La carta de una abuela contra el mito franquista que divide a dos generaciones
«Es muy fácil hablar y vitorear tiempos pasados, desde la ignorancia, la hipocresía o la mentira». El texto atribuido a
Mª Luisa Chiscano y dirigido a los jóvenes de
VOX se ha convertido en uno de esos documentos que se comparten para cerrar una discusión y acaban reabriéndola. Frente a quienes idealizan la España anterior a 1975, la autora opone un retrato sin adornos de lo que era ser mujer entonces. La discusión posterior ha añadido el matiz incómodo: ni todo el país vivió lo mismo ni la miseria fue un invento.
¿Qué dice la carta de la abuela a los jóvenes de VOX?
El repaso es minucioso. Las mujeres no salían solas, ni de fiesta, ni de viaje, ni a la playa sin el marido. Vestían faldas largas y medias todo el año, sin enseñar brazos, escote ni espalda, sin tatuajes, sin piercings, sin tintes ni maquillaje.
La autora sostiene que el varón las usaba para el sexo y como criada, y que una bofetada bastaba para «enderezarlas» si protestaban. No podían fumar, comprar un piso, conducir ni divorciarse.
La lista sigue: solo parir, misa todos los domingos, muñeca y fregona como juguetes —
rosa para ella, azul para él—, negro al enviudar y blanco de por vida si un hombre la «quería». En invierno, brasero; en verano, abanico. Se comía mucho arroz, mucha patata y mucho pan con aceite, ajo y sal, porque la ternera o el salmón eran cosa de ricos. El cierre es un dardo: es fácil presumir de lucidez con un móvil último modelo, una nevera llena y una visa en la cartera.
¿Se vivía mejor con Franco? El argumento que se repite
Aquí el terreno se vuelve resbaladizo, porque se mezclan dos cosas distintas. Una parte del análisis recuerda que
España era un país pobre que la guerra empobreció aún más, y que tardó décadas en acercarse a los niveles europeos. La lectura contraria señala la alternativa de la época: convertirse en una república satélite de la URSS, con un balance de prosperidad más que discutible. Bajo ese prisma, la dictadura queda como el mal menor de un contexto brutal.
Los partidarios del relato amable sacan a relucir el pleno empleo, un coste de despido de
60 días, el trabajo para toda la vida y alquileres baratos protegidos por la renta antigua, que se derogó en 1985. También las ayudas por hijo que concedía el régimen. La objeción esgrimida al otro lado es sencilla: casi todo eso eran condiciones propias de una economía cerrada y de un país que se industrializó tarde, no un logro exportable. Las neveras y los televisores llegaron a toda Europa a la vez.
Las mujeres en Europa: permiso del marido y sufragio tardío
Conviene un correctivo geográfico. Que la mujer necesitara el consentimiento del marido para casi todo
no era una exclusiva española. En Francia, hasta bien entrados los sesenta, hacía falta el permiso del cónyuge para trabajar, estudiar una carrera o abrir una cuenta bancaria. El sufragio femenino en Suiza no llegó a nivel federal hasta la votación del 7 de febrero de 1971, y en algunos cantones hubo que esperar hasta 1990. La Iglesia pesaba más aquí, y por eso el proceso fue más lento, pero el punto de partida era continental.
Ni la misma España ni la misma familia
La otra objeción al texto es que generaliza una experiencia. Hay quien recuerda a familiares que apenas pisaron ese molde: mujeres que se quedaron solteras, estudiaron, trabajaron de azafata, viajaron y no pidieron permiso a nadie. Otros describen una madre nacida en 1930 que estudió y veraneó con una familia corriente, sin ser los Alba. Y una tercera línea insiste en la geografía: la España rural y la industrial no vivieron lo mismo, y una familia del campo podía terminar con el mismo nivel económico que otra de clase media. El detalle de cómo se repartieron los incentivos industriales y qué zonas recibieron más inversión da para otro artículo entero.
De ahí surge el reproche más repetido: si cada casa tiene su propia abuela, la historia no se escribe con una sola. Los datos globales y los recuerdos particulares no siempre encajan, y quien pretenda vender uno como prueba del otro se equivoca.
Qué queda de aquel país
Casi medio siglo después de la muerte de Franco, el texto sigue funcionando como un espejo donde cada generación ve lo que quiere ver. La carta no miente sobre las mujeres, pero tampoco cuenta toda la verdad sobre el país. Con estos mimbres, es previsible que el mito del tiempo pasado —ese que siempre fue mejor— siga dando conversación, aunque los números sigan sin darle la razón.