Decenas de muertos y bases perdidas: el golpe que Israel no vio venir
Una operación de infiltración masiva desde Gaza, no detectada por el Mossad, ha dejado cuarteles y bases enteras en manos de las milicias palestinas, decenas de israelíes asesinados en sus propias casas y un número sin concretar de secuestrados. La primera consecuencia, la más visible, es de prestigio: el servicio de inteligencia tenido por el más eficiente del mundo y unas fuerzas armadas presentadas como las mejor preparadas para la acción rápida quedaron retratadas a la vez. Sobre esa doble bofetada se ordena todo lo demás: la
guerra psicológica sobre una población que no estaba acostumbrada a esto, el futuro de los Acuerdos de Abraham y el coste real de la represalia que se prepara en Gaza.
¿Por qué el Mossad no vio venir la infiltración?
Porque las lecturas posibles son dos y ninguna deja bien al que la sostiene: o la inteligencia no supo nada de una operación de esa envergadura, o lo sabía y entró en un cálculo más complejo. El dato que no admite interpretación es el resultado sobre el terreno: bases arrebatadas por una fuerza que nadie clasifica como ejército convencional y una población asistiendo al espectáculo desde el otro lado de la frontera. Durante décadas, la superioridad israelí se daba por descontada en cada intercambio de golpes, y esa presunción es justo lo que ha volado por los aires. Hay quien añade una tercera pata al argumento, la del interés: una operación de esta magnitud serviría también como coartada para justificar una operación de castigo sin límites. Eso, hoy, es una sospecha sin pruebas aportadas.
El golpe psicológico: asesinados en casa y familias huyendo
Los israelíes conviven desde hace años con una lotería macabra: que te caiga un cohete, que un infiltrado te apuñale o te atropelle. Esto juega en otra categoría. Decenas de muertos en domicilios particulares, personas secuestradas y cientos de ciudadanos huyendo de sus casas a pie por los campos, algunas con lo puesto. La diferencia no está en la cifra, está en el marco: una sociedad habituada a que sus golpes de mano se resuelvan siempre con una victoria contundente se ha visto sin respuesta inmediata y con combates dentro de su propio territorio. El pánico y la sensación de indefensión que se describen no son un detalle emocional, son una variable de cálculo. Una opinión pública que se siente desnuda tolera peor las operaciones largas y caras que una que se siente protegida.
¿Qué pasa con los Acuerdos de Abraham?
Quedan expuestos, y no por casualidad. La normalización con varios países árabes era la mayor apuesta diplomática israelí de la última década, y una represalia que se traduzca en miles de muertos la pone en cuestión ante las opiniones públicas de esos mismos países, por mucho que sus gobiernos miren hacia otro lado. Aquí está la trampa del asunto: si el ataque buscaba precisamente forzar una respuesta desproporcionada, el objetivo no era militar, era diplomático. Se apunta incluso a que no sería extraño ver a países árabes criticando abiertamente la acción palestina, lo que a su vez debilitaría ese frente común. Con la cuenta de muertos aún abierta, el resultado de esa pinza es una incógnita.
¿Cuánto costaría entrar en Gaza por tierra?
Mucho más de lo que sugiere la superioridad aérea. El razonamiento que circula es simple: los palestinos llevan décadas preparándose y el combate urbano es especialmente gravoso en hombres y en material para quien ataca. El precedente que se cita es Líbano, donde la última incursión dejó vehículos blindados abandonados en el desierto y una sensación de desgaste que Israel no suele reconocer. A eso se suma que el ejército israelí rara vez sostiene conflictos largos y sangrientos dentro de casa: su método es trasladar el tablero fuera, aplastar rápido y no medir el coste en civiles. Es un bisturí cuando quiere serlo y un elefante en una cacharrería cuando le conviene. El problema es que Gaza no es un tablero lejano.
La mecha regional: portaaviones, Irán y quién gana con el lío
El Pentágono movilizó el grupo de ataque del portaaviones
USS Gerald R. Ford hacia el Mediterráneo oriental, con el crucero USS Normandy y varios destructores, además de refuerzos de escuadrones de F-35, F-15, F-16 y A-10. Hay quien lee ese despliegue como una demostración de fuerza y quien lo lee como morder el anzuelo: abrir un frente con Irán mientras sigue abierto el de Ucrania deja el flanco chino desatendido, y una parte del análisis sostiene que China sale ganando con cualquier distracción prolongada. Rusia aparece en varias hipótesis como actor de fondo, sin que nadie haya aportado prueba alguna. Lo único verificable es el movimiento de medios navales y aéreos, y la pregunta que queda colgada: ¿para qué se despliega tanto si la respuesta se pretende local?
La represalia se da por hecha y se espera masiva, con la advertencia de que traducirá en miles de muertos. Nadie discute la capacidad. Lo que queda sin resolver es el precio: cuánta legitimidad internacional y cuánto terreno diplomático está dispuesto a quemar Israel para que la próxima generación no vuelva a ver cientos de sus ciudadanos huyendo a pie por el campo.