Sueldo de convenio y precios de Austria: la trampa de trabajar en España
Hay quien pone el ejemplo del reponedor de supermercado que cobra
25.000 euros al año y carga con menos responsabilidad que un titulado que ha pagado carrera y máster y arranca su vida laboral cerca de los 25. Para quienes lo plantean, la escala salarial se ha invertido. Y el problema, añaden, no es la envidia: es que en España trabajar ha dejado de cerrar las cuentas. Según el diagnóstico que más se repite en el hilo, los convenios funcionan como techo en lugar de suelo, la vivienda y la cesta de la compra corren más rápido que las nóminas, y en algunos territorios las ayudas sociales se acercan peligrosamente al salario de una jornada completa. Cuando eso ocurre, la pregunta deja de ser retórica.
Del salario de convenio al IMV: la comparación que incomoda
Hace una década, con la economía reventada y el paro por las nubes, quien conservaba el
empleo podía mantenerse con el salario de convenio.
Malamente, pero podía. Hoy el desempleo ha bajado y, según el planteamiento inicial del debate, el diagnóstico se ha dado la vuelta: hay sueldos tan bajos que una parte de quienes trabajan miran de reojo la prestación. El caso vasco es el que más se cita. Se sostiene que la Renta de Garantía de Ingresos supera incluso al IMV, que a ella se suma una
prestación complementaria de vivienda de 275 euros al mes y que las ayudas de emergencia social pueden aportar otros 2.000 euros anuales, unos 150 mensuales.
Con esos mimbres, el cálculo que se repite es el de una pareja con tres hijos que redondea
2.000 euros al mes sin condiciones y de forma sostenida en el tiempo. El desglose completo, partida a partida, es lo que convierte la sospecha en cabreo. La letra pequeña importa: como se apunta en el hilo, la ayuda escala por cada hijo, la nómina no. Ahí está el nudo.
¿Por qué el convenio se ha convertido en techo salarial?
El diagnóstico que más circula no es que se pague por debajo del convenio, sino que se paga exactamente el convenio. Según este relato, antes la mayoría de las empresas pagaba por encima para retener a su gente; ahora el mínimo legal es la referencia y no hay margen para nada más. A eso se añaden, siempre según los participantes, formas de organizar el trabajo que no se negocian con quien las sufre: cuartos turnos, turnos americanos, horarios que desmontan la vida familiar.
El efecto se nota también en el bolsillo por la vía fiscal, sostienen quienes participan en el debate. Un 21% de IVA sobre casi todo recorta la capacidad de compra del que vive de una nómina, y la presión se concentra en quien menos margen tiene para esquivarla, porque comer, vestirse y calentarse no son opcionales.
Referencias internacionales: 100.000 en EEUU, 250 euros en Perú
La comparación con otros países es el argumento que más se repite. Se afirma que en EEUU un puesto cualificado puede superar los
100.000 anuales con precios equiparables a los españoles en muchos apartados, aunque a cambio de jornadas largas y vacaciones escasas. En Suiza, según otro de los ejemplos aportados, el sueldo se multiplica por tres y una habitación en piso compartido cuesta 700 u 800 euros, poco más que en Madrid.
El otro extremo lo ponen quienes recuerdan Latinoamérica. En Perú, relata un participante, el coste de vida era similar al español, sin pensiones públicas y con sueldos de
250 euros al mes. En Cuba, con un dólar al día de jornal y un pantalón a 40 dólares, las pensiones rondan los 10 euros mensuales. La conclusión que extraen algunos es incómoda: aún queda margen para caer.
El IVA y el autónomo: el impuesto que no se puede esquivar
Según se argumenta en el hilo, el IVA se cobra al cliente, pero se ingresa antes de que el cliente pague. Las facturas se abonan a uno o dos meses, y a veces no se abonan nunca, mientras el impuesto sale igualmente del bolsillo del que factura. Si se pide la devolución en lugar de compensarla, el retorno puede tardar un año. Y mientras dentro de España todos soportan el 21%, fuera se compite contra productos y servicios sin ese lastre.
La consecuencia, sostienen, es que el impuesto no se reparte: recae íntegro sobre el ciudadano que consume, sea asalariado o autónomo. Sobre esa base se sostiene que cualquier subida futura golpearía directamente el ahorro y el consumo, sin pasar por el negocio.
Rotación, oposiciones y fuga: el coste oculto de pagar poco
La presión sobre las plantillas tiene una factura que no aparece en la nómina, según se advierte en el debate. Cuando el sueldo no llega para vivir, el trabajador se saca una oposición o cambia de empresa, y la compañía acaba pagando salarios de mercado con una rotación altísima y equipos sin experiencia acumulada. Falta de motivación, caída de productividad y, paradójicamente, más coste laboral.
A eso se suma un cambio de expectativas generacional. Quien no depende de la empresa para tener casa o familia porque ya no puede aspirar a ninguna de las dos, negocia de otra manera: aguanta menos presión, tiene menos que perder y más colchón en casa de sus padres cuando lo necesita.
Mientras tanto, el temor que recorre el hilo es otro: llegar a 2030 con salarios de convenio y precios de Austria.