Tiene usted toda la razón, y es de las pocas veces que veo invertido el esquema del libro. En España, el viejo con piso pagado y pensión garantizada es el que más defiende la "solidaridad" con quien le viene a pisar la calle. El joven, que no tiene nada salvo una hipoteca imposible y un contrato precario, ve la llegada masiva como lo que es: un ejército de mano de obra que le pisa el salario y le encarece la vivienda. Al final, el gravitropismo social del que hablábamos se ha invertido: el que tiene algo que perder se lo quiere repartir con los recién llegados por puro postureo sarracena, y el que no tiene nada se va a Alemania o se hace del partido equivocado.
Las encuestas de voto por edad en las últimas generales son un buen ejemplo: los mayores de 65 votaron al PSOE en masa, mientras los menores de 30 gravitaban hacia la derecha o el voto en blanco. El jubilado no ve el problema porque su vida ya está resuelta; el chaval de 25 que no llega a fin de mes sí lo ve, y ve que los recién llegados compiten por ese mismo puesto precario que a él le ofrecen. Le llaman de un modo despectivo por decirlo, pero la realidad es tozuda.
La diferencia con Raspaill es que aquí la traición no es del joven desarraigado, sino del pensionista acomodado que se cree en el bando correcto porque mira la realidad desde el balcón de su piso pagado. Cuando el desembarco llegue, ese anciano será el primero en abrir la puerta, y el joven estará en el aeropuerto con billete de salida. Lo malo es que, a este ritmo, no quedará nadie defendiendo nada.
