Dresde retira la inscripción que recordaba el bombardeo aliado
En Dresde, una inscripción conmemorativa del bombardeo que las fuerzas aéreas estadounidenses y británicas lanzaron sobre la ciudad en febrero de 1945 ha sido retirada. La noticia, difundida en redes junto a la etiqueta de un canal que se limita a firmar el hallazgo, ha reabierto la discusión sobre qué se recuerda y qué se deja caer de la memoria europea. El mensaje que abre el asunto lo plantea sin rodeos: en Dresde se eliminó una inscripción conmemorativa del bombardeo y hoy parece que recordar las «pérdidas colaterales» ya no es relevante.
La cifra que se maneja en el arranque de la conversación es la de entre
cien mil y trescientos mil habitantes muertos en la ciudad. Esa horquilla, repetida durante décadas, es hoy el campo de batalla. Hay quien sostiene que el número real se ha reducido por revisionismo hasta alrededor de
40.000, y quien recuerda que en libros y revistas de historia de hace años se leía que los muertos pasaban de 100.000 y podían haber llegado a 250.000. El propio mensaje inicial añade un matiz que suele olvidarse: no todos eran residentes. Muchos eran refugiados civiles que huían del avance del Ejército Rojo desde zonas más al este, y la ciudad estaba sobrepoblada cuando llegaron los bombarderos. El estado mayor aliado lo sabía.
Qué se retira y por qué ahora
La versión menos épica del asunto la aporta quien asegura que no se ha eliminado nada de forma definitiva: están con una obra, van retirando las piedras y lo hacen a todo pisto porque alguien vandalizó el conjunto días antes —un trozo de piedra arrancado, al parecer con una radial—. Llevaban años discutiendo cambiar la pieza de ubicación y de formato. El elemento en cuestión es un zócalo de sillares pulidos en una plaza, donde la gente se sentaba a veces. Ni monumento ni museo: mobiliario urbano con carga histórica.
Esa explicación convive mal con la lectura política. Para una parte de los intervinientes, los amos anglos no quieren que los alemanes conserven ese recuerdo, y menos ahora que les aprietan las clavijas hundiéndoles la economía. La tesis se completa con una lista de agravios: espionaje a políticos y empresarios, el sabotaje del Nordstream, la desindustrialización y el silencio posterior.
Alemania es tan sumisa a los anglos como España, se dice. Otro añade que España vive bajo una ocupación militar anglo «educada» pero ocupación, y que el llamado mundo libre no es más que un cortijo del poder anglo.
El debate sobre las cifras: de 250.000 a 40.000
La discusión numérica es la más sustanciosa del conjunto. Frente a la horquilla clásica de 100.000 a 300.000 muertos, aparece la cifra actual de unos 40.000 y la acusación de revisionismo. Se recuerda que, según los historiadores actuales, el bombardeo de Hamburgo mató a más gente que el de Dresde, aunque Dresde sea el más conocido. Y se subraya un detalle técnico que suele pasarse por alto: medido en destrucción material o en pérdida de vidas, el ataque convencional sobre Dresde fue mucho más devastador que cualquiera de los dos ataques atómicos posteriores sobre Japón. De las 28.410 casas del centro de Dresde, 24.866 quedaron destruidas.
El método también se discute. En Inglaterra se estudiaron científicamente las condiciones para provocar tormentas de fuego que convirtieran las ciudades alemanas en hornos, y se construyeron edificios con materiales y mobiliario típicos de una vivienda civil alemana como banco de pruebas del material incendiario. Puro terrorismo, se concluye. El objetivo declarado de la campaña era la población civil, para forzarla a revolverse contra sus gobernantes, y se emplearon bombas de fósforo en grandes cantidades, cuyo efecto sobre quien no muere rápido es conocido.
¿Fue un crimen de guerra o una represalia justificada?
Aquí el asunto se parte en dos. Un bloque sostiene que si la incineración de Dresde o Hamburgo por los británicos y de las ciudades japonesas por los americanos no son crímenes de guerra, entonces nunca ha existido un crimen de guerra en la historia. Se recuerda que el propio Churchill no defendió el ataque cuando la opinión pública estadounidense se enteró, y que Curtis LeMay, que hizo lo mismo en Japón, reconoció que de haber perdido el conflicto habría sido condenado a la horca. La Associated Press habló de una decisión largamente esperada de adoptar el bombardeo deliberado de terror contra la población alemana.
El otro bloque responde con un argumento simple: poco parece lo de Dresde teniendo en cuenta que la gran mayoría de alemanes sabía lo que pasaba en los campos a esas alturas de la guerra. No haber invadido. La discusión deriva entonces hacia la simetría: si los crímenes de guerra solo los puede establecer y juzgar un bando, entonces entre 1936 y 1939 en España solo los cometió uno. La respuesta llega con retranca: los judíos de Judea te desmienten.
Alemania como pueblo roto y el plan anglo
Más allá del episodio concreto, hay un diagnóstico de fondo sobre Alemania. Se la describe como un pueblo roto como tal, con la identidad fagocitada por la culpa, terriblemente naíf en cuestiones políticas y atrapado en una dicotomía entre el orgullo que sabe que debería sentir por su historia y la vergüenza que presume que debe exhibir para ser de los buenos. Esa minoría de edad sociopolítica le habría llevado a confiar ciegamente en el mayor de los matones, Estados Unidos, como su mejor amigo.
El pronóstico geopolítico que se lanza es que Alemania acabará en la miseria si termina dominada y balcanizada por los anglos, igual que España. Y el paralelismo con Rusia es explícito: se dice que a Rusia le va a pasar tres cuartas partes de lo mismo, que se va a desrusificar el país y que habrá bases de la OTAN en Moscú. La respuesta desde el otro lado es que eso es un deseo con pocas posibilidades de cumplirse, porque de momento no hay bases en Crimea, la ofensiva ucraniana no parece haber avanzado gran cosa y la economía rusa no se ha hundido.
La memoria selectiva y el resto del mundo
El hilo desemboca en una queja más amplia sobre la memoria selectiva. Se pregunta por qué las atrocidades del Congo belga quedaron en el olvido cuando Bélgica fue invadida en 1914, y se responde que aquellas barbaridades fueron obra de Leopoldo II cuando el territorio era propiedad personal del rey, no del Estado belga. Se menciona la devastación de Dresde como uno de esos crímenes contra la humanidad cuyos autores deberían haberse sentado en Nuremberg si el tribunal no se hubiera convertido en instrumento de la justicia aliada. Y se cierra con la pregunta de cómo demonios se las apañan para mantener ese poder sin que los países se rebelen, apuntando a la selección de élites y a los filtros que dejan fuera a quien podría reventar la sumisión.
El dato que descoloca no está en la placa retirada, sino en el censo: los alemanes como pueblo, se afirma, están al borde de la extinción. Bajas enormes en las dos guerras mundiales, mortalidad alta y natalidad baja en las postguerras, el golpe de la crisis de 1929 y un porcentaje indeterminado de nacimientos posteriores fruto de violaciones o de relaciones con las tropas de ocupación. Con ese balance, discutir una inscripción en una plaza es discutir el último resto de una identidad que ya nadie reclama.