No tener piso ni hijos a los 35: ¿fracaso personal o del sistema?
A los 35 años, con empleo, sin vivienda y sin descendencia, la sensación de ir tarde en la vida se ha convertido en un estado de ánimo generacional. Un artículo firmado por Juanjo Villalba, con imagen de la serie ‘Fleabag’ de la BBC, resume el diagnóstico: la generación de los treinta y tantos vive atrapada en un duelo constante de expectativas frustradas, donde la imposibilidad de emanciparse, comprar un piso o formar una familia se interioriza como un fracaso individual. El texto carga la culpa sobre el neoliberalismo y propone como solución el sindicato de inquilinas. La réplica no se ha hecho esperar: la culpa, se argumenta, también es de cómo se gasta el dinero.
Del discurso al presupuesto: la aritmética de la emancipación
No hace falta afiliarse a ningún sindicato para lograr la independencia, viene a decir una de las respuestas más pragmáticas. Basta con no irse de vacaciones tres veces al año a más de 5.000 kilómetros y buscar una pareja monógama que pague a medias. La fórmula suena a manual de autoayuda, pero introduce un factor que la narrativa de la culpa sistémica prefiere ignorar: las decisiones de consumo. Conviviendo se divide el alquiler entre dos, un cálculo sencillo que ningún diagnóstico debería descartar. Eso sí, el mismo comentario también tiene su contra: el modo más rápido de perderlo todo es emparejarse, así que la monogamia no es la panacea.
La libertad de elegir las cadenas
En el extremo opuesto, una reflexión más filosófica que presupuestaria desplaza el eje de la culpa a la libertad. La libertad no funciona como un fin en sí mismo, sino como herramienta para elegir las cadenas que quieres llevar. Aplicado al dilema de los treinta y tantos, significa que ni la vida de familia ni la soltería eterna son recetas universales. Excluir opciones válidas en la búsqueda de la felicidad es el error, apunta otra respuesta: no hay una única manera de vivir, y el dogma lo fabrica quien impone la suya. La conclusión práctica, con todo, resulta desconcertante: se culpa al sistema y se termina recomendando compartir piso.