La cocina de autor: una burbuja de espumas que no pincha
Cada vez que un chef de moda emplata una flor de cactus con chococrispi, hay un comensal que añora el pulpo a la gallega. La cocina moderna acumula críticas que la comparan con juegos de parvulario: espumas de apionabo, raspa frita con soplete y diminutivos pretenciosos. Enfrente, la tradición reivindica el jamón al corte, las croquetas y los guisos. Y de fondo, una sospecha: la alta cocina actual busca el máximo beneficio con el mínimo coste, apostando al impacto visual antes que al sabor.
El capitalismo también se sienta a la mesa
La crítica más afilada sostiene que la cocina contemporánea es una expresión del capitalismo: impresionar con la vista cuesta menos que llenar el plato. Unas lentejas con costilla y morcilla cuestan más que un tartar sofisticado, así que la industria empuja hacia lo visual aunque sepa a poco. Frente a eso, el cocinero casero reivindica su terreno: saber cocinar ahorra miles de euros al año, y hasta hay quien alimenta a una familia con menos de 150 euros al mes.
Televisión y explotación en las cocinas
Va más allá quien vincula los realities de cocineros gritones con la normalización de condiciones laborales inhumanas en los restaurantes. Se argumenta que la humillación pública de concursantes sirve para blanquear un sector con jornadas extenuantes, presión constante y sueldos bajos.
La comparación con el arte moderno cierra el círculo: lo que empezó como corriente fresca ha acabado en sinsentido pretencioso. Entre la espuma de apionabo y el guiso de toda la vida, ¿cuándo se pondrá fin a este «sunormalismo»? La burbuja no pincha, pero cada vez tiene más agujeros.