura y que se menciona de pasada: el voto útil. Vox arrastraría un castigo extra por la presión mediática, con electores que en las encuestas dicen una cosa y luego hacen otra.
Buxadé, el liberalismo y el alma del partido
La discusión sobre el liderazgo destapa la pelea de fondo por el ideario. Una parte del análisis sitúa a Buxadé en una posición más falangista que la propia Falange, enfrentado al ala liberal del partido y a Espinosa. La crítica al programa económico es explícita: se sostiene que las recetas liberales alimentan la destrucción demográfica y no frenan el reemplazo, y que una persona con principios no debería participar en algo así.
En el otro lado se defienden incentivos concretos, más fiscales que discursivos: exonerar a quien reabra la casa del pueblo de sus abuelos, rebajas para trabajadores y autónomos por cada hijo nuevo con exención total a partir del tercero o el cuarto, e incluso nuevas cartas puebla para refundar zonas vaciadas. Vertebrar España, dicen, no se hace subvencionando al que no aporta.
Lo que queda sin cuadrar
Y aquí se atasca el análisis. Si el formato era dos contra uno, la actuación moderada fue una concesión táctica razonable. Si de lo que se trataba era de ganar, fue una cesión sin contrapartida. Nadie ha conseguido que ambas cosas encajen, y el pronóstico de escaños sigue partido en dos. A eso se suma una tesis de conspiración —el resultado ya estaría escrito de antemano— que quien la plantea no acompaña de ninguna prueba. La única cifra que no admite discusión es la del calendario: el resultado está por ver.