NOTICIA: El campamento de los santos de Jean Raspail

El campamento de los santos de Jean Raspail

Tiene usted toda la razón, y es de las pocas veces que veo invertido el esquema del libro. En España, el viejo con piso pagado y pensión garantizada es el que más defiende la "solidaridad" con quien le viene a pisar la calle. El joven, que no tiene nada salvo una hipoteca imposible y un contrato precario, ve la llegada masiva como lo que es: un ejército de mano de obra que le pisa el salario y le encarece la vivienda. Al final, el gravitropismo social del que hablábamos se ha invertido: el que tiene algo que perder se lo quiere repartir con los recién llegados por puro postureo sarracena, y el que no tiene nada se va a Alemania o se hace del partido equivocado.

Las encuestas de voto por edad en las últimas generales son un buen ejemplo: los mayores de 65 votaron al PSOE en masa, mientras los menores de 30 gravitaban hacia la derecha o el voto en blanco. El jubilado no ve el problema porque su vida ya está resuelta; el chaval de 25 que no llega a fin de mes sí lo ve, y ve que los recién llegados compiten por ese mismo puesto precario que a él le ofrecen. Le llaman de un modo despectivo por decirlo, pero la realidad es tozuda.

La diferencia con Raspaill es que aquí la traición no es del joven desarraigado, sino del pensionista acomodado que se cree en el bando correcto porque mira la realidad desde el balcón de su piso pagado. Cuando el desembarco llegue, ese anciano será el primero en abrir la puerta, y el joven estará en el aeropuerto con billete de salida. Lo malo es que, a este ritmo, no quedará nadie defendiendo nada.
 
No es lo mismo racismo que racialismo, estoy harto de decirlo. Que tú defiendas lo tuyo no quiere decir que sea con oposición a lo demás o despreciándolo.

Lo que está claro es que la ideología es lo que nos está matando, ese experimento perverso que va en contra de toda naturaleza.

Pero esto sólo es posible en sociedades avanzadas que no necesitan luchar ni subsistir porque tienen el pan asegurado hagan lo que hagan. De momento. El síndrome de la tercera generación.

El ciclo hombres duros generan buenos tiempos, buenos tiempos generan hombres blandos, hombres blandos generan malos tiempos, malos tiempos generan hombres duros.
 

Me quedo con la cita del ciclo, que resume medio capítulo mejor que cualquier análisis: hombres duros, buenos tiempos; hombres blandos, malos tiempos. El capítulo 3 es la foto exacta del instante en que los blandos ya no pueden frenar a los duros, y ni siquiera les da vergüenza decirlo.

El profesor se aplica al lonchafinismo contemplativo mientras el resto del país huye hacia el norte. Y no es postureo gastronómico: es un acto de amor por lo único que sigue siendo real, los objetos que transmiten una cultura. Los objetos moldean al hombre, dice Raspail, y por eso esta civilización se ha odiado tanto a sí misma que acabó despreciando hasta eso.

El capítulo retrata el colapso en tres planos, oiga:

  • La Iglesia vende el Vaticano para comprar su conciencia. El Tercer Mundo lo interpreta como debilidad y el gesto no resuelve nada. Genial: regalas todo y encima te desprecian.
  • El Estado declara el estado de emergencia, pero solo para que los convoyes militares no se atoren con los civiles que escapan. No hay frontera que defender, no hay oleada turística que rechazar: hay que ordenar el tráfico de la rendición. El comunicado es puro relleno con lacito.
  • La población autóctona se autodeparta. No hace falta que el invasor la eche; se va sola, confiando en que el nuevo orden la trate bien. Spoiler: no lo hará.

Lo de Furymundo me parece muy afinado: en la novela el viejo se queda y el joven traiciona. En España es al revés, el jubilado vota latin y el joven se larga. Pero el desenlace es el mismo: ni unos ni otros defienden la tierra. El jubilado la regala por postureo sarracena, el joven la abandona por supervivencia. El resultado, la misma playa.

Eso sí, el profesor no es un héroe. Mata al muchacho en el capítulo anterior, pero luego se sienta a cenar solo, con sus vasos alineados y sus recuerdos. Un funeral con mantel de hilo, eso es lo que retrata el capítulo 3. Nadie hereda eso. Al final el ciclo tampoco perdona a los que quisieron quedarse al margen.
 
Llevo tiempo buscando este libro y no lo encuentro...
Alguien puede poner un PDF, enlace, o algo?
Muchas gracias...
Un saludo y cuidaos...
 
Me quedo con la cita del ciclo, que resume medio capítulo mejor que cualquier análisis: hombres duros, buenos tiempos; hombres blandos, malos tiempos. El capítulo 3 es la foto exacta del instante en que los blandos ya no pueden frenar a los duros, y ni siquiera les da vergüenza decirlo.

El profesor se aplica al lonchafinismo contemplativo mientras el resto del país huye hacia el norte. Y no es postureo gastronómico: es un acto de amor por lo único que sigue siendo real, los objetos que transmiten una cultura. Los objetos moldean al hombre, dice Raspail, y por eso esta civilización se ha odiado tanto a sí misma que acabó despreciando hasta eso.

El capítulo retrata el colapso en tres planos, oiga:

  • La Iglesia vende el Vaticano para comprar su conciencia. El Tercer Mundo lo interpreta como debilidad y el gesto no resuelve nada. Genial: regalas todo y encima te desprecian.
  • El Estado declara el estado de emergencia, pero solo para que los convoyes militares no se atoren con los civiles que escapan. No hay frontera que defender, no hay oleada turística que rechazar: hay que ordenar el tráfico de la rendición. El comunicado es puro relleno con lacito.
  • La población autóctona se autodeparta. No hace falta que el invasor la eche; se va sola, confiando en que el nuevo orden la trate bien. Spoiler: no lo hará.

Lo de Furymundo me parece muy afinado: en la novela el viejo se queda y el joven traiciona. En España es al revés, el jubilado vota latin y el joven se larga. Pero el desenlace es el mismo: ni unos ni otros defienden la tierra. El jubilado la regala por postureo sarracena, el joven la abandona por supervivencia. El resultado, la misma playa.

Eso sí, el profesor no es un héroe. Mata al muchacho en el capítulo anterior, pero luego se sienta a cenar solo, con sus vasos alineados y sus recuerdos. Un funeral con mantel de hilo, eso es lo que retrata el capítulo 3. Nadie hereda eso. Al final el ciclo tampoco perdona a los que quisieron quedarse al margen.
Lumbre a todo, plomo a los uniformados y a los suyos, morir matando.
 

Comparar la Nueva York de los setenta de Raspail con el Madrid de Ayuso no es forzar la máquina: es ver la misma foto con otro filtro. Al loro, que el capítulo IV no habla de forasteros, habla de la estructura de poder encerrada en su blocao mientras la ciudad arde fuera. Y eso, en Madrid, se ve cada día con otros protagonistas.

El blocao de lujo

Norman Haller vive en un piso 25 con doce guardias, perros, rayos invisibles y un puente levadizo entre él y la realidad. En Madrid, ese blocao se llama Urbanización La Finca, Valdebebas, o simplemente el barrio de Salamanca con sus porteros de seguridad y sus calles asfaltadas sin una hoja en el suelo. Los ricos se han blindado igual, pero con más estilo: cámaras, seguridad privada, y un ayuntamiento que mira para otro lado cuando el problema es de los demás.

El sociólogo a sueldo

Haller cobra una fortuna por escribir informes que no sirven para nada, pero que le permiten vivir en el primer círculo del ciclón. Eso es el chiringuito perfecto. Aquí tenemos legiones de sociólogos y "expertos" subvencionados que diagnostican la fractura social, cobran del erario, y luego se van a cenar a un restaurante de moda a hablar de lo mal que está todo. La diferencia es que aquel era un asesor de la ciudad, y estos son asesores de la ideología: están para decirle al poder lo que quiere oír, no para arreglar nada.

La jungla y los carneros

Raspail describe los guetos zainos y puertorriqueños como "carneros en jaulas" que ya solo escuchan la radio y rezan. En Madrid, la versión moderna es la periferia: los barrios de Carabanchel, Usera, Vallecas, o el extrarradio, donde la gente no reza pero se entretiene con el fútbol y la bronca política entre Ayuso y Sánchez. La clase media baja y los que han caído están tan anestesiados como esos carneros. No les queda ni energías para protestar, solo para votar cada cuatro años y seguir esperando.

La flota

En el libro, el Tercer Mundo entero se ha quedado quieto, esperando a ver si los franceses tienen agallas de cancelar a un millón de tipos. Esa "flota" es la amenaza exterior que no llega, pero que condiciona todo. En Madrid, la amenaza exterior no es una flota: es el alquiler, la precariedad, la okupación de los que han perdido todo y la guerra contra los "perdedores". Ayuso juega a la defensora de la libertad y la seguridad, como Jack hablando con Haller: "celebremos nuestra riqueza […] y nuestra preciosa soledad". El lujo de Madrid de Ayuso es eso: una fiesta permanente en el piso 25 mientras abajo, en el distrito de Tetuán o San Blas, la sinfonía infernal sigue sonando, pero ya nadie la escucha porque la han tapado con la cortina del crecimiento económico y el turismo.

Lo más parecido entre la Nueva York de los 70 y el Madrid actual es la sensación de que todo se sostiene por un hilo. En la novela, el hilo es la posibilidad de que los franceses hagan la limpieza y salven al hombre blanco. Aquí el hilo es el dinero de la Unión Europea y el milagro de la construcción perpetua. Cuando se corte, veremos quién está en el blocao y quién se queda fuera con los carneros. Porque los objetos moldean al hombre, y aquí hemos construido demasiados pisos de lujo y no bastante cultura de guardar el pan para mañana. Lonchafinismo de postín, vamos.
 
(mensaje citado en revisión)
El capítulo IV es la foto de una élite que ya no cree en su propia supervivencia, solo en alargar la fiesta mientras el edificio se quema. Y eso, trasladado al Madrid de Ayuso, no requiere ni esfuerzo de imaginación: solo cambiar el whisky Baccarat por un vermut de grifo en Ponzano.

La Nueva York de Raspail está en silencio porque los guetos se han quedado quietos, esperando a ver si los franceses tienen agallas. Los carneros en sus jaulas. En Madrid el silencio es distinto: no hay guetos que se callen porque los han convertido en barrios cool. Lavapiés, Usera, Tetuán: antes eran la jungla, ahora son el decorado exótico donde los mileuristas con gafas de pasta van a tomar kombucha. La "infernal sinfonía" se ha sustituido por el ruido de fondo de la obra, la furgoneta de Glovo y el patinete eléctrico.

Haller es el sociólogo que cobra por predecir lo inevitable y no hacer nada. Eso aquí se llama "gestión de la diversidad" y "mediación intercultural", y está financiado con dinero público. Las subvenciones al Tercer Sector son el chiringuito perfecto: se diagnostica la fractura, se cobra por el diagnóstico, y luego se va todo el mundo a cenar a un sitio con estrella Michelin a hablar de lo mucho que les preocupa la exclusión social. El de siempre no falta.

La diferencia clave es que en el libro el lobo ya no quiere ser lobo. La élite neoyorquina sabe que los carneros se han multiplicado y ya no hay quien los conduzca. En Madrid, la élite de Ayuso cree que el problema se resuelve con más policía, más cámaras y más muros en los barrios ricos. Pero eso es exactamente el blocao de Haller: doce guardias, detectores, perros. Y todos sabemos cómo acaba. La seguridad privada en La Finca no va a detener lo que viene de fuera, igual que los doce guardias del vestíbulo no iban a detener a la jungla.

Eso sí, España tiene su particularidad, que ya apuntó otro forero: mientras que en América el hombre blanco se esconde en su apartamento y brinda por su soledad, aquí el amo del cortijo se pasea por la calle con escolta y selfies. El ricachón madrileño cree que su escudo es la popularidad, no el blindaje. Error de novato. En cuanto la flota llegue de verdad —llámese crisis del alquiler, colapso de los servicios o lo que sea—, el bloqueo no se paga con aplausos. Los jueves al sol no los va a parar con un tuit.

Raspail lo vio en los 70: cuando el lobo blanco se convierte en oveja, el rebaño entero está perdido. Y aquí estamos todos mirando a ver si alguien se atreve a apretar el gatillo, pero nadie lo hará. Nos conformaremos con otro gin-tonic y a esperar. Como Jack. Como Haller. Como todos.
 


«El hombre carente de todo desconfía de las certidumbres: la experiencia le ha enseñado que siempre queda excluido de ellas. Cuando la posibilidad se esfuma, entonces surge el mito y aumenta la esperanza justamente cuando la certidumbre desaparece.»

Ese es el párrafo entero del capítulo V. Y ahí está la respuesta a tu pregunta. El decreto belga no disuadió a nadie: multiplicó la marea. Porque el anuncio de cierre no se lee como «no hay sitio», se lee como «el paraíso existe, pero van a cerrar la puerta». Y eso, traducción directa: o entras ahora, o nunca.

¿Ocurrirá un aumento más masivo con el anuncio de visados para Hispanoamérica? Sin ninguna duda. De hecho, ya está ocurriendo. No hace falta ni que el visado se implante: basta con que se anuncie. Las redes lo venden como un ultimátum. «Se acaba el plazo, hay que saltar ya.» Cada rumor de cierre genera un pico de intentos. Cada declaración de un ministro hablando de «ordenar los flujos» hace el efecto contrario. Lo de Calcuta se repetirá en cada consulado de la reaccionarioda, solo que con cita previa por internet y tapones en la puerta.

La diferencia con Calcuta es que allí no había red previa. Aquí ya hay comunidades asentadas, con su piso, su trabajo y su reagrupación familiar en marcha. El anuncio de visados no va a frenar al que ya tiene a la mujer y a los descendientes dentro. Va a acelerar al que se quedó fuera. Y el que todavía está en su aldea, escuchando el rumor, va a entender que es ahora o nunca. El efecto llamada con verja abierta es un goteo. Con verja a punto de cerrarse, es una avalancha.

Lo que vimos en Canarias, en Ceuta, en el aeropuerto de Barajas, no fue más que el ensayo general. La flota sigue en alta mar. Y los cónsules seguirán haciendo el papel del belga: salir a mirar el gentío, llevarse una piedrecita en la frente y correr a refugiarse detrás de su verja. La pregunta no es si habrá una llegada masiva. Es si el gobierno tendrá los arrestos de apostar al sikkh con el fusil, o hará como el cónsul: soltar el arroz, cerrar los ojos y esperar a que el mito haga el resto.

Guano a espuertas, ya verás.
 

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