Peugeot 406: el clásico barato que sale caro
Un coche que se vende por cuatro perras y promete años de servicio sin sobresaltos. Esa es la promesa del Peugeot 406 de segunda mano, una berlina francesa que se ofrece a precios de saldo en el mercado español y que, sobre el papel, parece la cuadratura del círculo para quien busca un coche viejo pero digno. La realidad que emerge de quienes lo han tenido es bastante menos idílica:
fallos eléctricos, sensores caídos, cierres que fallan y una factura de mantenimiento que puede superar el valor del propio vehículo.
El atractivo inicial es comprensible. El 406 tiene un diseño que ha envejecido bien, interiores que gustan y una presencia en carretera que muchos consideran superior a la media de su época. El problema es que
la electrónica de los años noventa y principios de los dos mil no perdona, y el paso del tiempo convierte cada módulo en una lotería. Quien compra un 406 hoy no compra un coche, compra un proyecto de restauración involuntario.
El HDI 110: el motor que sostiene el mito
La versión
diésel HDI de 110 caballos es la que ha construido la reputación de indestructible. Hay relatos de unidades que superaron los
400.000 kilómetros con consumos en torno a
4,2 litros a los 100 antes de ser vendidas para seguir trabajando como taxi en otro país. Ese dato, repetido hasta la saciedad, es el que mantiene vivo el interés por el modelo.
Pero el motor no es el coche. Los problemas aparecen en todo lo que lo rodea:
airbags con sensor roto, nivel de aceite que no marca, cierre centralizado que hace lo que quiere y puertas desajustadas. Quien no sepa meter mano al coche en su propio garaje se enfrenta a una factura de taller que crece con cada visita.
La versión de 110 caballos arrastra además un historial de averías anticontaminación de diagnóstico complicado, con fallos que aparecían de forma aleatoria y que los talleres no lograban reproducir. No es un coche para quien dependa de un mecánico de confianza y de un presupuesto cerrado.
¿Merece la pena un 406 gasolina o diésel hoy?
Depende de para qué. Para quien haga muchos kilómetros al año, el diésel sigue teniendo sentido económico por consumo. Para quien haga trayectos cortos o urbanos, el gasolina es la opción lógica, aunque
las versiones de gasolina anteriores a 2001 tienen problemas con las etiquetas medioambientales y las posteriores arrastran la misma electrónica envejecida.
El cálculo que hace quien defiende el modelo es simple: compra barata, mantenimiento asumible si uno se lo hace uno mismo y motor que aguanta. El cálculo que hace quien lo ha sufrido es distinto:
cada avería eléctrica cuesta más que el valor residual del coche, y el tiempo dedicado a resolverlas no se recupera nunca.
Hay una tercera vía que aparece en la conversación: mirar hacia otras berlinas de la misma época con fama de mejor construidas. Los modelos alemanes de los noventa y los japoneses de gama alta se citan como alternativas más sólidas, aunque con recambios más caros y una oferta más limitada en el mercado de segunda mano.
El problema del suelo plano y dormir dentro
Una de las preguntas prácticas que surgen es si el 406 permite abatir los asientos traseros y dormir dentro con cierta comodidad. La respuesta que dan quienes lo han probado es que
el respaldo se abate sobre el asiento delantero dejando un ángulo casi plano, pero no completamente horizontal. Para lograr una superficie utilizable hay que desmontar el asiento trasero, una operación que algunos describen como incómoda por los resortes que pueden pillar los dedos.
El suelo completamente plano, como el de algunos modelos de los noventa, es difícil de encontrar en esta categoría. Quien busque esa configuración tendrá que mirar hacia otros modelos o aceptar un desnivel que obliga a usar colchoneta gruesa.
Consumos reales: lo que dicen los números
Las cifras de consumo que se manejan para motores de gasolina de la época dibujan un panorama poco halagüeño para el uso diario. Un motor 1.6 de carburación declara
4,9 litros a 60 km/h, 5,6 a 90, 6,2 a 100, 7,4 a 120, 9,2 a 140 y 11,4 a 160, con
9,8 litros en ciudad. Son datos de hace décadas, pero siguen siendo la referencia para quien compre un coche de esa generación.
La conclusión que se extrae es que el ahorro real no está en el consumo, sino en el precio de compra y en la capacidad de mantener el coche sin pasar por el taller. Quien no tenga esa capacidad está comprando un problema a plazos.
¿Y si el coche es tan barato que da igual? Esa es la pregunta que cada comprador debe responder antes de firmar.