El Mossad bajo sospecha: la infiltración desde Gaza y el pulso con Irán
Un sábado. El ataque lanzado desde
Gaza rompió la rutina del aparato de seguridad israelí y dejó una pregunta incómoda colgando: cómo pudo el Mossad no verlo venir. En pocas horas, la conversación pasó del asombro al ajuste de cuentas. El
ataque lanzado desde Gaza es ya el mayor desafío al relato de invulnerabilidad del servicio secreto israelí.
Que Israel responderá no lo discute nadie. La duda es a quién, cuándo y con qué coste. El análisis derivó rápido hacia Irán y Hezbolá, hacia el suministro de armas en la región y hacia una hipótesis que sostienen algunos participantes: que el ataque no fue una sorpresa, sino algo consentido o incluso fabricado.
¿Por qué se cuestiona al Mossad tras el ataque?
La primera línea de fuego es interna. El argumento que más se repite es que un ataque de esta envergadura no debería coger desprevenido a uno de los servicios secretos más temidos del mundo. De ahí a hablar de depuración hay un paso, y en la discusión se dio sin complejos: se especula con que en el seno del Mossad ya se estén pidiendo responsabilidades.
Enfrente, la contrarréplica es más fría. Que el bando contrario no es torpe por defecto, sostienen quienes defienden al servicio, y que la capacidad de golpear después es lo que de verdad importa. El reproche, sin embargo, se instala en el terreno del prestigio: si la sorpresa fue real, el fallo de anticipación es histórico.
Hay también quien lo describe como un
fallo de cálculo estratégico de primer orden. No es una crítica menor. Todo el edificio disuasorio israelí se apoya en la idea de que la inteligencia avisa antes. Si el aviso no llegó, el edificio cruje por los cimientos.
El fantasma de Irán y Hezbolá: ¿guerra total o disuasión?
Aquí es donde el análisis se calienta. Una corriente sostiene que esto es el arranque de una escalada mayor, con Irán como pieza central y Hezbolá en el flanco. Hay quien llega a afirmar, sin matices, que la tercera guerra mundial ha empezado.
Otra lectura es más cauta y bastante menos épica. Israel contemporiza porque sumar a Irán y a Hezbolá al mismo tablero es un escenario que no controla. Quien mantiene esta tesis apunta a que Teherán juega con ventaja y duda mucho que no esté preparado para la respuesta israelí; es decir, que la represalia ya estaba descontada.
Y una tercera hipótesis, esta sin ninguna prueba, especula con que Irán haya desarrollado armamento —convencional o nuclear— antes de lo previsto, o que lo haya intercambiado con Rusia por drones y misiles. Es especulación, y conviene tratarla como tal.
Petróleo, fracking y armas: el trasfondo económico
Debajo del ruido militar hay una capa económica que suele quedar fuera del foco. El suministro de armamento en la región depende o dependía en buena medida de Occidente, lo que explica por qué ciertos gobiernos mantienen la boca cerrada incluso cuando les convendría lo contrario.
La guerra de precios del crudo también tiene lectura política. Se sostiene que se usó en su día para arruinar la industria del fracking estadounidense. Y se apunta a otro canal más discreto: las donaciones legales a campañas políticas que en ciertos países condicionan decisiones de política exterior.
El material completo sobre estas conexiones —quién arma a quién, con qué contrapartida y a qué precio— es el tipo de dato que no aparece en los teletipos de urgencia.
Marruecos, Ucrania y los frentes abiertos
El conflicto no se entiende sin los frentes paralelos, y hay quien se pregunta qué papel exacto ha tenido Moscú, si es que ha tenido alguno.
En el flanco occidental, Marruecos entra en la ecuación por su cooperación militar y de inteligencia con Israel. La consecuencia que se señala es de estabilidad interna: esa relación puede traer inestabilidad social al país, y de ahí la propuesta de reforzar el control de fronteras y costas. No es un detalle menor. Un conflicto a mil kilómetros puede acabar moviendo la política migratoria de un Estado que no participa en él.
Las teorías sobre el origen del conflicto que no tienen pruebas
La discusión se llena de relatos históricos que conviene separar de los hechos. Se afirma que la identidad palestina es una creación soviética y que el liderazgo de la OLP actuaba como instrumento del KGB. Se dice también que Hamás nació como organización auspiciada para torpedear a la OLP. Nada de esto se aporta con pruebas.
Del mismo lado circulan hipótesis de
montaje, de operación de
bandera falsa y de respuestas pactadas de antemano. Y en el extremo más conspirativo, hay quien engancha esto con la pandemia y con un supuesto plan global para concentrar el poder. Son afirmaciones sin respaldo verificado.
Lo llamativo no es que existan, sino el hueco que ocupan. Cuando el relato oficial falla a la hora de explicar una sorpresa de este tamaño, la conspiración entra a llenar el vacío.
El rastro se corta justo donde empezaría a aclararse todo: en la respuesta israelí, que sigue sin concretarse, y en el arsenal iraní, sobre el que solo circulan especulaciones. Hasta que esos datos se conozcan, cada bando seguirá leyendo el mismo ataque como confirmación de lo que ya creía. Y eso, en una guerra que se libra también a golpe de relato, vale tanto como una división blindada.