El ejército francés presume de Leclerc pero solo tiene 125 operativos
El ejército francés tiene 226 carros de combate Leclerc y alrededor del 40% no están en condiciones de combatir. Quedan unos 125. El modelo dejó de fabricarse en 2008. Cada unidad perdida es una unidad que no se repone. Si se envían 50 a Ucrania, la pregunta que planea es incómoda: ¿
Francia se queda con 75 tanques para defender su territorio? El dato no es una filtración rusa ni una exageración de taberna: lo firma, según el material que circula, un supuesto oficial de caballería acorazado formado en Saint-Cyr y Saumur que escribe a un canal de información alternativo para contar cómo es vestir el uniforme en 2023.
El testimonio del oficial acorazado
El relato de ese oficial, difundido en inglés a través de un canal de seguimiento del conflicto, describe una institución que se prepara para la «guerra de alta intensidad» mientras arrastra carencias de material. Según su versión, la capacidad operativa de los Leclerc es de unos 50 carros funcionales, y en artillería la situación es similar: los CAESAR, dice, se han ido en buena parte a Ucrania. La conclusión que extrae es amarga: «ni tanques ni cañones».
El episodio que le empujó a escribir no tiene nada que ver con maniobras ni con doctrina. Fue una evaluación de su promoción de oficiales en la que se puntuaba saber comer correctamente y poner una mesa con arreglo a la tradición de la caballería acorazada. Los que colocaban mal los cubiertos recibían malas notas, y esas notas pesaban en la carrera y en la elección de regimiento. Un detalle que, contado así, suena a chiste de caserna. El oficial insiste en que no lo era.
La «guerra de alta intensidad» que no llega
El diagnóstico del oficial no se queda en el material. Habla de una institución que se dice preparada para el combate moderno mientras forma a sus mandos en protocolo de salón. Y añade un dato que explica mucho: la mayoría de sus compañeros, asegura, piensa en dejar el ejército en cuanto pueda, unos por falta de perspectivas y otros por no querer servir como fuerza auxiliar de la OTAN cuando ellos se alistaron para servir a Francia.
La comparación que hace es explícita: Francia se ríe de China llamándola «tigre de papel», y el tigre de papel, sostiene, es el propio ejército francés. La referencia a la incapacidad de eliminar a 500 insurgentes en África cierra el argumento. Es una opinión, no un informe oficial, pero encaja con los números de material que maneja la propia discusión.
Lo que dicen las cifras de producción europea
El contraste con Estados Unidos es el dato más duro de todo el asunto. Los carros más avanzados de Europa occidental se han fabricado en cantidades que, puestas en fila, no llenan un desfile: 424 Challenger 2 británicos, 862 Leclerc franceses y 220 Ariete italianos. Estados Unidos ha producido más de 10.000 Abrams. La diferencia no es de doctrina, es de escala industrial.
De ahí sale el argumento que recorre toda la discusión: los presupuestos de defensa de Europa occidental apenas alcanzan para mantener el material existente, pagar sueldos y prejubilaciones y enviar tropas a misiones en países tercermundistas. La conclusión que se repite es que estos ejércitos funcionan como organizaciones subordinadas al mando de la OTAN más que como fuerzas autónomas.
¿Y España? Fragatas sí, carros no
El caso español entra en la conversación por comparación. España es el quinto o sexto fabricante de armas del mundo, con Navantia construyendo fragatas, submarinos y buques para muchos países. Pero el casco es lo que se fabrica aquí: los equipos sofisticados van importados o bajo licencia, y los anfibios y petroleros cuentan con asistencia técnica holandesa. El blindado ASCOD está basado en un modelo austriaco. Carros de combate relevantes, ninguno.
En el apartado terrestre la cifra que se maneja es de 327 Leopard, con la objeción inmediata de que la mitad no funciona. Los M-60, se argumenta, serían modernizables. El problema no es tener hierro viejo, es tenerlo parado.
El problema de fondo: la OTAN como sustituto del ejército propio
La discusión deriva hacia una cuestión estructural. Los ejércitos europeos son pequeños porque el tratado atlántico permite juntar veinte en caso de amenaza y repartir el coste de mantenimiento. Sobre el papel es eficiencia. En la práctica, se argumenta, la OTAN es Estados Unidos más sus aliados, y Estados Unidos tiene por sí solo un ejército capaz de enfrentarse al resto de la Unión Europea desarmada. La alianza deja de ser una suma y pasa a ser una jerarquía.
El corolario es incómodo para el relato oficial: si el paraguas funciona, nadie invierte; si un día no funciona, no hay con qué. Y mientras tanto, el discurso de la «guerra de alta intensidad» se sostiene sobre una industria que fabrica cascos y compra la electrónica fuera.
La predicción más razonable, con todas las reservas, es que el rearme europeo seguirá siendo un anuncio presupuestario antes que una realidad industrial. Los números de producción no se improvisan en un ciclo electoral. Y el oficial que escribió aquello seguirá, probablemente, mirando el reloj.