Ingenieros, arquitectos y abogados: del chaletazo a la plaza de profesor
¿Qué ha pasado con esas profesiones que antes garantizaban un chaletazo en la sierra, chacha y cochazo? La respuesta corta: se han precarizado. La larga es un inventario de empleos que pasaron de ser un chollo a convertirse en una carrera de obstáculos. El punto de partida es una lista que recorre sectores muy distintos —periodistas, albañiles, guías turísticos, camareros, arquitectos, ingenieros, abogados— y que coincide en un diagnóstico: el prestigio y el sueldo se han desinflado.
El caso de los ingenieros es el más citado: un recién titulado tenía garantizado su chaletazo, su chacha y su cochazo; hoy comparte piso en una ciudad grande. Los arquitectos, con prestigio social enorme, echan horas «como un reloj por cuatro perras», emigran o buscan la plaza de profesor de instituto. Los periodistas y correctores, antes estables y con aura de intelectuales, cobran por piezas y viven a salto de mata. Los correctores, directamente, han desaparecido.
Del free tour al salario mínimo: guías y camareros
El turismo es otro de los grandes damnificados. Los guías turísticos eran autónomos con tarifas altas y cobraban mucho en B; ahora la mayoría son asalariados de empresas de free tours, cobran una miseria y rara vez les dan de alta a jornada completa. Los camareros, sobre todo en zonas turísticas, sacaban con las temporadas altas lo suficiente para vivir todo el año. Hoy el relato es otro.
La hostelería ha dejado de ser ese colchón estacional y se ha convertido en un empleo de bajos salarios y alta rotación.
Veterinarios, fisios y dentistas: del negocio familiar a la franquicia
Hay un patrón que se repite: profesiones que pasaron de negocio familiar a franquicia y hoy son duras y mal pagadas. Fisioterapeutas, veterinarios y dentistas aparecen en esa lista. Un veterinario era un profesional muy querido en los pueblos por salvar al ganado, aunque a veces le pagaran con pollos o una caja de cebollas. En las ciudades apenas había perros y, si enfermaban, se dejaban morir.
El prestigio puede haber mejorado, pero el negocio se ha estrechado. Con los dentistas hay más dudas: algunos sostienen que siguen dando rejonazos —un chequeo de cinco minutos, la vacuna y el sellito en la cartilla por 40 euros—, mientras que otros los sitúan entre los sectores que compiten «como perros» por captar clientes.
El sector público como refugio y la sombra de la IA
La huida hacia lo público es otro hilo conductor. Hay quien apunta que las plazas C1 no se cubren porque obligan a irse a grandes ciudades donde es imposible vivir. Y el funcionariado aparece como el gran refugio: «casi cualquier cosa, por eso está todo dios deseoso de hacerse funci», resume una intervención.
La inteligencia artificial añade una capa de incertidumbre: cualquier tarea que pueda hacer una IA entra en la lista de sospechosos. Un participante cuenta que una herramienta de IA le devolvió en segundos información sobre un asunto judicial de los años 90 que ni Google le había dado, con un nivel de detalle que califica de «de terror». La anécdota, más allá del caso concreto, ilustra el miedo a que la automatización se lleve por delante empleos cualificados.
El contraataque: albañiles, ventas y funcionarios
No todo el mundo acepta el marco.
Los albañiles son el contraejemplo más repetido: hay una falta terrible de personal, están hipercotizados y muchos tienen casi horario de funcionario. Las ventas también se reivindican: «no ventas, no negocio, no empleo», resume un mensaje. Y el funcionariado, lejos de ser un refugio precario, se describe como un espacio donde ciertos empleos feminizados han mejorado: las enfermeras, se argumenta, son ahora funcionarias A1 con sueldo similar al de un médico. La discusión deriva hacia un asunto más incómodo: la profesionalidad. Antes hacía falta formación real y experiencia; ahora, se sostiene, cualquiera vale para todo. El monitor de gimnasio que sabía rutinas, dietas y cuidaba las máquinas ha sido sustituido por un chaval con un cursillo de unas horas.
¿Qué profesiones no se han precarizado?
La pregunta inversa —enumerar lo que no se ha precarizado— provoca un silencio incómodo. «Lo tengo en la punta de la lengua, pero no me sale», ironiza un mensaje. Otros apuntan a los capitanes de pesca, que siguen teniendo buenos sueldos, o a los pilotos comerciales, aunque con matices: un veterano vive bien, pero los jóvenes empujan fuerte y le obligan a seguir estudiando telemetría de aviones nuevos.
La sensación dominante es que el trabajo se ha igualado por abajo: se gana parecido en casi todos lados, salvo comisiones o venta de humo. Y con alquileres que se comen el sueldo, cualquier nómina por debajo de 1.900 euros netos al mes se percibe como precaria.
La pregunta inicial era qué profesiones se han precarizado. La respuesta, después de todo, parece ser: casi todas. Menos mal que siempre nos quedará vender humo.