La Sexta y TVE ante la victoria de Trump: etiquetas y lágrimas
¿Qué ocurre cuando una parte de la audiencia deja de creerse lo que ve en pantalla? La victoria de Trump en las elecciones de Estados Unidos tensó a las televisiones españolas y el resultado fue un choque abierto con su público. Según el relato que se extendió tras la noche electoral, en TVE un corresponsal describió al ganador como «delincuente» y en Antena 3, Vicente Vallés lo habría llamado misógino, racista y autócrata admirador de dictadores. En La Sexta, la sensación era otra:
ass on fire.
El hecho es uno y no se discute: Trump ganó. Lo que se discute es cómo se contó. Ahí la cobertura electoral se convirtió en un espejo donde cada bando vio lo que quería ver, y el
sesgo informativo pasó de sospecha a acusación cruzada.
Cómo narraron TVE y La Sexta la victoria de Trump
Las etiquetas fueron el detonante del enfado. Una parte del público entendió que adjetivar al ganador con calificativos morales no es informar, sino editorializar. La defensa del oficio es la de siempre: describir a un político por lo que dice y hace no es tomar partido, es hacer la crónica.
Lo llamativo llegó con los análisis. El encuadre que más incomodó atribuía el triunfo a votantes con menos estudios o a la economía de las zonas rurales. Ese tipo de lectura sonó a clasismo para quien la escuchaba desde el otro lado del dial. Vincular una victoria electoral al nivel educativo de quien la vota no explica nada.
Etiqueta, y ya.
¿Por qué se habla del fin de los medios tradicionales?
La tesis más repetida en la noche electoral no era sobre Trump, sino sobre quién lo cuenta. Que las cadenas dedicaran una cobertura desproporcionada a Kamala Harris mientras las redes hacían su propio juego encendió la mecha. Haya o no exageración, el diagnóstico tiene una base sólida: la brecha entre lo que se ve en un plató y lo que se vive en un país.
Una voz lo resumía sin rodeos: «Estuve en USA este año y la percepción que nos dan aquí los medios no tiene que ver nada con la realidad». Puede ser una impresión personal o la radiografía de un problema estructural. Nadie lo demostró, pero el malestar es real y no parece pasajero.
El papel de Elon Musk y X en la noche electoral
Buena parte de la conversación giró en torno a una sola persona: Elon Musk. Hay quien lo describe como el verdadero ganador, «el ser humano más poderoso de la historia», capaz de inclinar la conversación pública desde su plataforma. La hipérbole sobra, pero el fondo no es descabellado: una red social dejó de ser un simple altavoz y se convirtió en actor con intereses.
Eso también se discute a este lado del Atlántico. Si alguien con esa capacidad decide amplificar un mensaje, los medios convencionales pierden el monopolio de decidir qué es noticia. La pregunta incómoda es quién fiscaliza entonces al que reparte el megáfono.
El voto real frente al relato: mujeres y hombres
Una aportación que rompe la caricatura es la del voto de las mujeres. «En la gráfica de mujeres blancas, Trump arrasa», apunta un análisis, contra la idea de que su victoria fue solo cosa de hombres enfadados. El dato descoloca a quien había comprado el marco simplón de que el electorado de Trump es un bloque homogéneo. La realidad casi nunca cabe en un titular.
Las teorías sobre el fraude electoral de 2020
Aparece, cómo no, el fantasma de las elecciones anteriores. Se sostiene que hubo un pucherazo con votos por correo y camiones llenos de papeletas, una acusación que nunca se demostró en los tribunales. Conviene distinguir: una parte del electorado lo cree; eso no lo convierte en cierto. La repetición sin pruebas no es un dato, es una creencia.
El ruido de fondo está en otro sitio. Hay un cansancio compartido hacia el relato oficial y una sospecha que recorre buena parte de España: que los medios ya no informan, opinan. Ver a un periodista con cara de funeral mientras canta los resultados es, para muchos, la prueba que llevaban años buscando.
La reacción en España: euforia y lágrimas
La victoria ajena se vivió aquí casi como una elección propia. Para unos era una revancha contra años de lo que llaman ingeniería social; para otros, un mal trago con el que ni había cuerpo para indignarse, con las riadas todavía recientes. Un resultado que no decide nada en España moviliza, sin embargo, batallas que llevan años cocinándose aquí.
Que una victoria ajena provoque más euforia y más rabia en Madrid que en Ohio dice bastante de cómo se cuece la información a este lado del Atlántico. Trump gobernará cuatro años. Las carcajadas y las lágrimas, también.