Dos semanas en Japón: 400€ el vuelo y 50€ cenar en Tokio
¿Por qué un país con 120 millones de habitantes mantiene las calles impolutas sin una sola papelera y, a la vez, cierra el metro antes de medianoche? Las impresiones recogidas tras dos semanas recorriendo Japón dibujan un lugar donde casi todo funciona como un reloj, pero donde el reloj no siempre juega a favor de quien vive dentro. El precio del vuelo, la cuenta de la cena, la omnipresencia del efectivo y hasta quién sostiene un cartel en el metro cuentan historias distintas de la misma sociedad.
Por qué el vuelo a Japón cuesta la mitad con una aerolínea china
Llegar al otro lado del planeta por unos
400€ por trayecto es posible gracias a Air China. La clave es
geopolítica: puede sobrevolar territorio ruso y europeo mientras las aerolíneas europeas y japonesas evitan el espacio aéreo de la Federación Rusa. Esa ventaja le permite ofrecer tarifas a mitad de precio que su competencia, básicamente las aerolíneas del Golfo Pérsico. La foto es nítida: el viajero va a Japón y los chinos se llevan su parte.
La escala en Pekín, de un par de horas, se resume en una palabra:
desconfianza. Control exhaustivo al aterrizar, vaciado del equipaje de mano, incautación de mecheros, cacheo a conciencia y un cuestionario de salud en pantalla táctil que escupe un ticket en chino para adjuntar al pasaporte. El personal de seguridad, veinteañeros con cara de pocos amigos.
¿Por qué Japón está tan limpio si no hay papeleras?
No hay papeleras y la ciudad está impoluta. Tampoco hay bancos donde sentarse, ni siquiera en los parques, y fumar en la vía pública está prohibido salvo en zonas delimitadas. No se ve una colilla ni un chicle pegado en el suelo. La misma lógica rige en interiores: en un bar te ponen cenicero o te señalan la zona habilitada, y en los trenes hay un vagón para fumadores. La coincidencia entre varios viajeros es que la represión del tabaquismo allí resulta más razonable que la española, que prohíbe en todas partes y deja la calle al fumador.
La seguridad se percibe en detalles pequeños: bicicletas aparcadas sin candar, carritos de la compra en la puerta de los comercios, una mochila con cartera, pasaporte y cámara olvidada en un restaurante callejero que sigue en su sitio al volver. Y eso en una megápolis de
30 millones de personas. Da una sensación brutal de paz interior, sobre todo si vienes de una ciudad con la vitola de peligrosa.
El dinero merece capítulo aparte. Japón adora el efectivo. Máquinas de vending solo con monedas y billetes, locales de hostelería no franquiciados que no aceptan tarjeta, hoteles rurales sin datáfono. Sin efectivo no eres nada.
Comer en Japón es más barato que en España
En el centro de Tokio, un restaurante con plancha insertada en la propia mesa, pescado espada, hongos de varios tipos, verduras y bastante cerveza sale por
menos de 50€ para dos personas. Algo similar en el centro de Madrid o Barcelona apenas baja de 100€. La conclusión que se repite: en España la hostelería cobra de más y no existe el concepto de restaurante sacacuartos para turistas. En Japón se come mejor, más barato y con estándares de higiene y trato altísimos, incluso en locales minúsculos donde basta señalar un cartel con la foto del plato.
¿Qué son los trabajos «absurdos» que sostienen el pleno empleo japonés?
En el metro de Kioto, con los baños fuera de servicio, no hay cartel: hay una persona sosteniendo el cartel y pregonando la incidencia. En la salida de un aparcamiento, tres operarios coordinados cortan el paso en la acera o en la rampa según convenga. En el castillo de Osaka, alguien se dedica a pulsar el botón del ascensor. La lectura más extendida es que Japón no tiene desempleo porque coloca a trabajar a todo el mundo, aunque el trabajo sea prescindible.
La contra tiene peso. Hay quien lo describe como una institución que expone de por vida a una casta inferior, con uniformes de correajes de plástico que imitan galones de verdad y de la que nadie sale. Otros responden que, si es temporal hasta el siguiente empleo, es una forma de evitar que alguien decida vivir de una paga. El debate no se cierra, y mucho menos cuando se compara con el mercado laboral español.
¿Merece la pena vivir en Japón?
Visitar y vivir no son lo mismo. La jornada laboral tira a esclavista, el transporte público cierra de noche aunque media ciudad siga abierta, y el trato es indirecto hasta el agotamiento. Hay quien define el país como un paraíso para quien no quiere contacto físico, no soporta que le griten ni las ironías. Y hay quien relata negativas de mesa en restaurantes por ser extranjero, aunque no falta quien lo atribuye a la reacción ante lo desconocido más que a desprecio.
Los números ayudan a entender el asombro: se manejan
200.000 extranjeros en un país de 120 millones, de los cuales unos 40.000 son descendientes de japoneses. La homogeneidad es real. También lo es que la corrupción existe en todas partes, aunque allí, cuando alguien la protagoniza, dimite y pide perdón en público entre lágrimas.
Con este cuadro, cualquiera esperaría una oleada de españoles haciendo las maletas. Sigue sin producirse. O el reloj funciona demasiado bien, o nadie quiere ser la pieza que sostiene el cartel.