Una empleada de La Caixa dice que hay clientes de primera y de segunda
Una empleada de La Caixa le dijo a una clienta con hipoteca y dos cuentas que existen clientes de primera y clientes de segunda, y que los de segunda no tienen derecho a trato personal, según el relato de su pareja. La escena, contada en un foro, resume una degradación que ya no se disimula: tres días para contactar con un humano, y cuando por fin se consigue, la respuesta es que hay categorías. El banco no lo ha confirmado ni desmentido.
Qué significa ser cliente de segunda en la banca española
La clasificación no es un invento de una empleada malhumorada, según varios testimonios. Quien ha trabajado en el sector lo describe sin rodeos: al empleado le salta en pantalla un panel de colores que va del rojo al verde según la rentabilidad que cada cliente genera para la entidad. Los ahorradores con 100.000 euros en cuenta aparecen en amarillo, según un exempleado. Los migrantes con saldos ínfimos, en rojo oscuro. Y las llamadas a los rojos tienen un límite: nada de más de un minuto al teléfono, porque esas llamadas solo se hacen para cumplir un mínimo contractual de contactos mensuales, según el mismo testimonio.
El criterio no es el saldo, es el
FIRE: la rentabilidad que cada cliente aporta, según un director de sucursal mencionado en el hilo. Lo que importa no es cuánto tienes, sino cuánto gana el banco contigo. Por eso un hipotecado con dos cuentas puede ser cliente de segunda: da trabajo y poco margen. En cambio, quien tiene productos vinculados, seguros y fondos, sube en la escala.
El trato personal como privilegio, no como derecho
La consecuencia práctica es que el acceso a un gestor humano se ha convertido en un bien escaso, según los relatos. En La Caixa, como en el resto de la banca presencial, las oficinas se han reorganizado para filtrar: una persona intercepta a quien entra y lo redirige al cajero; para pasar a la zona de mesas hace falta cita previa, según un usuario. Las nuevas sucursales están diseñadas para que el cliente incómodo no llegue a molestar.
Hay quien sostiene que esto no es exclusivo de La Caixa. Varias voces apuntan a que el trato deficiente es transversal: BBVA, Santander, Kutxabank. La diferencia, argumentan, es de grado, no de fondo. El banco es un negocio y aplica la lógica del negocio: quien no genera margen, no genera tiempo.
La respuesta del cliente: huir o amenazar
La reacción más repetida es la huida. Varios relatos coinciden en el mismo patrón: después de años de comisiones, fondos de inversión deficitarios y gestores inlocalizables, el cliente acaba cambiando de entidad. Openbank, el Pichincha y otras alternativas digitales aparecen como destino. La queja de fondo no es solo el trato: es la sensación de que el banco tradicional cobra por todo y no ofrece nada a cambio.
Otra estrategia es la presión. Amenazar con sacar todo el dinero funciona, según varios testimonios, porque el empleado ve peligrar su métrica. Es la única palanca que queda cuando el sistema de colores ya te ha etiquetado.
El cliente que reclama y el que se resigna
Hay quien ha llevado la queja más lejos. Un cliente del Sabadell relata que le cobraron un 1% por cancelación total de un préstamo hipotecario, algo que consideraba ilegal según el real decreto ley de 2023. Advirtió por escrito dos veces, el banco le respondió que si quería vender el piso eran lentejas, y él siguió adelante con la venta y presentó una reclamación con copia del decreto. El final de ese caso no aparece en el material.
La recomendación más repetida en estos casos es simple: pedir por escrito que se confirme la existencia de clientes de primera y de segunda y dónde figura en el contrato que los de segunda no tienen derecho a trato personal. Una cosa es que el banco priorice, otra es que te mienta a la cara.
El sistema de colores no distingue entre un hipotecado y un millonario. Distingue entre rentabilidad y lastre. Y mientras el banco siga ganando dinero con el lastre, el lastre seguirá teniendo cuenta. Solo que sin gestor, sin cita y sin derecho a queja.