Los rankings militares no predicen quién gana una guerra
¿Sirve de algo el puesto 18 de España en el escalafón mundial de ejércitos si Marruecos ocupa el 53 y aun así hay quien sostiene que Ceuta y Melilla son indefendibles? El punto de partida del asunto es una comparación clásica: España tendría 519 aviones militares frente a 249 marroquíes, 140 cazas frente a 83 y 133 helicópteros contra 64, además de un portaaviones y once fragatas frente a seis fragatas. En presupuesto, la diferencia también es abultada: 12.854 millones de dólares frente a 6.000. Sobre el papel, no hay partido. Sobre el terreno, la cosa cambia.
Qué mide realmente un ranking de poder militar
Los índices tipo Global Firepower ordenan ejércitos por inventario: cuántos carros, cuántos aviones, cuántos efectivos. Es una foto fija. El problema es que la guerra no se libra con una foto fija. Marruecos supera a España en tropas, carros de combate, blindados y piezas de artillería, y eso convierte cualquier escenario terrestre en algo mucho menos cómodo de lo que sugiere el escalafón.
La discusión derivó rápido hacia el ejemplo que todos tienen en la cabeza: Arabia Saudí. Un país con más de 1.000 aviones y helicópteros, miles de tanques —buena parte almacenados sin estrenar— y helicópteros de transporte de origen ruso, considerados de los mejores del mundo. Sobre el papel, hay quien sostiene que su ejército convencional supera a cualquier ejército europeo. En la práctica, lleva años empantanado en Yemen contra una milicia mal equipada. La conclusión que se repite: el material no basta si quien lo maneja no sabe.
El mantenimiento, la variable que no sale en los rankings
Hay un factor que ningún índice pondera y que puede decidir una campaña: quién mantiene el material. Las armas modernas están llenas de electrónica y exigen ingenieros y mecánicos de alto nivel. Sin ese ejército invisible, un parque de cazas de quinta generación se convierte en chatarra cara en cuestión de meses. El argumento que circula es que muchos países compran el arma pero no la industria que la sostiene.
El caso israelí se usa como contraejemplo y como advertencia. Venció a ejércitos con más tanques y más aviones, pero después una milicia con misiles anticarro portátiles de finales de los noventa causó daños serios a sus carros más modernos. La lección es incómoda: la tecnología defensiva barata puede neutralizar una superioridad convencional enorme. Cada vez hay más armamento que destruye barcos, aviones y tanques con una facilidad que hace diez años parecía imposible.
Rusia, China y el problema de la experiencia real
El otro gran eje del asunto es qué valor tiene un ejército que lleva décadas sin combatir. Rusia figura en los primeros puestos de todos los rankings y su campaña en Ucrania ha mostrado un desgaste enorme. China tiene un ejército teóricamente numeroso, pero sin experiencia de combate reciente. Japón, en cambio, aparece infravalorado: casi 70 aviones antisubmarinos P-3 Orion y una treintena de Kawasaki P-1 de fabricación propia, frente a los ocho P-8 Poseidón británicos.
Sobre las cifras de bajas y material destruido hay un choque frontal. Unos hablan de 6.000 carros perdidos y 200.000 soldados, cantidades que otros consideran imposibles porque superan lo que Rusia habría desplegado. La producción rusa se estima en 100 carros al año, no 50 al mes. Sin verificación independiente, cada cifra es un acto de fe.
La variable que nadie mete en la hoja de cálculo
Falta la pregunta que ningún índice responde: qué capacidad tiene un país de seguir produciendo armamento y alimentando a su población en una guerra larga. China puede fabricar cientos de cazas si se pone, pero eso no se mide en un ranking de inventario. Y la moral, ese factor que Napoleón cifraba en seis a uno frente a la fuerza, no aparece en ninguna tabla.
Al final, la conclusión más repetida es la más incómoda para los aficionados a los escalafones: unos combatientes con sandalias y fusiles viejos echaron al ejército que se gasta 800.000 millones al año. El ranking dice una cosa. La guerra dice otra.