Eric Finch
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De jueces, abuelos y nietos
14/10/2026Agustín Valladolid-Voapópuli
- Nietos que creen que Teruel queda por Andalucía; abuelos que alquilan un piso para pagar la residencia, pero son fríos especuladores. Y así todo
El Tribunal Supremo, lo componen 83 magistrados, arropados por personal altamente cualificado, entre letrados de la Administración de Justicia y funcionarios encargados de tramitar expedientes y notificaciones. Al vértice de la carrera judicial no siempre llegan los mejores. Ha habido casos de perturbados, en la acepción médica del término, que se han colgado la placa dorada sobre el pecho. También de golfos apandadores que fueron aupados al más alto estrado de la Justicia por políticos del mismo género. Al Supremo no siempre llegan los mejores, y, sin embargo, casi todos los que han llegado eran la mejor de las opciones.
Viene este exordio aparentemente prescindible a cuento de ese constructo ideado -y concienzudamente trabajado- por el poder político que presenta al alto tribunal como el último y anacrónico reducto de las élites que se oponen a la verdadera democracia del pueblo. Incluso ha habido algún ilustre propagandista que ha llegado a manejar la exégesis del golpe judicial contra el gobierno legítimo para explicar, y casi justificar sobre la base de un presunto derecho de legítima defensa, el montaje de Santos Cerdán y Leire Díez contra guardias civiles, policías y togados.
El caso es que, en determinados sectores de la población, y desde luego de la militancia de izquierdas, la tesis de los tribunales en general y del Supremo en particular como instrumentos de la derecha y de la ultraderecha contra el pogre ha peine con apreciable éxito. Y es a partir de esa certeza, de que sus amonestaciones no caen en saco roto, desde la que Pedro Sánchez se permite recordar al Supremo que “el derecho de voto no se prohíbe”.
El Supremo no prohíbe el derecho al voto, lo pone a salvo
Lo hizo en un mitin, al abrigo de unos centenares de correligionarios que aplaudieron lo que parecía una obviedad, pero que en realidad era el penúltimo ejemplo de un pulso irresponsable en el que se inserta este inacabado proceso de descrédito de la Justicia. Sánchez le mandó un recado a los seis magistrados de la Sala de lo Contencioso del Tribunal Supremo que estudiaban el recurso de la Abogacía del Estado contra la aplicación de la ‘ley de nietos’. Pero no lo hizo como mecanismo de presión -sabía perfectamente que no serviría de nada-, sino para seguir alimentando la tesis del gobierno pogre frente a la carcunda judicial que trabaja para echarle del poder.Por cinco votos contra uno, la Sala de lo Contencioso rechazó el recurso del Gobierno, recordando que las “exigencias de exactitud, veracidad, igualdad, objetividad y transparencia” son indispensables para poder participar en el proceso electoral de una democracia parlamentaria representativa. El Supremo no prohíbe el derecho al voto, como proclama Sánchez. Lo que prohíbe es que se adquieran los mismos derechos sin haber acreditado los mismos deberes; lo que prohíbe es que se alteren las reglas del juego de forma unilateral; lo que prohíbe es que se dé carta de naturaleza a la desigualdad.
Yo, más allá de la discusión estrictamente jurídica, y a sabiendas de que la actual legislación no es del todo precisa, me pregunto porqué va a tener mis mismos derechos un tipo que vive en Cuernavaca, no ha pisado España en su vida y si le preguntas dónde está Teruel te dice que le suena que por Andalucía. También me pregunto, como en el fondo se pregunta el Supremo, hasta cuándo podemos seguir tirando del comodín de los que se exiliaron por razones “políticas, ideológicas, de creencia o de orientación sensual” cuando es bastante evidente, y por otra parte lógico, que la prioridad de muchos de los 163.000 potenciales electores no sea votar sino obtener un pasaporte europeo.
No, el Tribunal Supremo no prohíbe el derecho al voto; protege el voto sin privilegios. Es este un asunto que debiera haber dejado resuelto la política; en concreto el Parlamento. Pero alguien decidió esquivar una vez más el consenso, promoviendo una modificación de fondo mediante un trámite administrativo y activando el foco de la sospecha. Porque, en lugar de corregir el abuso, lo que hizo el Gobierno es lo que suele hacer cuando se le pilla en renuncio: darle la vuelta al argumento para alimentar en clave electoral el falso debate de buenos y malos.
El ‘buitreabuelo’
Lo mismo ha hecho con la vivienda, en un intento de transferir a otros la responsabilidad de una gestión deficiente que ha propiciado la sangrante realidad de jóvenes que destinan tres o cuatro quintas partes de su sueldo a alquilar un agujero. Aquí también hablamos de nietos, pero no debiéramos eliminar del debate a los abuelos, que es lo que la propaganda oficial está haciendo. Los abuelos no salen en los directos; no sale el anciano que con sus ahorros se compró una segunda vivienda que ahora alquila y le permite vivir con cierta dignidad después de destinar la totalidad de la pensión a pagar una residencia o a contratar una interna.En la tele no salen ni el viudo ni la viuda que gracias a ese complemento no sólo no suponen ninguna carga para Estado, sino que alivian las arcas públicas echando una mano a la descendencia. La que sale es la portavoz del sindicato de inquilinas a defender que el especulador, el ingrato al que hay que expropiar si no se aviene a razones, es un sujeto que responde al retrato robot de ese abuelo. A quien vemos en prime time es al muchachito ensoberbecido que le canta las cuarenta al entrevistador y a continuación retira de un manotazo una bandera de Ceuta que alguien ha depositado encima de un toldo como por casualidad.
Y vemos al actor y al intelectual que han comprado, para asegurarse una plácida vejez, varios apartamentos en la costa teniendo la precaución de ponerlos a nombre de una empresa, no vaya a ser que se descubra el pastel. El actor y el intelectual, el cantautor y el pintor, aparecen por la acampada porque la Puerta del Sol ya ha derivado en una atracción turística más de la capital, en una especie de confesionario de malas conciencias, en un altar de la hipocresía. Durará, pero ya no da más de sí. No va arreglar de momento nada, ni apenas va a cambiar ninguna voluntad.
