Doctrina del shock: el casus belli que aún no existe
En el debate, la conclusión sigue siendo la misma: nadie sabe qué hará falta, pero casi todos asumen que hará falta algo. El punto de partida es un atentado nuclear en Europa, o directamente una operación de falsa bandera, como el interruptor que coloque a la opinión pública del lado de la guerra. No hay una sola prueba de que algo así esté en marcha. Lo que hay es un inventario de escenarios, un precedente —el covid— y una sospecha sobre quién acaba pagando la fiesta.
Qué atentado se imagina para justificar la guerra
El catálogo va de lo verosímil a lo cinematográfico. El
pepinazo nuclear se descarta rápido por poco creíble: gana la bomba sucia, considerada más plausible. Otra variante consiste en volar la central de Zaporiyia y dejar que la nube radiactiva haga el trabajo de propaganda. También se apunta a un atentado contra tropas de la OTAN atribuido a Rusia o Bielorrusia, o simplemente a culpar a Moscú de cualquier atentado y repetirlo hasta que cuaje.
El tramo más narrativo incluye un submarino hundido a 2.000 metros con las labores de rescate retransmitidas minuto a minuto por todas las televisiones. Los puertos son otro objetivo recurrente: Marsella, Rotterdam, Hamburgo, el complejo italiano de Gioia Tauro. Hay quien sostiene que Hamburgo encaja mejor, por tamaño y por la supuesta animadversión rusa hacia Alemania como coartada. Madrid aparece como candidata por ser capital importante sin ser irremplazable.
El requisito humanitario se discute sin adornos: haría falta un número elevado de víctimas, 200 o 300 como mínimo y con niños si es posible, al estilo del mercado de Sarajevo. Ninguna de estas hipótesis está respaldada por pruebas; son escenarios construidos a partir de cómo se fabricaron otros relatos bélicos.
¿El covid fue un ensayo de shock o la vacuna contra él?
Aquí el diagnóstico se parte en dos. Una corriente sostiene que la pandemia sirvió como prueba global de mansedumbre y que la población se dejó llevar hasta la sumisión total; el encierro habría dejado el terreno abonado para el siguiente episodio. La lectura contraria es más interesante: precisamente por haber pasado por aquello, mucha gente no volvería a pasar por el aro, por mucho miedo que se inyecte.
Una tercera vía niega ambas cosas. La población vive, según este argumento, en una hipnosis colectiva en la que ya no hace falta
shockear a nadie: basta con liberar el mantra correcto, cuanto más sentimental mejor, y el personal lo repite. La lista de avisos desoídos —pandemia, crisis energética, empobrecimiento, precios— se usa como prueba de que nada de eso genera reacción. Como mucho, un rato de TikTok.
El argumento incómodo: para la guerra no hace falta motivo
Frente a tanta sofisticación, la hipótesis más cínica es la más barata. Basta con decir que Rusia está ganando y que pasado mañana estará en Lisboa; la excusa más cutre e improvisada sirve si el nivel de docilidad es el que se supone. Para que los hombres vayan a luchar tampoco hace falta convencerlos: van obligados.
El corolario práctico es la secuencia de reclutamiento que ya se anticipa: primero se dirá que no hace falta movilización extra, después que se piden voluntarios y finalmente que se aliste quien pueda. Ahí entra la presión social, la vecina del quinto señalando al insolidario y la coacción sobre quien no quiere ir. Es el mecanismo de las
plumas blancas con grupo de mensajería.
Quién paga el shock: el ahorro europeo en el punto de mira
El otro frente del análisis es contable. Se citan declaraciones atribuidas al ministro francés de finanzas sobre los billones de euros ociosos en las cuentas de los ahorradores europeos, que deberían ponerse al servicio de los objetivos de la Unión. Junto a eso, la supuesta desaparición de publicaciones que trataban el asunto se lee como preparación de terreno.
Sobre el precedente energético, la tesis repetida es que la voladura del Nord Stream fue cosa de Washington para debilitar la economía europea y la rusa, y de paso colocar gas licuado americano más caro y de peor calidad, con inflación artificial de acompañamiento. La conclusión operativa que se extrae:
beber como cosacos y hacer lo contrario de lo que dice la televisión.
Con estos mimbres, el análisis se atasca siempre en el mismo sitio. Nadie puede señalar el interruptor exacto —¿un puerto, un submarino, una nube radiactiva?— y cada vez gana peso la idea de que no habrá interruptor ninguno.