Un peón a 2.000 €: la cuenta que desmonta el relato del empresario
¿De verdad sobran jóvenes que no quieren trabajar o falta quien pague lo que cuesta trabajar? En laSexta Xplica, un empresario de la
construcción lo resumió a su manera: existe «un gran problema de la mano de obra» porque las nuevas generaciones no quieren empleos relativamente duros, esos en los que «hay que mancharse las manos». Enfrente, una sindicalista le rebatió en plató. Y fuera de plató la conversación derivó hacia lo único que suele zanjar estos pulsos: los números. Con la obra pagándose a mil euros para los peones, los números no le dan la razón al empresario.
Qué dijo el empresario de la construcción sobre los jóvenes
El diagnóstico tiene ya barba. Los chavales no aguantan el andamio, el sol ni el frío, y el sector se queda sin brazos. Es una tesis que se repite cada vez que un jefe de obra no cubre una vacante, y que ese día sonó en un programa de actualidad con la misma seguridad de siempre: el problema son las manos, y las manos vienen sucias de serie. La respuesta sindical fue la contraria: si el trabajo no se cubre, la variable a revisar no es la juventud, sino el contrato.
La escala salarial que aparece al poner precio a la obra
Traducido el conflicto a euros, el ejercicio que más se repite en la conversación deja una tabla concreta:
peón a 2.000 €, especialista a 2.145 €, segundo oficial a 2.340 € y primer oficial a 2.700 €, todo impuestos aparte. Puesta en coste de empresa, la categoría más baja se va a unos
2.600 € mensuales. Las horas extra subirían a 23 €. La cifra no es un capricho sindical: es el punto en el que, según este cálculo, la obra dejaría de competir con cualquier otro sector por el mismo par de manos.
Hay quien sostiene, en cambio, que el salario no es el único problema y que muchas vacantes siguen sin cubrirse aunque se suba la oferta. El contraargumento es rápido: si el oficio dejara dinero, quien lo conoce montaría su propia empresa en lugar de aguantar. Y ahí aparece el siguiente dato, el que rompe el razonamiento.
¿Cuánto se necesita al mes para vivir sin apuros?
Para vivir solo hacen falta
1.360 €, según el desglose que circula: 700 de alquiler, 150 de comida, 60 de luz, 100 de calefacción, 150 de gasolina y 100 de móvil e internet. Sin hijos, sin imprevistos y sin ocio. Bajo ese umbral, un sueldo de obra no es un sueldo: es una trampa con casco. Por eso mucha gente prefiere un contrato mediocre pero estable antes que un tajo duro y sin garantías, y por eso el argumento de la vagancia se cae solo en cuanto se compara con la cesta mínima.
Lluvia, traslados y coche propio: lo que no paga nadie
El relato más repetido no es de cifras, es de experiencia. Un albañil que sabe todos los oficios, pilar de su empresa, mal pagado y peor considerado. Si llueve no cobra. Los desplazamientos los paga él, a veces con su propio vehículo. Echa más horas que un reloj y, cuando acaba, está tan fundido que apenas le quedan fuerzas para chapuzas de fin de semana. Y no puede marcharse: en un pueblo pequeño los empresarios del ramo se conocen, y cambiar de casa exige unos ahorros que el sueldo no da.
A eso se suma el desgaste físico, que es la parte del debate que nadie discute. Se cuentan casos de accidentes mortales en obra, uno por caída desde un falso techo y otro por un desvanecimiento con calor extremo. Son testimonios de trabajadores, no estadísticas oficiales, pero explican por qué la prevención es el argumento que desarma cualquier discurso sobre las ganas.
1992, cuando la obra juntaba pasta
Si el problema fuera la blandura de una generación concreta, el precedente no cuadraría. En 1992 un profesional cobraba
1.000.000 de pesetas —unos 6.000 € de entonces— por un análisis de sistemas con su programación y su implantación, compaginado con formación técnica, y sumaba alrededor de
60.000 € netos anuales. Lo dejó igualmente. Su conclusión es la que sostiene media conversación: el asunto nunca fue ensuciarse las manos, sino lo que se paga por ensuciarlas.
50 euros la hora montando una valla de 32 metros
Y luego está la excepción que confirma el problema. Montar una valla metálica de 32 metros con brezo llevó a dos operarios
8 horas y costó
800 € de mano de obra, materiales aparte: 50 € por hora y trabajador con fraguado rápido. Frente a esa factura, el peón a mil euros parece no un problema de oferta, sino de reparto.
Con estos mimbres, el empresario seguirá teniendo razón en una cosa: tiene un gran problema de mano de obra. Lo que no parece es que el problema sean las manitas de los jóvenes.