El impuesto más liberal que existe, y por eso mismo el que nadie se atreve a poner
La solución anterior, capturar la plusvalía de la recalificación, no tocaba el piso al propietario. Esta sí, y por eso es la valiente, y seguramente la más criticada.
Vamos a ello de cara.
Gravar el solar, no el ladrillo
La idea es vieja y sencilla. Hoy el IBI grava el inmueble entero: suelo más construcción. Eso significa que si tú reformas, amplías o construyes, pagas más. Premiamos fiscalmente dejar un solar vacío y castigamos levantar algo encima, cuando debería ser justo al revés.
El impuesto sobre el valor del suelo le da la vuelta gravando el solar por lo que vale, edifiques o no. Si tienes un terreno en el centro de la ciudad criando malas hierbas, pagas como si valiera lo que vale, que es mucho. ¿La consecuencia? O lo construyes, o lo vendes a quien lo construya, porque tenerlo parado quemando dinero deja de salir gratis.
Retener suelo ocioso pasa de negocio a sangría.
Por qué es el impuesto más eficiente que existe
Y aquí viene lo que descoloca a mucha gente: esto no lo dicen cuatro bolcheviques, lo dice el corazón del pensamiento liberal.
Todos los impuestos tienen un problema: desincentivan lo que gravan. Grava el trabajo y se trabaja menos. Grava el beneficio y se invierte menos. Grava el consumo y se consume menos. Cada impuesto deja una cicatriz en la economía, frena algo que querríamos que pasara.
El del suelo, no. ¿Por qué? Porque el suelo no se puede fabricar ni esconder ni llevar a Andorra. La cantidad de suelo es fija. Lo grave como lo grave, sigue ahí, en la misma esquina, sin moverse. Es el único impuesto que no frena ninguna actividad productiva, porque no recae sobre nada que nadie haya producido. Es el impuesto sin cicatriz.
Quien lo dijo no fue Marx. Lo dijo Adam Smith y lo desarrolló Ricardo. Y ya en el siglo XX, Milton Friedman, el santo patrón del liberalismo económico, lo llamó "el impuesto menos malo que existe". Dos premios Nobel más, Stiglitz y Vickrey, lo respaldaron. Hay pocas cosas en economía donde se pongan de acuerdo Friedman y un Nobel de izquierdas. Esta es una.
Seamos honestos, porque en este foro hay quien dirá, con razón, que no todo el liberalismo comulga con esto, y es verdad. Murray Rothbard, el más radical de los austriacos, lo atacó a fondo, y sus argumentos merecen respuesta, no desprecio.
Rothbard dijo tres cosas.
Una: que separar el valor del suelo del valor de lo construido encima es imposible en la práctica, un acto arbitrario del tasador.
Dos: que un impuesto del 100% sobre la renta del suelo lo llevaría a valer cero y reventaría el mercado que asigna cada solar a su mejor uso.
Tres: que es nacionalización con otro nombre.
Respondiendo a lo primero, hoy el catastro español ya separa, en cada recibo del IBI, el valor del suelo y el de la construcción. No es una entelequia, está en tu recibo. Los sistemas de valoración masiva lo hacen de forma rutinaria en Estonia, en Australia, donde las impugnaciones a la valoración son menos del 1%.
A lo segundo, tiene razón, un impuesto del 100% sería un disparate, pero nadie serio propone eso; los países que lo aplican gravan una fracción, y el caos no aparece.
A lo tercero, cobrar un impuesto sobre un activo que sigue siendo tuyo, que puedes vender, alquilar y heredar, no es nacionalizarlo. Si cobrar IBI fuera nacionalizar, llevaríamos nacionalizados desde 1988.
Rothbard tenía razón en los extremos. No en el principio.
Que funciona no es teoría, ya se hace
Estonia lo aplica a nivel nacional desde 1993, en estado casi puro: grava el suelo y deja libre lo construido. Funciona, recauda y allí nadie lo discute.
Dinamarca lo lleva en su ADN fiscal desde hace un siglo. Varias ciudades de
En Pensilvania gravan el suelo más que el edificio, y donde lo han hecho en serio, como Harrisburg, los solares vacíos se desplomaron, pasando de más de 4.000 edificios vacíos a menos de 500.
Canberra, la capital de Australia, lleva desde 2012 en una transición de veinte años para sustituir el impuesto de transmisiones por este.
No es un experimento de laboratorio, es una herramienta probada que unos cuantos países usan y a la que España, que tiene los datos catastrales listos para aplicarla, no se acerca.
Y ahora la objeción de verdad: la viuda
Aquí está el problema serio, el que de verdad hunde políticamente a este impuesto, y no voy a esquivarlo.
La señora que compró su piso hace cuarenta años en un barrio que entonces era obrero y hoy es oro.
Ella no ha hecho nada. No especuló, no jugó. Vivió en su casa. Y resulta que el suelo bajo su piso ahora vale una fortuna, mientras ella cobra una pensión de mil euros.
Un impuesto sobre ese suelo la echaría de su casa por no poder pagarlo. Eso es injusto, y quien lo niegue es un fanático.
Pero tiene solución, y está probada.
El impuesto no hace falta cobrarlo cada año a quien no puede. Se aplaza, se acumula como una deuda sobre la vivienda y se salda cuando la casa se vende o se hereda.
La señora vive y muere en su casa sin pagar un euro en vida; el impuesto se cobra el día que el inmueble cambia de manos.
Dinamarca hace exactamente eso, permite congelar y aplazar el pago. La viuda no paga, pagan sus herederos, con la casa revalorizada en la mano, que no es precisamente una crueldad.
Cada excepción de estas reintroduce un poco de la complejidad que el impuesto prometía eliminar, no sale gratis, pero el problema de la viuda es un problema de diseño, no una razón para no hacerlo. Tiene quien lo resuelva.
A quién le duele de verdad
Y aquí está la diferencia con la solución anterior, la que explica por qué esta no se aprueba ni se aprobará fácilmente.
La captura de la plusvalía no tocaba al propietario de a pie. Esta sí lo roza, aunque sea de refilón, y por eso despierta al gigante dormido: la mayoría propietaria que vota.
No le duele al especulador solo; le toca la fibra al dueño de su piso, que oye "impuesto sobre el suelo de mi casa" y se echa a temblar aunque a él, con su vivienda habitual y el aplazamiento, apenas le afecte.
Al que de verdad le duele es al que tiene suelo parado esperando a que suba, el que retiene el solar, el que mantiene la bolsa de terreno fuera del mercado para que escasee.
A ese, el impuesto le quema la estrategia entera, porque su negocio era precisamente esperar sin coste.
Pero ese, como vimos en el post anterior, no tiene rostro visible. La que tiene rostro es la viuda. Y por eso, cada vez que alguien propone este impuesto, lo primero que sacan en la tele es a la viuda, no al tenedor de suelo. El rostro visible, otra vez, tapando al invisible.
El impuesto perfecto sobre el papel choca con la única aritmética que de verdad manda: la del votante.
Es el impuesto más liberal, más eficiente y más justo que existe. Y lleva un siglo sobre la mesa sin que nadie en este país se atreva a tocarlo, porque tendría que mirar a los ojos a quien le dio su voto.
No falla la teoría. Falla el coraje.
En el próximo post veremos la solución que no grava a nadie y que solo construye: retener el suelo para siempre, como Viena, como Holanda, como Singapur. La más fácil de querer. Y, casualidad, la que más interesa enterrar a quien vive del ladrillo.