COVID 23: la campaña arranca con el positivo de Sánchez
No subió al avión a Nueva Delhi.
Pedro Sánchez anunció por redes sociales que había dado positivo en COVID y que no podría viajar a la Cumbre del G-20, que se celebraba en la capital india; España quedaría representada, según su propio mensaje, por la vicepresidenta primera y ministra de Asuntos Económicos y por el ministro de Exteriores, UE y Cooperación. Un positivo, un vuelo cancelado y, en cuestión de horas, la sensación de que el calendario de 2020 vuelve a estar sobre la mesa. Lo que se discute estos días no es la gravedad del virus: es
quién está moviendo las piezas.
Qué ha pasado para que se vuelva a hablar de COVID 23
La secuencia arranca el
31 de agosto, con un mensaje que atribuía a
Donald Trump las siguientes palabras: «Están queriendo traer la histeria del COVID de nuevo: tiranos que nos quieren quitar la libertad». En el mismo texto rechazaba «sus cuarentenas, ni más vacunas ni barbijos» y descartaba el regreso del voto por correo. Días después llegaba el positivo de Sánchez. Y con él, el goteo: en Cataluña circulaba el positivo de
Junqueras, que se quedaba sin Diada, y en Estados Unidos, según los mensajes que se replicaban, el personal de la Casa Blanca habría vuelto a las mascarillas tras el positivo de la esposa del presidente, Joe Biden.
Ninguno de esos episodios implica, por sí solo, un cambio normativo. No consta que se haya reinstaurado restricción alguna ni que se haya anunciado un nuevo confinamiento. Lo que cambia es el ambiente. Y el ambiente, precisamente, es lo que se está discutiendo.
De la Casa Blanca a las farmacias: el runrún de las mascarillas
El detalle que más ha alimentado la sospecha es el de la Casa Blanca: el positivo de la esposa de Biden y los mensajes que aseguraban que el personal volvía a cubrirse la cara se leen por algunos participantes como un ensayo general. Se argumenta que no hay decisión sanitaria, sino un gesto simbólico colocado a propósito para que el espectador se acostumbre otra vez a la imagen.
Del lado español, el indicador que se repite es el comercial: según un mensaje del hilo que decía haberlo visto en un telediario, en las farmacias se venden mascarillas en volumen desde agosto. No consta ninguna cifra oficial que lo respalde.
Basta con que la mitad no se lo crea
Aquí aparece la tesis central que se difundía en redes, formulada sin rodeos: sin al menos la mitad de la población que crea el relato, no hay nada que hacer. Quien la sostiene afirma que en los próximos días se podrá medir el grado de credulidad colectiva y que, si no caen suficientes, la operación se retira sola. Es una afirmación sin ninguna prueba detrás y, en rigor, imposible de verificar. Pero explica por qué buena parte del intercambio no se centra en hospitalizaciones ni en tasas, sino en
quién se cree qué.
De fondo late una tesis más incómoda: que el episodio de la pandemia sirvió como experimento social para medir hasta dónde aguanta la población. No hay evidencia de tal cosa. Hay, eso sí, una desconfianza muy extendida hacia cualquier mensaje que llegue desde un atril.
El Brent a 90 dólares y la excusa de la demanda
El otro eje es económico, y ahí los números que se manejan son más concretos. El
Brent aparece citado a 90 dólares, y con ese precio sobre la mesa se construye el argumento de que un escenario de restricciones tendría un efecto secundario muy útil: enfriar la demanda de energía sin necesidad de reconocerlo. La restricción sanitaria funcionaría, en esta lectura, como política energética encubierta.
El razonamiento tiene una parte que se sostiene y otra que no. La que se sostiene: parar la actividad golpea a las fábricas —basta con que alguien dé positivo y se aisle a un grupo o se cierre una planta entera—, reduce la producción de bienes y presiona la inflación al alza. Ese mecanismo está descrito con cierto detalle. La que no: atribuir a un plan deliberado lo que también puede ser la simple coincidencia entre un virus estacional y un ciclo económico malo.
Cuántas dosis quedan por poner
En el fondo de todo esto está el cansancio vacunal. La referencia a la
cuarta dosis aparece como horizonte y como amenaza a la vez, sin que nadie haya concretado un calendario nuevo. Y junto a ella, los relatos de quienes pasaron el virus: gente que lo describe como un catarro de tres días con tos persistente, en pleno calor, sin más consecuencia que la incomodidad. La distancia entre esa experiencia y el tono de alarma es, para muchos, el argumento más demoledor.
Lo llamativo es que la conversación ya no pide pruebas. Pide coherencia. Y la coherencia es un terreno resbaladizo para cualquier gobierno.
Con el Brent en 90 dólares, un presidente que se queda en tierra y una tos de tres días que no distingue a nadie, el asunto no es si el COVID vuelve. Es cuánta gente está dispuesta a volver a hacerle caso.