El miedo en los rostros de los soldados israelíes capturados
Un grupo de militares israelíes ha sido capturado en el marco de la ofensiva lanzada desde Gaza, en las fechas del 50 aniversario de la guerra de Yom Kippur, y las imágenes de sus caras —varias visiblemente aterradas— han corrido más que cualquier parte de guerra. La escena rompe el relato del ejército invencible. Y abre una pregunta incómoda: ¿quiénes son exactamente los que aparecen en los vídeos?
La tesis más dura sostiene que, si son soldados de un ejército de ocupación, son objetivo legítimo según el derecho internacional. Contra ella pesa el argumento contrario: muchos no eligieron estar ahí. En Israel el
servicio militar es obligatorio, recuerdan quienes distinguen entre la cúpula política y el recluta de a pie. De fondo, la discusión no va de uniformes, sino de la línea difusa entre combatiente y chaval con prórroga por estudios.
¿Por qué hay soldados de 40 años en filas?
Uno de los detalles que más se repite es la edad de los apresados. Se señala a un hombre de unos
40 años y a otro barbudo de alrededor de
35, edades poco habituales para la primera línea. La explicación que circula apunta al sistema de prórrogas: hay quien sostiene que pidieron prórroga por estudios. Ese dato alimenta la tesis de que buena parte de los capturados son civiles movilizados más que profesionales —aunque este extremo no está confirmado—.
Otra parte del análisis va por el lado doctrinal. Se sostiene que solo los cuerpos de operaciones especiales están entrenados para afrontar la condición de prisionero, y que los soldados de unidades regulares reaccionan con el pánico lógico de quien nunca se lo había planteado. El
careto, en ese sentido, no sería cobardía, sino falta de preparación.
¿Son auténticos todos los vídeos de capturados?
No todo el material que circula pasa el filtro. Hay quien apunta a un detalle concreto: en el segundo
0:17 de una de las grabaciones se distingue una pulsera de oro en la muñeca del supuesto prisionero, algo que ningún captor meticuloso dejaría puesto. La conclusión que se extrae es que esa pieza, al menos, tiene toda la pinta de ser falsa.
Frente a eso, otros vídeos —el de una soldado en un espacio abierto— se dan por auténticos sin discusión. La frase que mejor resume el problema es la de que
lo primero que muere en una guerra es la verdad. En un conflicto donde cada bando tiene su maquinaria de propaganda, verificar pieza por pieza se vuelve tan importante como la noticia.
¿Falló el Mossad y el resto de los servicios de inteligencia?
El asalto pilló a contrapié a la inteligencia israelí, y ese es el dato que más incomoda. Se ironiza con que el
mejor servicio secreto del mundo no puede haber sido burlado por combatientes con medios rudimentarios, insinuando un fallo de análisis o un exceso de confianza.
La respuesta escéptica llega rápido: ningún servicio secreto es inviolable, y los títulos de campeón se conceden en las películas, no en los despachos. El desplome de la alerta se atribuye a un exceso de confianza más que a una conspiración. Lo que nadie discute es que la sorpresa existió y que la doctrina de la disuasión quedó tocada.
La respuesta israelí y el uso de civiles como arma
La escalada posterior centra el grueso de la preocupación. Una de las propuestas que se lanzan es la evacuación total: dar
48 horas para salir de Gaza, empujar a la población hacia la frontera egipcia y entrar después en guerra urbana sin civiles de por medio. La idea, explican, es separar a la población de los combatientes.
El reverso es incómodo. Se señala que ambas partes han convertido a los civiles en baza de guerra, y que cualquier ataque masivo en un territorio densamente poblado garantiza víctimas inocentes. Lejos de cerrar el problema, lo agranda. La discusión sobre el trato a prisioneros y población civil es, a estas alturas, la parte que más incomoda a todos.
¿Una victoria política disfrazada de derrota militar?
Aquí está el análisis más citado de todo el asunto. La ofensiva será, casi con total probabilidad, un desastre en términos militares. Pero ya es una victoria política: ha roto la sensación de invulnerabilidad. El paralelismo que se repite es el de la ofensiva del Tet, una derrota militar que, sin embargo, condujo al hundimiento del Vietnam del Sur años después.
Si eso se cumple, el escenario cambia. Una respuesta que consista en ocupar más y violar más derechos humanos no resolvería nada: aceleraría el desgaste de un Estado sostenido sobre un tablero que se mueve. El factor exterior —apoyo estadounidense, presencia de Irán y sus aliados— pasa a ser la variable decisiva. La financiación y el respaldo internacional pesan tanto como los tanques.
Las imágenes descolocan justo porque muestran lo que ninguna propaganda quiere enseñar: militares capturados con miedo en la cara. ¿Cuánto de lo que se ve es real, cuánto es montaje y cuánto es simple pánico de quien nunca pensó que le tocaría?