Dos alitas de cena para los militares de Ceuta tras 14 horas de servicio
Catorce horas de servicio y dos alitas en el plato. La imagen de la cena servida a efectivos del Ejército destinados en Ceuta, difundida con el detalle de que correspondía a una jornada de catorce horas, desató una cascada de reacciones en las que la queja por la ración militar se fundió con otro asunto: el dinero público destinado a la atención de migrantes. La paradoja que subyace es fácil de formular y difícil de digerir. Quien viste el uniforme come lo que se ha descrito como comida de preso; otros colectivos, según esa lectura, tendrían mejor mesa.
Del menú a las cuentas: dónde salta el enfado
El malestar no se quedó en el plato. Buena parte de las reacciones leyó la ración como síntoma de una jerarquía de prioridades del Gobierno, mientras otra línea señaló directamente a la contratación del catering en el propio Ministerio de Defensa. Hay también quien sostiene, sin cifra que lo respalde, que a los militares se les quiere con la moral baja. Y no faltó quien recordó otras raciones escasas —dos croquetas— servidas en despliegues anteriores.
Lo que sigue sin cuantificarse
No consta el coste por ración, ni el pliego del contrato, ni la comparación con lo que cuesta alimentar a otras personas atendidas con fondos públicos. La discusión avanza, por tanto, sobre una fotografía y una cifra —catorce horas, dos alitas— más que sobre un presupuesto. Ese vacío es, precisamente, el que deja el terreno libre a las interpretaciones.
Con esas dos alitas como bandera, la pregunta que queda en el aire es qué cabe realmente en un presupuesto cuando el uniforme y la frontera se miran de reojo.